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Viernes, 10 de abril de 2009

LITERATURA › EUGENIA ALMEIDA Y SU PRIMERA NOVELA, EL COLECTIVO

“El lenguaje nos da una falsa serenidad”

En su novela, ganadora del Premio Internacional Dos Orillas, la escritora realiza una pintura de la dictadura enfocando en el infierno chico de un pueblo yermo: “Tengo el recuerdo de ese clima tan silencioso, un silencio que se sentía”.

 Por Silvina Friera

El refrán “pueblo chico, infierno grande” sobrevuela las páginas de El colectivo (Edhasa), de Eugenia Almeida. O forma parte del humus de esta novela, amasada a partir de pequeños gestos domésticos, casi intranscendentes, pero cocinada con una prosa de frases cortas y rítmicas que calan hondo. En un chato y minúsculo pueblo de provincia, sin lomas ni montes, con la tierra que se resquebraja como un cartón y el cielo encapotado, la hostilidad y la opresión no provienen del paisaje tan poco hospitalario sino de sus mezquinos habitantes. Todos prefieren ignorar el dolor, hacer de cuenta que no existe. La alteración de una rutina, el colectivo que pasa sin detenerse en la parada prevista, precipita la circulación de añejos rencores. Cuando el guión de la vida cotidiana se interrumpe, cuando aparecen esos puntos suspensivos que resultan insoportables para quienes acostumbran a moverse por los carriles de la normalidad, aunque el incidente sea “menor”, las tensiones se multiplican. Las lenguas se sueltan con el mismo ímpetu con que el viento levanta el polvo.

La peluquera y el farmacéutico acusan al comisario de borracho; las diferencias de clase se subrayan con la misma saña con la que un chico aprieta su lapicera hasta agujerear la hoja del cuaderno; las líneas divisorias se ahondan entre los que viven del “lado de acá”, las fuerzas vivas del pueblo, la gente bien, decente y trabajadora, y los del “otro lado”, putas, delincuentes y vagos. La alfombra con la que se tapó la suciedad se descorre como un telón. Y una pareja joven, extraña a ese cuerpo social que se desquicia, de paso por el hotel del pueblo, quedará en el medio de una “emboscada”, aislados, como los lugareños, pero sin escapatoria. Recién en el tercer capítulo se desliza una referencia epocal, 1977, que pone los pelos de punta de los lectores. Lo que se dice y se omite, material más denso aún que las habladurías y rumores, está cincelado por el terror de la dictadura militar.

Primera novela de Almeida, periodista, docente y escritora que nació en 1972 en Córdoba y reside en Unquillo, El colectivo, Premio Internacional de Novela Dos Orillas, organizado por el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón (España), ha sido publicada en España, Portugal, Francia, Grecia e Italia. “La primera imagen que se me apareció fue la de unas personas que están cruzando las vías del tren y que son vistas desde un hotel, en un pueblo donde hace tres noches que no para el colectivo, sin saber mucho hacia dónde iba y cuál era el contexto”, recuerda la escritora en la entrevista con Página/12. “La escribí en un momento muy complicado de mi vida. La novela fue un refugio que me salvó en medio de la tormenta. Una amiga que vive en Murcia me mandó un mail en el que me avisaba del concurso. Dudé bastante porque había que mandar tres copias a España, era mucho dinero y yo tenía un trabajo muy precario. Pensaba que era una tontería, que estaba tirando el dinero con el que me podía comprar libros. Fue un shock ganar ese concurso.”

–El contexto de la dictadura, que se demora en aparecer en la novela, ¿estaba inicialmente o apareció después, en el transcurso de la escritura?

–Apareció del mismo modo en que aparece tan sorpresivamente en la novela. No me extraña porque es una época que me ha marcado. Yo tenía cinco años y vi cómo secuestraban a un hombre en pleno centro de Córdoba. Tengo el recuerdo de ese clima tan silencioso, un silencio que se sentía, no el silencio que pasa desapercibido, sino el que uno sabe que están construyendo los adultos. Y no había qué preguntar.

–¿Por qué el énfasis de El colectivo está puesto en lo cotidiano, lo doméstico?

–Me desvela la gran incidencia que tienen las pequeñas cosas que decidimos todos los días individualmente, que parecen menores. En un contexto como el de la dictadura, esos pequeños gestos se notaban mucho más. Al aparecer 1977 como año clave de la novela, se iluminaron las raíces de esos silencios. La novela es muy dialogada, pero al mismo tiempo tiene grandes espacios de silencio. Creo que es una marca de la dictadura, pero también del presente; una huella de la dictadura que está muy fresca. No coincido con esos discursos que dicen que eso fue hace mucho tiempo, que ya pasó, que hay que dar vuelta la página. Hay cosas en las vidas de las personas y de la sociedad que no pasan nunca. Si vos tenés un accidente y perdés una pierna, yo no te puedo decir, dos años después, que ya pasó. La pierna no la vas a tener más, y esa ausencia va ser constitutiva de tu identidad por el resto de tu vida. Estaría bueno que esos silencios se fueran desgranando, empezar a ver qué se hizo y qué no se hizo. Ahora están pasando cosas muy significativas. Todo este debate poco serio sobre la pena de muerte no es un detalle menor. Me pregunto cuánta gente que durante la dictadura no fue responsable de sus pequeños actos ahora está repitiendo lo mismo cuando apoyan la pena de muerte. Para mí la pena de muerte cae en el ámbito de lo no discutible. Aun con el más horroroso de los monstruos. En Córdoba, el 24 de julio del año pasado, se condenó a (Luciano Benjamín) Menéndez a prisión perpetua. Es uno de los peores monstruos, pero jamás pediría para él la pena de muerte. Todo se nos descarajina, se nos va de las manos... es volver a repetir horror por horror.

Almeida enciende un cigarrillo y plantea que le resulta intolerable que la gente diga que no sabía lo que pasaba durante la dictadura militar. “Uno podía no digerirlo, pero yo tenía cinco años y me daba cuenta de que algo monstruoso estaba pasando. Por eso desconfío mucho de esa explicación; me parece mucho más plausible decir ‘yo sabía lo que pasaba y estaba muerto de miedo’. Eso es totalmente comprensible”, reconoce la escritora.

–¿Cómo repercute el miedo en los personajes de la novela?

–Hay un juego muy ambiguo: hay gente que está muerta de miedo y otra que se complace con el dolor ajeno. En la novela, una de las que más se complacen es Rita, la peluquera, o Marta Flores, que a pesar de lo que ha vivido, se podría esperar que tuviera otro tipo de empatía con el dolor ajeno. Pero no siempre el hecho de haber sufrido nos garantiza ser solidarios con el sufrimiento del otro. Hay otros que simulan ser inocentes, como el farmacéutico, que supuestamente no hace nada. Pero traer y llevar rumores a veces no es inocente. Cuando el hotelero, Rubén, y Gómez, mentan el episodio de la chica que se llevaron, nadie puede terminar de decir lo que tiene que decir. El lenguaje puede ser una maquinaria de opresión. Los argentinos todavía no podemos modular la dictadura. Hay que escuchar cada vez más voces y desestimar esos discursos que fingen una herida cerrada, cicatrizada.

–El único de los personajes que duda es Victoria. Ella siempre que puede pone en cuestión lo que dice Marta, una máquina de reproducir, en lo cotidiano, el discurso de la dictadura.

–Una amiga que leyó la novela me dijo que Victoria tiene actitudes heroicas, pero yo no la veo así. Lo que me conmueve de ese personaje es que pueda mantener la mente un poco despierta. Creo que los grandes maestros, esas personas que nos marcan, son los que te hacen dudar y te corren el eje. La duda es indispensable, sobre todo si partimos de la base de que todas nuestras relaciones están atravesadas por el lenguaje. No hay maquinaria más ambigua. El lenguaje nos da la falsa serenidad de que nos entendemos, pero hay que ser desconfiado y preguntarse. Y la forma de pregunta es la duda; poner en suspenso, no apresurarse, no interpretar. Somos máquinas de interpretar, de creer que ya sabemos, que lo que tenemos adelante ya lo vimos.

–¿A qué atribuye que no se mencione puntualmente ninguna organización armada y simplemente se hable de “subversivos”?

–No hay ninguna alusión a Montoneros o al ERP, es cierto. Cuando terminé la novela me dije: “¡Qué bien, no tengo que borrar nada!”. El tema de las organizaciones armadas es muy delicado, complejo, y lo estoy tratando de comprender. Un amigo me dijo que en la novela no hay héroes. Le pregunté qué tipo de héroe esperaba encontrar y me dijo que un guerrillero. La construcción del guerrillero está lejana a mis preocupaciones, pero lo más importante es que no está en el horizonte de los personajes de la novela.

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“Escribí la novela en un momento muy complicado. Fue un refugio que me salvó en medio de la tormenta.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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