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Martes, 30 de septiembre de 2008

LITERATURA › VíCTOR HEREDIA Y LAS CLAVES DE MERA VIDA, SU NUEVA NOVELA

“Si fuera portugués me aceptarían”

El cantante y narrador, que cuenta una historia de niñez y miseria, reclama a la crítica: “¿Por qué valoran a Chico Buarque y no a mí?”.

 Por Silvina Friera

Al abogado Ricardo Gallo Belawski, la ausencia paterna lo transformó en un adulto precoz. Aunque tuvo una infancia pobre, con el tiempo, la profesión se encargó de desvirtuarle la mirada y de congelarle la sensibilidad en el freezer de la clase media argentina. Pero por iniciativa de un amigo, conoce a Clarita, la hermana del Mula, un joven de dieciocho años acusado de asesinar a tres hombres. Si el abogado acepta defenderlo, no es por convicción ni responsabilidad profesional, sino porque quedó prendado de la belleza de la joven. En la comisaría de Florencio Varela, Belawski siente que el Mula es un “boxeador de peso mediano”, un chico que empezó a mendigar junto con sus hermanos, acicateado por su padre, El Maldito, que se hunde en el alcohol y desaparece de borrachera en borrachera. El Mula sobrevive “del otro lado de la raya”, consciente de que en algún momento las trompadas que lanza para mantenerse a flote no alcanzarán, que la finitud está cada vez más cerca. Bajo la apariencia de un vertiginoso policial, en Mera vida, (Planeta), Víctor Heredia construye una novela donde casi todos los personajes parecen condenados de antemano por una violencia que, al igual que el yuyo de la miseria, crece “sin aguas y sin cuidados”.

Mera vida, que se presentará mañana a las 19.30 en la Boutique del Libro (Thames 1763), junto a la escritora Claudia Piñeiro, es la primera novela que escribió Heredia, aunque por cuestiones del azaroso destino editorial sea la tercera que publica, después de Alguien aquí conmigo (2004) y Rincón del diablo (2006), novela que a Héctor Tizón le pareció “admirable e importante”. “Por importante quiero decir muy por encima de las páginas presuntuosas, prescindibles para la literatura y que han sido y son posibles sólo por prestidigitaciones de un mercado pretendidamente desideologizado y ligth como quiere la moda globalizada de nuestros días. Nadar contra la corriente como usted lo hace es un deber que impone la decencia y el afán de no dejarnos ahogar por la basura”, ponderó el escritor jujeño.

“En este país lo más vertiginoso y tremendo no es el empobrecimiento, sino la forma en que se aceleró el pasaje de la marginalidad a la violencia, cómo en un lapso tan corto de tiempo nos sucedió esto. Evidentemente hay anuencia política para que esto ocurra y eso es aterrador”, plantea Heredia a PáginaI12. El Mula y sus hermanos, como tantos chicos que sobreviven en villas miserias y barrios precarios del conurbano bonaerense, “nunca saben cuándo se les va a acabar la cuerda, pero intuyen que será pronto”, dice el escritor. “Los beneficios que puedan obtener de la sociedad no tienen nada que ver con la visión de futuro de un chico que se sienta a un pupitre. Si llueve, se les cae el techo y se acabó la casa. Y es todo tan frágil y tan precario como su vida misma.”

–En la novela, las únicas que no abandonan a sus hijos son las madres. A diferencia de los padres, las madres, a pesar de sus falencias o limitaciones, siempre están.

–Nuestra historia lo ha demostrado. Las únicas que no abandonan a sus hijos son las madres. Las mamás contra el paco están peleando para que sus hijos dejen la droga; las madres de desaparecidos siguen peleando por la memoria de sus hijos.

–¿Por qué cree que los hombres no luchan como las mujeres por sus hijos?

–Los hombres creen que la lucha es física, que tiene que ver más con la fuerza, con una impronta machista que hace que una ofensa sea más valiosa que cuidar a un hijo. En cambio, para la mamá es siempre más importante el hijo que la ofensa.

–Incluso Clarita, como hermana, tiene una actitud maternal hacia sus hermanos, sobre todo hacia el Mula.

–Sí, lo trata de salvar, de hacerle comprender qué es lo que le pasa, y oculta su violación para que el Mula no pierda del todo la relación con su padre. Pero después, cuando le confiesa a su hermano que Maldito la violó, se encuentra con la respuesta del Mula, que le echa la culpa a ella: “Algo habrás hecho”, una frase que también escuchamos acá no hace tanto tiempo. Esta frase marca el estigma de una sociedad que se empieza a descascarar al punto tal de que los límites entre la ética y lo que no debe hacerse están borrados, como los borró la dictadura.

Heredia, que está escribiendo una nueva novela, La hora de las moscas, sobre una familia que vive en los basurales de Berazategui, subraya que Mera vida tuvo la suerte de ser finalista del premio Planeta. “Pero cuando no ganás premios, la dificultad es cómo hacer para darte a conocer y que los medios que se dedican a la literatura acepten que, aparte de cantar, también puedo escribir.”

–¿Todavía no lo aceptan como escritor?

–No, pero no tengo idea por qué. Si fuera portugués, quizá me aceptarían (risas).

–Chico Buarque también escribe, ¿sabe si sufre cierto rechazo o indiferencia por parte de los escritores brasileños?

–No sé cómo será en Brasil, pero acá aceptaron inmediatamente a Chico como escritor. Lo que no entiendo es por qué si aceptan a Chico no pueden aceptarme a mí. Tendré que seguir intentando ganar algún premio. Yo también pinto, y como estoy perdiendo el pudor, pronto me voy a animar a exponer mis cuadros. ¿Por qué no puedo escribir y pintar?

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Víctor Heredia cuenta su historia a la manera de un policial.
Imagen: Gustavo Mujica
 
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