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Jueves, 19 de mayo de 2016

MUSICA › MARIANA BARAJ Y BRUNO ARIAS COMPARTIRAN UN CONCIERTO ESTA NOCHE EN EL TORQUATO TASSO

Ruta doble vía entre la Puna y Buenos Aires

Ella se crió en la gran ciudad y ahora vive en Cerrillos, Salta; él nació en El Carmen, Jujuy, y con su guitarra recorrió el camino hacia la gran ciudad. La admiración mutua hizo el resto para que confluyan sobre un escenario y quizás en un estudio de grabación.

 Por Cristian Vitale

Solís y Garay. Instante mágico. Bruno Arias, que siempre anda con el estuche al hombro, lo abre y saca la guitarra. Una criolla. Al lado se le sientan tres habitantes de la plaza, de esos que se las arreglan para convertir ese duro afuera en un sitio para dormir “cama adentro”. El cantor y guitarrista jujeño empieza a tocar, a cantar, y uno de ellos, una señora mayor, que duerme cada noche a cielo abierto, deja entrever una, dos, tres lágrimas. Se emociona ante las versiones de “Merceditas” y “Viva Jujuy”, que encara Arias. “Esto se vive una sola vez en la vida”, comenta Mariana Baraj, que también está en tiempo, forma y lugar. Lo que era una sesión de fotos más, entonces, pasa a ser un momento triste, tierno y emotivo. Doliente y reparador a la vez. Único. Arias y Baraj no lo olvidarán jamás. Tampoco la señora. Ni los dos desamparados, que también escuchan en silencio y luego aplauden.

Mariana Baraj y Bruno Arias se habían acercado a Páginal12 para contar algo de lo que podrá ocurrir hoy a las 21 cuando se presenten juntos en el Tasso (Defensa 1575), y terminaron la tarde así, justo con el crepúsculo. Tal vez sea cosa de la energía que la cantora, percusionista, charanguista y compositora porteña trae desde Cerrillos, pueblo distante 15 kilómetros de Salta, donde vive hace seis años, rodeada de mujeres vallistas. O quizá la de él, que recorrió el camino inverso: de El Carmen, Jujuy, bajó hacia la gran urbe con sus impulsos militantes. O tal vez la de ambos, que en sus músicas, y cada quien a su manera, siguen entendiendo que la patria es todos y no algunos. Que una sociedad no cierra con gente durmiendo en las plazas o en las calles. Y para muestra están los nuevos trabajos discográficos de ambos. El de Baraj se llama Vallista y tiene como idea fuerza concretar su solipsismo musical en un disco. “Lo grabé todo sola, excepto el tema ‘Aguacero’, en el que canta Gustavo Santaolalla”, dice ella, sobre un material que contrasta con el resto de su prolífica discografía (Lumbre, Deslumbre, Margarita y Azucena, Florcita de Amancay, Churita y Sangre Buena), precisamente por carecer de una banda que la acompañe. “Es la concreción de esa asignatura pendiente. Lo pensé, lo compuse, lo produje y lo grabé sola, sin renegar con nadie”, se ríe Baraj. “La única excepción, que fue ‘Aguacero’, se dio porque mientras la escribía pensaba en las coplas y quería que lo cante Gustavo. Le escribí, le mandé la canción, la escuchó y me dijo que sí”, resalta la hija de Bernardo, aquel saxofonista de Alma y Vida, y del trío con Lito Vitale y Lucho González.

–¿Por qué la elección del título del disco recaló sobre la mujer de los valles?

Mariana Baraj: –Porque precisamente siento al disco como un homenaje a la mujer vallista, con la que interactúo todo el tiempo allá en Cerrillos. Una tarde estaba sentada en la plaza del pueblo y las veía pasar, cuando ya empieza la hora de la misa y hay como un standard de situaciones, en un horario determinado. Tengo la imagen de ellas muy asociada a la de mi abuela materna, que era santiagueña. Pensaba en mi abuela Paulina, que murió sin conocer el mar, y me quedó dando vueltas esa historia… Cuando las veía, pensaba si alguna vez conocerán el mar, y así salió la canción (“Mujer vallista”). Luego aparecieron historias y situaciones que están muy naturalizadas en la región, con respecto a la mujer.

Baraj tomó real conciencia de ciertos problemas de género en la región debido a que, junto a Mauro, su pareja, adoptó una niña de 7 años nacida en Tartagal, pleno norte salteño. “Ella, que es muy niña, ya viene cargada de historias que están muy naturalizadas en el norte y que tienen que ver con el sometimiento de la mujer, con los abusos, que a su vez están ligados al hacinamiento, la pobreza, en fin, a un montón de cosas. Yo venía interactuando con estas mujeres y muchas me comentaban cómo algo natural que sus padres las entregaran a los patrones de los lugares donde ellos trabajaban en los campos… De alguna manera, está todo muy ligado. Es una temática que me genera movimiento, me conmueve mucho, me sensibiliza, y más ahora que soy mamá. Un poco la temática pasa por acá”, enfatiza Baraj, que minutos después se encontraría con otra situación brava y “naturalizada”, pero en plena ciudad.

–Muchas veces la tapa de un disco dice más que mil palabras. ¿Por qué aparece su rostro tapado casi hasta los ojos, como si fuera una mujer de Medio Oriente?

M.B.: –Por un lado, la imagen tiene que ver con una colección que hizo (el diseñador) Martín Churba para las mujeres de Medio Oriente, que andan muy tapadas, y de alguna manera me interesó la imagen de una mujer cuya boca está tapada porque no puede hablar, pero hay otra que puede ser testigo, y tal vez puede hablar por ella.

–Se metió en un terreno tenso, comprometido...

M.B.: –Sí, es cierto. Y tiene mucho que ver el tema de la adopción, que es muy movilizante, porque los niños que la gente demanda para adoptar son siempre bebés. Nadie quiere adoptar niños grandes, con historias, con toda una carga detrás, y a mí me interesa empezar a promover eso. Por ejemplo, en Salta había solo tres postulantes para un niño de 7 años, y ninguno para otro de 8. Esto es fuerte, porque cuando te encontrás con esas historias, está en tus manos poder transformar algo triste y difícil en algo mejor… Poder generar un cambio en un niño es maravilloso.

En el disco de Bruno Arias, el compromiso parte desde el vamos. Se llama igual que aquel tema de Víctor Jara que pedía a gritos parar la muerte en Vietnam: El derecho de vivir en paz. El que decía “Indochina es el lugar, más allá del ancho mar, donde revientan la flor, con genocidio y napalm”, y que también fue disco en 1971. En el caso del de Arias, que también conlleva una carga social muy fuerte, acaba de publicarse pero la difusión aún está en pañales. “Lo diferente respecto de trabajos anteriores está dado por la incorporación de un pianista; en este sentido, hay una evolución en lo armónico respecto del disco que lo precede (Kolla en la ciudad)… Le puse así porque en estos tiempos se necesita de frases fuertes por las guerras que hay en Siria, los atentados en Francia, el imperialismo otra vez entrando a América del Sur... Algo parecido a lo que pasaba cuando fue derrocado Salvador Allende en Chile, ¿no? Necesitaba un título contundente y creo que el que elegí efectivamente lo es, porque fue un alegato importante contra la guerra de Vietnam. Está bueno que un disco de hoy se llame así”, justifica el músico jujeño.

“Tampoco creo que haya problemas por la cuestión del nombre”, sigue él. “Yo me mandé y creo que hoy en día, como dicen en el norte, cualquiera puede ponerle a un disco el nombre de una canción. Y ‘El derecho de vivir en paz’ también es el título de una canción. Bueno, la cuestión es que este disco reivindica a los pueblos originarios, a dos desaparecidas en la dictadura como Marta Juana González de Baronetto (detenida junto a su esposo Luis, en agosto de 1975) y a Marina Vilte (docente secuestrada el 31 de diciembre de 1976). También habla de la mortalidad infantil, en una especie de homenaje a las madres que pierden a sus hijos y siguen adelante con su vida, a través de una chacarera (‘Nave de luz’), o de la megaminería a cielo abierto como ‘Algarrobo’, que compuse en homenaje a la asamblea de Andalgalá por la explotación de la mina a cielo abierto”, cuenta Arias.

–También grabó una versión de “El derecho de vivir en paz” ¿La respetó?

Bruno Arias: –Sí, la versión es parecida a la que hizo Víctor Jara con una banda de rock, pero tiene un aire fresco. Suena a estos tiempos, aunque no me fui mucho de la versión original.

La unión es casi natural. Baraj y Arias suelen encontrarse “cuando pueden” en diversos lugares del país. En el homenaje a Mercedes Sosa, que organizó Popi Spatocco en el Centro Cultural Kirchner, por caso. O en la Fiesta de la Vendimia, como invitados del dúo Orozco-Barrientos. “De ahí salió la idea de hacer un recital juntos. Lo hicimos primero en Salta y ahora vamos a hacerlo acá”, comenta el jujeño, sobre una juntada que piensa derivar en la grabación de un álbum, tal como le sucedió con la cantora riojana Bruja Salguero y el estupendo Madre tierra. “No está bien definido, pero capaz hagamos un disco”, repite él, entusiasmado con los cruces femeninos. Y con la particularidad del que viene, relacionado con el minucioso trabajo de recopilación de coplas que está haciendo Baraj en Salta. “Con esto, su sonido, y mi repertorio jujeño podemos hacer algo nuevo. Se trata de aprovecharnos, de aprender uno del otro y de ver qué inquietudes despierta esto en la gente”, detalla Arias, que lleva grabados tres discos a la fecha, además del flamante y del que compartió con la Bruja Salguero: Changuito volador, Atierrizaje y el mencionado Kolla en la ciudad.

–Para compartir tiene que haber concordancias estéticas, musicales y humanas. ¿Cómo fue en el caso de ustedes, más allá de esos cruces esporádicos?

M.B: –A mí me quedó grabado una tocada que hicimos juntos, hace mucho, en un Tantanakuy de los que organizan Jaime Torres y su familia en Humahuaca. Me gustaba y me gusta mucho el trabajo que viene haciendo Bruno en todos sus discos. Para mí es un referente, un músico que siempre tengo presente, porque su búsqueda y su concepto me interesan mucho. Poder tenerlo cerca para compartir música con él es algo que disfruto muchísimo; me renueva y me estimula un montón.

B.A.: –Tenemos mucha afinidad en los gustos, sí, y nos admiramos mutuamente. En mi caso, me gusta mucho cómo ella, sin instrumentos armónicos, puede desarrollar un show sola, con su voz, su percusión y sus instrumentos.

–Baraj, usted se crió en un ámbito urbano más relacionado con el rock o el jazz que cultivaba su padre Bernardo; y Arias, al revés, en un ámbito de coplas por naturaleza...

M.B.: –Que paradoja, ¿no? Ahora yo le traigo noticias del norte a Bruno, y Bruno me trae novedades de Buenos Aires a mí (risas).

B.A.: –Incluso está empezando a interesarme la idea de incursionar en el tango, de animarme a tocarlo. Estoy tratando de subirme a esa historia.

M.B.: –Y, bueno, ya tiene bastante rock (risas). He tocado como percusionista en su banda y la experiencia fue lo más parecido a cuando tocaba en Catupecu Machu, a los 22 años. Por actitud y energía, porque el señor pide, demanda… Me hizo acordar a Fernando Ruiz Díaz. Lo que pasa en vivo, pese al repertorio folklórico, es muy rockero… Explota todo y a mí me requiere una energía extra, porque se maneja con intensidad.

La estructura del recital compartido de esta noche ya está prevista: ella sola, con su voz y su set de percusión, su charango, su cuatro venezolano y sus pistas, haciendo casi todas las piezas de Vallista (“trato de que estén todos los instrumentos pero no abusar de ninguno”, aclara); él, acompañado por Juan Carlos Liendro en flauta y Leo Villagra en bajo, tocando lo suyo. Y una instancia compartida entre los cuatro que prevé temas de ambos discos. “Nosotros en función de ella en algunos temas y ella en función de nosotros en otros”, orienta Arias. “Por mi parte, me voy a animar a cantar el tema que canta Santaolalla en el disco”, tira Bruno, sobre el mencionado “Aguacero”. “Sí, y además él se copa con la improvisación o con cambiar temas sobre la marcha, depende cómo esté el contexto”, tercia Baraj. “Igual, en el Tasso la cosa es íntima y tiene de bueno que podemos contar las historias de cada tema, porque todos escuchan lo que vos contás, y eso está buenísimo”, concluye Arias. Y entonces se va a tocarle joyas del folklore a los desamparados de la plaza.

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Bruno Arias, Mariana Baraj y uno de esos momentos que se dan “una sola vez en la vida”.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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