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Domingo, 8 de abril de 2007

MUSICA › HOMENAJES Y ACTOS POR LOS 90 AÑOS DEL TANGO DE MATOS RODRIGUEZ

¿Quién no conoce “La Cumparsita”?

Nacido en el Carnaval de 1917, el tango más célebre del Río de la Plata arrastra una historia de misterios y conflictos.

 Por Karina Micheletto

Es el tango más conocido e interpretado en el mundo, el que todos identifican apenas suenan los primeros compases. Para muchos, no hay forma de que una melodía quede tan pegada en los oídos si no contiene algo de genial. “El peor de todos los tangos escritos jamás... lo más espantosamente pobre del mundo”, dijo alguna vez, fiel a su estilo, Astor Piazzolla, y muchos otros concluyen como él que popularidad no es necesario sinónimo de calidad. Guste o no, todos cantaron, bailaron o silbaron alguna vez “La Cumparsita”. Como suele suceder con los himnos, su origen no queda del todo claro. Los datos de las fechas y el contexto en el que nació el tango difieren según las versiones, y un extenso juicio de por medio ayudó a acrecentar el mito. Hay algo en lo que los estudiosos del tema parecen haberse puesto finalmente de acuerdo, y es que “La Cumparsita” nació un día de abril de 1917, 90 años atrás. El aniversario del tango más famoso del mundo abre ahora una serie de homenajes coordinados por el Ateneo Porteño del Tango, y sirve de excusa para un repaso por su historia.

Las actividades de homenaje comienzan mañana con la presentación de un libro en el que 134 personalidades (desde intérpretes, bailarines, investigadores, periodistas y autoridades de instituciones, hasta Pipo Cipolatti, el intendente de Montevideo, Jorge Luz y Valeria Lynch) presentan sus loas a “La Cumparsita”. Extraño: el tango que ahora es reivindicado como “himno del Río de la Plata” nació para un Carnaval, como una murga, fruto de la pluma de un estudiante de arquitectura que no tenía mucha idea de música. La letra llegó después, sin permiso del autor de la música, que en un principio la calificó de “ilegal”.

El uruguayo Gerardo Matos Rodríguez (1897-1948) tenía veinte años cuando compuso el tema que lo haría célebre –y rico– en los días previos al Carnaval. Lo bautizó así en homenaje al estandarte murguero de la Federación de Estudiantes del Uruguay, que llevaba escrito Cumparsita en lugar de Comparsita, tal como pronunciaba en cocoliche un mozo amigo de los jóvenes estudiantes. La sobrina nieta de Matos Rodríguez, Rosario Infantozzi, recrea la historia del tango en su libro Yo, Matos Rodríguez, el de La Cumparsita. “Cuando hice ‘La Cumparsita’ tenía veinte años. En aquel tiempo era sacar carta de ciudadanía de malevo. Y lo oculté. Me ruborizaba el decirlo. Después ya fue otra cosa. Un título honorífico, smoking, zapatos de charol”, cita Infantozzi a Matos. Para una familia de clase media alta tradicional como la de Matos Rodríguez, el tango formaba parte del bajo fondo, las orillas, hablaba de hipódromos y prostitutas. Era una música que, por origen, no le pertenecía a su autor.

Lo que siguió a aquel Carnaval de 1917 ya comienza a cambiar según las versiones. Parece probada la participación de Roberto Firpo en el estreno de la obra, en el Café La Giralda de Uruguay, y la incorporación de pasajes de su autoría a la melodía. También hay versiones encontradas sobre la primera edición de la partitura, aunque quedó documentado que Matos Rodríguez le vendió los derechos de autor a la firma Breyer Hermanos, representante de Casa Ricordi en la Argentina, en junio de 1917, “por cincuenta pesos moneda nacional, más treinta ejemplares de la obra una vez impresa”. En una época en que la moda era el tango canción, “La Cumparsita” quedó relegada durante algunos años como un tango más, entre tantos otros instrumentales.

En 1924, tratando de sentar cabeza, el joven Matos (un apasionado del turf, que según una crónica había perdido aquel primer sueldo como autor en las patas de un matungo) consiguió una acreditación de periodista para cubrir las Olimpíadas de París. Hay quienes dicen que sus amigos le escribían las crónicas, y él luego las rehacía opinando lo contrario. Lo cierto es que en una de las tantas noches parisienses se encontró con Francisco Canaro, que estaba actuando allí con éxito. Canaro le contó que había incorporado “La Cumparsita” a su repertorio y que su tema estaba “haciendo roncha”. Recién entonces Matos supo que dos letristas porteños, Pascual Contursi y Enrique Maroni, le habían puesto letra sin pedirle permiso, para incluirla en el sainete Un programa de cabaret. No le gustó nada. De vuelta en Uruguay, un abogado le recordó que había firmado la cesión de derechos siendo menor de edad, por lo cual el contrato no tenía validez. Matos consiguió escribir una nueva letra, pero era tarde: Gardel ya había grabado la versión de Contursi y Maroni, con un tremendo éxito.

“La moda del tango canción exigía que ‘La Cumparsita’ tuviera una letra, por lo tanto, con el espíritu del amo que prefiere sacrificar él mismo a un animal marcado, así me decidí, me encerré una noche y escribí una. Un espanto. Una letra mal parida, escrita sin ganas, a regañadientes. ‘La Cumparsita’ nació sin letra, y así debió haber seguido, pero no tuve otro remedio”, se queja Matos en el libro de su sobrina nieta. Según el investigador Ricardo Ostuni, “La Cumparsita” llegó a tener cinco letras, una de ellas en inglés. Luego de un largo juicio, la viuda de Contursi consiguió en 1948 que los derechos se repartieran en un 80% para Matos y el 20% restante para Contursi y Maroni. El juicio también determinó que en las futuras ediciones deberían registrarse la letra de Contursi y Maroni y la del propio Matos, con exclusión de las de cualquier otro autor.

Así las cosas, el tiempo selló el destino del tango que hoy es “himno del Río de la Plata”. Hace unos años, fue declarado por ley “Himno Cultural y Popular del Uruguay” del otro lado de la orilla. Se lo sigue alabando y denostando, pero no hay orquesta o agrupación que no lo haya tocado, aunque sea en un ensayo. Es imposible determinar la cantidad de grabaciones que tiene en el mundo, pero se cuentan de a miles. Hoy como ayer, “La Cumparsita” sigue sonando, y sigue hablando de nosotros.

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Portada de una de las primeras ediciones de la partitura.
 
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