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Lunes, 19 de noviembre de 2007

MUSICA › LA RENGA EN EL AUTODROMO MUNICIPAL

Rocanrol con los motores encendidos

A pesar de los problemas de sonido, el trío de Mataderos volvió a mostrar su mística, en un escenario atípico para el rock.

 Por Mario Yannoulas

La noche del sábado, La Renga volvió a tocar en Capital después de más de dos años para presentar TruenoTierra (2006), su último álbum, en el Autódromo de la Ciudad. Fue una generosa lista de temas dividida en claros bloques climáticos. Sin embargo, a pesar de la buena voluntad desde arriba y abajo del escenario, los problemas de sonido no permitieron disfrutar completamente de una fuerte puesta en escena.

Una de las vetas del modus operandi renguero radica en la sorpresa. Desde el primer Atlanta en 1997, cuando inauguraron la etapa de estadios de fútbol, captaron las dimensiones de lo que habían logrado y sintieron la necesidad de encaminarse hacia abismos organizativos. Más tarde llegaron la vuelta a Obras y la corajeada del primer River en 2002, la grabación “en vivo” de un disco de estudio (Detonador de Sueños), un escenario giratorio ubicado en Huracán (2004), y la organización de un “festival” en el estadio de Vélez en 2005, en el que cerrarían una fecha con muchas bandas sin espacios para mostrarse en la ciudad luego de Cromañón. Todo, con el boca en boca como motor difusor.

Así llegó la convocatoria masiva al Autódromo Oscar Gálvez, lugar poco habitual para la incursión rockera que una semana atrás había albergado a “la sofisticada forma del dance”, en una nueva edición de Creamfields, la tradicional fiesta electrónica. Con un dvd de regalo con la entrada –incluye cinco temas registrados en el Estadio Unico de La Plata y un clip de la “Gira Truenotierra”–, y acoplado también al formato de festival, desde la una de la tarde se presentaron D.I.O.N.I.S.I.O.S., el ex Nepal Larry Zavala, Va De Suyo, Edelmiro Dúo (con el histórico Molinari) y los españoles Marea.

Una vez adentro, llegar a la zona del escenario supone un largo trecho a pie. Lo primero que se ve es la única popular del predio, completa de gente y de banderas anudadas al alambrado. Comienza a descubrirse el gran océano popular que ha convocado La Renga este sábado. Es difícil calcular la cantidad de cabezas en un espacio tan abierto, pero parecen no ser menos de cien mil. El escenario está muy al fondo de esa enorme explanada, y para cuando el sol empieza a bajar, parece imposible siquiera acercarse al impenetrable que se conforma hacia delante.

El sol termina de caer, y las luces se apagan. Aparecen Chizzo, de clásica vincha de fuego y cabeza cada vez más rapada, Tete, con su bajo guerrero celeste y blanco, y Tanque, acomodado tras el característico doble bombo. “Almohada De Piedra” rompe el hielo, y un muy buen diseño de luces anticipa su alto potencial. A los costados del escenario dos pantallas muestran a los músicos en acción, y otras dos, apenas más centradas, acompañan con retratos exclusivos de cada canción. La primera joya de la no tan vieja época es la siempre madrugadora “Tripa y corazón”, cuando un corte en el sonido obliga a la suspensión del show durante cerca de quince minutos. Las columnas de sonido alzadas a mitad de camino, repletas de gente trepada, colapsaron. Reanudada la función, llegan clásicos como “Adónde me lleva la vida y “El hombre de la estrella”.

A lo lejos, un combo de refusilos de alta frecuencia pone en duda la tranquilidad del desarrollo. “Ahora vamos a tocar algunos temas lentos”, anuncia Chizzo que, abrazado a su Firebird en “Mujer Del Caleidoscopio”, “Cualquier Historia” y “Palabras Estorbantes”, da fe de su soltura creciente como guitarrista de solos. Luego llegaría un dúo acústico junto con Manu para “Llenado De Llorar”, y una advertencia: “El que no aprovechó para darle un beso a alguien ya está”, bromea, anticipando un set más crudo. “Ser yo” y “Despedazado por mil partes” llevan a las masas de las narices. “Cuadrado Olvidado”, la presencia de Luciano Napolitano para hacer “Viva Pappo”, y “El Ojo del Huracán” confirman la tendencia. Raúl “Locura” Dilello, el legendario guitarrista que se adueñaba de los solos en la primera época, se arrima para “El juicio del ganso” que, una vez más en la noche, es víctima de problemas sonoros, reduciéndose a mímica la mayor parte del tiempo. Es inevitable una nueva interrupción, y Chizzo ruega que la gente descienda de las torres de sonido.

Una vez reanudado, con un volumen aún más bajo que el anterior, “Al que he sangrado”, “Panic show” a dúo de voces con Kutxi de Marea, y “El final es en Donde partí” dan paso a un falso cierre. “El revelde”, La balada del diablo y la muerte, “La razón que te demora” y “Oscuro Diamante”, completan la presentación de Truenotierra. El cierre, religioso, como cada vez, lo brinda el emotivo “Hablando de la libertad. A las 22.30 se apaga el último acorde, Chizzo y Tete vuelven a agradecer, y empieza la odisea de la desconcentración.

Los abismos organizativos pueden jugar en contra, pero La Renga tiene la virtud de poder construir canciones que sobrepasen los límites de lo técnico, capaces de llegar a miles de personas que los siguen incondicionalmente por todo el país. En este caso la fuerza del rito puede más que las condiciones, y la conexión sobrevive a un sonido defectuoso. Seguramente, eso explique que la cofradía aún se siga expandiendo.

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La Renga convocó esta vez a unos 100 mil fans.
 
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