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Martes, 30 de septiembre de 2008

CINE › EL DIRECTOR ESPAñOL JAVIER REBOLLO HABLA DE LO QUE Sé DE LOLA

“Es musical, aunque no tenga música”

Forjado en el cortometraje, el madrileño Rebollo accedió al largo con un austero retrato de dos almas solitarias, perdidas en la gran ciudad, que le valió elogios en el Festival de San Sebastián 2006. Este jueves se estrena en Buenos Aires.

 Por Oscar Ranzani

El madrileño Javier Rebollo tiene una amplia experiencia en el medio español dirigiendo cortometrajes, todos ellos premiados y siempre con la misma actriz: Lola Dueñas. Así viene sucediendo desde 1997, con En medio de ninguna parte. Ahora que debuta en el largometraje con Lo que sé de Lola –revelación del Festival de San Sebastián 2006–, también optó por Dueñas, que trabajó en películas como Mar adentro, de Alejandro Amenábar, y Volver, de Pedro Almodóvar. Lo que sé de Lola puede entenderse como una continuación de lo que Rebollo viene haciendo en sus cortos, según él mismo explica. “En realidad, todas las películas que hace un director se pueden ver como una sola película o deberían poder verse como una biografía de ese director. En este caso, prefiero pensar que, entre todas, forman un solo corpus y que una arroja luces a las sombras que dan las otras”, señala el cineasta en la entrevista telefónica con PáginaI12.

Si bien Lo que sé de Lola es española, está casi toda hablada en francés, transcurre en París y con un actor galo: Michaël Abiteboul. El punto de vista de su personaje será prácticamente el del film, a través de su voz en off. Abiteboul interpreta a León, hombre solitario cuya única actividad consiste en cuidar a su madre enferma. Cuando ella muere, León realiza una especie de traslación de su obsesión hacia su nueva vecina, Dolores, una muchacha española que será su obsesivo foco de atención, sin que el deseo sexual sea su propósito: más bien es la historia de un amor en silencio.

–¿Se la puede definir como una película intimista que habla de temas universales como la soledad, el amor y la incomunicación?

–Creo que, como decía Don Quijote, todos estamos solos y, al final de cuentas, sólo tenemos nuestro reflejo en el espejo. Esta película trata sobre algo que en las ciudades occidentales del siglo XX lo vivimos mucho: la soledad, lo complicado que es amar, lo efímero de la felicidad, lo solos que estamos a fin de cuentas, aunque estemos rodeados de gente en un bar. No sé cómo es allá, pero en una ciudad como París es muy complicado ser feliz. La película se puede leer de muchas maneras, pero la soledad es uno de los temas que la atraviesa.

–¿Qué diferencias encontró usted que es un especialista en cortos al realizar su primer largometraje?

–Hice muchos cortos y espero seguir haciéndolos, es muy saludable. Pero son diferentes. El corto obliga a un ejercicio de precisión y de relojería que no te obliga el largo. El corto tiene una tensión maravillosa entre la noción de tiempo y la de forma. Cuando vas a ver un largo, te vas acomodando mientras salen los títulos y créditos, te vas quitando la chaqueta, comentas con tu pareja mientras comienza. El corto tiene una tensión que es producto del tiempo y desde que empieza ya está acabando. La forma pesa más. Creo que uno es más libre en los cortos: son la infancia de un director. Es donde te permites la insolencia, la audacia que todo el profesionalismo que te da el crecer, olvidas. Traté de no hacerlo así. Prefiero pensar que soy un amateur que hace todo por primera y última vez. Nada peor que el profesionalismo.

–¿Por qué la película está hablada en francés?

–Por la naturaleza de la historia. La película necesitaba de ese extrañamiento que produce la lengua, que es la que nos defiende, en un personaje manchego de pueblo que es Lola Dueñas: al llevarla a París, sufre un extrañamiento mucho más grande que si hubiera sido en Madrid como en un principio era. Además, yo tengo una relación sentimental e intelectual muy grande con Francia. París es una ciudad muy difícil de habitar. En el siglo XVIII dijeron que era “la ciudad luz” porque pusieron las primeras farolas de gas. Pero es por eso y no porque tenga sol. En una ciudad como París, tan grande, tan deshumanizada, donde es tan fácil buscar las diferencias con el otro, es muy fácil sentirse solo. Por eso creía que la historia funcionaba mucho mejor allí.

–¿Qué características destaca de Lola Dueñas, su actriz fetiche?

–La palabra fetiche no me gusta mucho porque tiene un componente sexual que no existe en mi relación con Lola Dueñas. Sí hay algo de fascinación, por las características interpretativas: Lola es un animal cinematográfico. Es alguien que encarna los personajes desde un brutal sufrimiento, desde una especie de posesión. Durante el tiempo que dura la película pasa a ser el personaje que representa ella en la pantalla. Hay algunos actores que vienen de la escuela inglesa que agarran el personaje como quien se pone una chaqueta y se la quita. Lola no: su chaqueta es su piel. También sucede que de un modo vampírico o perverso yo he utilizado a Lola más como sujeto de sí misma que como personaje de una película. Lo que sé... es casi un documental de mi relación con Lola Dueñas.

–¿Tiene componentes autobiográficos, entonces?

–Sí, con maquillaje dramático. Pero es que todo actor deviene en material documental de sí mismo. Hasta un actor porno. Esta película con retoques es cómo Javier Rebollo ve a Lola Dueñas, aunque ella pueda no estar de acuerdo. Pero mi fuente de inspiración es Lola.

–¿León es un voyeur que se convierte algo así como “el ángel de la guarda” de Dolores?

–Sí, lo de ángel de la guarda me gusta. León hace una puesta en escena para Lola, igual que yo hago una puesta en escena para ellos. Me gusta la idea, aunque es un poco perversa, de alguien que mueve los hilos para otra persona; en realidad, para ordenarle la vida. El voyeur tiene un componente sexual que León no tiene. Todo lo contrario. Como diría un lacaniano, lo que aparece es el amor cortés, el amor que no quiere ser consumado y, al no consumarse, eso hace que esté encendido siempre.

–¿Para usted León es un hombre sano?

–Para mí sí, pero es verdad que para muchos León puede ser (y probablemente sea) un personaje con una perturbación, que puede estar dentro del trastorno de la personalidad, del autismo. Pero yo creo que el cine moderno nos enseñó que no hay personajes buenos ni malos, sino ambiguos, poliédricos, como somos en la vida.

–¿Cómo construyó la narración para que en un film que tiene muy pocos diálogos pasen muchas cosas sin que resulte tedioso el desarrollo?

–Hay muchas secuencias muy breves pero muy lentas: la película tiene una sensación de lentitud por rápida. Para algunos espectadores es complicado de seguir: hoy en día confundimos el ritmo con la velocidad. Pero yo creo que el film tiene un ritmo musical, donde hay una serie de motivos que se repiten, pero con contenido diferente. León abre siempre la puerta del dormitorio en el mismo cuadro, pero la emoción que transmite es diferente en cada momento. Es una película musical aunque no tenga música.

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“Al final de cuentas, sólo tenemos nuestro reflejo en el espejo”, afirma Rebollo.
 
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