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Sábado, 22 de octubre de 2016

MUSICA › NOTABLE PRESENTACION DE LA FILARMONICA DE BUENOS AIRES EN EL TEATRO COLON

Músicos que son cómplices del riesgo

La gran tarea en la dirección de Enrique Diemecke y la dinámica perfecta entre orquesta, pianos y cello provocaron una ovación acorde al nivel de lo exhibido en obras de Poulenc, Disapin y Ravel.

 Por Diego Fischerman

Diemecke supo entrar en el mundo estético particular de cada una de las composiciones.

Un concierto no es –o no debería ser– un mero conjunto de piezas musicales, puestas una después de la otra. Se supone que hay allí un relato, no necesariamente cronológico y no obligatoriamente temático, donde cada una de las obras ilumina, contrasta y propone lecturas sobre las otras. Y en ese sentido el décimo primer concierto del ciclo de abono de este año de la Filarmónica de Buenos Aires resultó ejemplar. Con una forma extraña a la convención –dos obras con solistas– y un aparente lazo en la nacionalidad de los compositores –todos ellos franceses– lo que unió a las obras, lo que convirtió a cada una de ellas en una nueva revelación fue el uso de la especialidad y el color y, sobre todo, una dinámica perfecta.

Con dirección sensible y atenta de Diemecke, que supo entrar en el mundo estético particular de cada una de las composiciones –y, tal vez lo más difícil, salir luego de él–, la orquesta brilló en cada una de sus secciones y fue cómplice, también, del riesgo. La ovación recibida después de cada una de las tres obras demostró, a las claras, que músicos y público están más que dispuestos a salir de los lugares comunes y a internarse en universos expresivos diferentes e, incluso, desafiantes. La primera parte del concierto estuvo dedicada al brillante Concierto para dos pianos y orquesta de Francis Poulenc, con la chispeante actuación de Marcela Roggeri y Jean–Philippel Collard como solistas. La segunda abrió con “Celo”, el primer concierto para cello y orquesta de Pascal Dusapin, con la memorable participación de Anssi Karttunen; el cierre fue con la terrorífica espectacularidad de La valse, de Maurice Ravel.

El homenaje a Bach entremezclado con la reivindicación de géneros menores –el vodevil y el cabaret; la canción, por supuesto– en la obra de Poulenc, tuvo en Roggeri y Collard, y en su rico diálogo con la orquesta, a intérpretes ideales. L’embarquement pour Cythère, del mismo autor, fue el bis con el que el dúo de pianistas rubricó una actuación de gran nivel. La obra de Dusapin propuso un nuevo clímax pero de naturaleza muy diversa. Ya su título, que refiere tanto al instrumento solista como al cuidado extremo, da una pista de una escritura de un refinamiento y un detalle extraordinarios. En rigor, aún cuando la parte de violoncello propone demandas técnicas de gran magnitud, se trata casi de un concierto para orquestas. El material circula entre los instrumentos y en el espacio, los sonidos proliferan en la orquesta y la integración entre solista y conjunto es deslumbrante. La obra fue escuchada con una concentración extrema y Karttunen, orquesta y director fueron aplaudidos como muy pocas veces sucede cuando se trata de obras actuales. Karttunen tocó también un bis atípico, el concentrado e inmensamente expresivo primer movimiento de Imago, de Dusapin, que en perfecto castellano y con visible emoción dedicó a la memoria de Lucía Pérez. La Valse, la genial hipótesis de Ravel acerca del vals entendido como material de la derivación del amor hacia la muerte, tuvo en la Filarmónica de Buenos Aires, nuevamente, un vehículo expresivo tan preciso como certeramente explosivo.

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