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Lunes, 2 de octubre de 2006

MUSICA › LA ORQUESTA MIKIS THEODORAKIS EN EL TEATRO COLISEO

Paradojas del canto general

 Por Diego Fischerman

En 1973, Mikis Theodorakis presentó Canto general, con texto de Pablo Neruda, en el Luna Park. Fue un acontecimiento cultural. La revista Crisis, ese año, dedicó varias páginas a un reportaje realizado por el poeta Juan Gelman y publicaba una serie de poemas escritos por el compositor durante su estadía en Argentina. El de Theodorakis era, en ese entonces, un modelo posible y deseable: el de músico comprometido con la lucha política y, además, el de una estética que se fundamentaba –como todo el Realismo Socialista– en la idea de simpleza, de referencia a patrones rítmicos y melódicos provenientes de los folklores nativos y, tal vez como consecuencia no explicitada pero finalmente inevitable, una tendencia al himno y la declamación. Eran los tiempos de Quilapayún y el Canto general no desentonaba.

Treinta y tres años después, la música del ya legendario compositor griego volvió a Buenos Aires y, entre muchos de sus éxitos –algunos de los cuales funcionaron efectivamente como himnos durante la Dictadura de los Coroneles en su patria–, se interpretaron fragmentos del Canto general. Esta vez fue su grupo, bautizado pomposamente Orquesta Mikis Theodorakis, aunque sin él, dado que, a los 81 años, ya no viaja por el mundo. En su reemplazo, en la función del viernes a la noche, una profusión de videos lo mostró dirigiendo, cantando, tocando el piano, bailando Zorba en un escenario con un ya viejo Anthony Quinn, participando en actos políticos y abrazado, entre otros, con Fidel Castro. Otros montajes fílmicos, en cambio, estuvieron dedicados a superponer con su música diversas escenas de barbarie perpetradas por invasores o represores variados y de luchas de liberación –o entendidas como tales por Theodorakis–, desde la guerrilla en Cuba hasta Hezbolá –lo que terminó por provocar, en la sala del Teatro Coliseo, una reproducción a escala de la vieja guerra civil griega–.

En la distancia entre ese acontecimiento cultural de 1973 y esta visita circunscripta casi exclusivamente a la comunidad griega de Buenos Aires, puede leerse ni más ni menos que el paso del tiempo. Lo que hace tres décadas era natural, hoy resulta casi excéntrico. Y esta vez, lo que terminó siendo un inesperado acto político, culminó con el exilio de media sala y con una módica batalla campal de gritos, la mayoría de ellos en contra. “Basta de política, vinimos a escuchar música”, “Mostrá también lo que hacen los árabes” y algún chiflido a la imagen de Chávez, cuando apareció en escena, fueron respondidos por encendidos “Viva Theodorakis” y tímidos aplausos al Che y a Fidel. Salomónica, la invocación que pareció saldar la diputa –aunque no evitó la huida de gran parte del público– fue “Theodorakis sí, pero Hezbolá no”. El cisma tuvo como consecuencia más inmediata, en todo caso, el cambio de programa de una función a otra. En la segunda, el sábado, los videos políticos fueron obviados.

Un grupo excelente, en donde se destaca el solista de bouzuki, toca la música de Theodorakis de taquito. Esas melodías que siempre terminan pareciéndose un poco a canciones infantiles o marchas patrióticas aunque con el bellísimo color tímbrico del folklore griego y con sus seductores compases de cinco o siete tiempos y sus acentuaciones asimétricas, tienen el efecto inmediato que, en todo caso, claramente buscan. El compositor, formado alguna vez en París con Olivier Messiaen, reniega de cualquier clase de complejidad. La paradoja es que el público que ama esa música sencilla y directa, pensada precisamente para su pronta asimilación por cualquier clase de oyente, rechaza la ideología que, justamente, le da origen.

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