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Viernes, 10 de abril de 2009

CINE › ENTREVISTA CON CAMILA GUZMAN URZUA, AUTORA DEL CONTROVERTIDO DOCUMENTAL EL TELON DE AZUCAR

“A mí también me duele la realidad”

¿Cómo es posible que una película tan crítica sobre Cuba haya sido premiada en La Habana? Su directora intenta armar el rompecabezas, repasando detalles del largometraje que desde ayer puede verse en el flamante complejo Arte Cinema.

 Por Facundo García

La izquierda latinoamericana absorbió tantos golpes, que el reflejo de responder a los ataques ha opacado el hábito de la autocrítica. Por eso, lo primero que viene a la mente al salir de la sala donde se proyecta El telón de azúcar es un salpicado de emociones, bronca y muchas ganas de conocer a la responsable de tanto revuelo en la conciencia. La expectativa se duplica si se incorpora otro dato: en 2007, el film ganó el Premio Coral al Mejor Documental en el Festival Internacional de La Habana. ¿Cómo fue posible que una película tan crítica sobre la isla haya sido favorecida justamente ahí? Su directora, Camila Guzmán Urzúa –nacida en Chile, criada en Cuba, residente en Europa durante varios años y, desde hace unos meses, vecina del conurbano bonaerense– intenta armar el rompecabezas, repasando detalles del largometraje que desde esta semana puede verse en el flamante complejo Arte Cinema (Salta 1620, Constitución). Y si bien no tiene la respuesta a todo lo que los espectadores podrían plantearle, no se puede negar que aquello que afirma, lo afirma con convicción.

Por supuesto que, antes de meterse a discutir, la morocha ha pedido su café y ha dejado claro que, aunque es hija del respetado documentalista Patricio Guzmán, le gusta elegir su propio camino. “Me vine a Buenos Aires recientemente. La verdad, la primera época ha sido dura. Nunca había tenido enfrente a personas que no supieran leer, y aquí me he topado con eso. Además, hay unas diferencias de clase espantosas”, confiesa.

–Arranca por ese lado y es imposible no acordarse de que desde el llamado “campo progresista” se la ha elogiado y también criticado con pasión. ¿Cómo resumiría las reacciones que causó su trabajo?

–Yo preferiría dividir las reacciones entre lo que ha pasado cuando mostré la cinta en el primer mundo y la respuesta que recibí en el tercero. En los países pobres me atacaron mucho, porque yo casi venía “a romper un sueño”. Lo que no entendían es que a mí me duele igual que a ellos estrellarme con la realidad. En los lugares con más dinero sucedió al revés. Saltó gente que odia a Fidel y no concibe que una diga que ha sido feliz en Cuba. Y hubo experiencias atípicas: en Turquía, por ejemplo, me insultaron bastante; y en el Bafici las discusiones resultaron ser especialmente calientes. Por el contrario, si me pongo a repasar lo que comentaron mis compatriotas, prácticamente todos han admitido que se sintieron profundamente identificados. Hubo, desde ya, chicos cubanos más jóvenes que se extrañaban de que una vez la vida haya sido así. Y es que, por alguna razón, hay una memoria de lo positivo que tiene el sistema que se está perdiendo.

–¿Y por qué le parece que no se está transmitiendo esa memoria?

–Supongo que el Período Especial –la crisis económica que comenzó en 1991, tras el colapso de la Unión Soviética– marcó tanto a la gente que lo que está detrás de esa cicatriz se ha ido difuminando. Ese fue uno de los factores que me llevó a hacer esta película.

La estrategia de Guzmán Urzúa consistió en regresar a la isla y trajinarla por cuatro meses, rastreando a viejos amigos de la adolescencia. A cada uno le dedicó días enteros de charla y convivencia, para averiguar en qué andaban aquellos hombres y mujeres nacidos y educados en la Revolución. Aparecieron los que viven de las divisas que mandan los familiares, los que arden por irse, los que se fueron. E incluso está el caso de Juan Carlos Torrente, un pelilargo con aire rockero que decidió resistir, aun cuando su padre ex miliciano y su madre ex alfabetizadora tiraron la toalla y zarparon para Miami. “Estoy aquí porque si todos se van, ¿quién quedará?”, bromea el muchacho ante la cámara, con un humor que roza el zen.

–¿Cree que el hecho de haber vivido en Europa desde los 19 años afectó su perspectiva al retomar tramos de su primera juventud?

–Yo me crié en Cuba. No puedo decir que sea chilena, ni española ni inglesa; a pesar de que gocé de ciertos privilegios por haber nacido afuera. En Londres susurraban: “¡Pobrecita, ha crecido con Castro!”. Yo les aseguraba que había tenido una infancia feliz y no me creían. Si comparaba la infancia que habían tenido ellos –los europeos– con la mía, yo sostenía y sostengo que la mía fue la más bonita.

–No pudo convencer a los ingleses y pegó la vuelta...

–Regresé por primera vez en el ’94, al iniciarse la crisis de los balseros. En aquel momento, conversando con mis amigos de allá, yo les sacaba el tema de lo maravilloso del colegio y ellos me tiraban una mueca irónica. Claro: ya tenían tres temporadas de Período Especial encima. Así que me encontré en tierra de nadie: en Europa no me creían y en Cuba se estaban olvidando. Necesité resolver esa tensión.

–¿Por qué abordó tan poco el problema del bloqueo e insistió, en cambio, en los inconvenientes que trajo a Cuba la dependencia respecto de la URSS?

–Es una pregunta que ningún cubano me ha hecho, porque lo que desde lejos se ve como bloqueo desde adentro no se capta tan así. Sí nos tocó en lo muy concreto dejar de ser “los productores de azúcar” del bloque socialista. Abordar cinematográficamente el bloqueo hubiera sido entrar en un contexto de análisis histórico amplio, y no era mi intención. A propósito: en la cinta digo “embargo”, y es lo único de lo que me arrepiento. Debí haber dicho “bloqueo”. Es la palabra que más usamos nosotros.

–Otra marca de la película es la emigración. ¿Cómo maneja en su conciencia el hecho de que la sociedad cubana haya financiado para ustedes una formación de calidad y ahora sean tantos los que trabajan en el extranjero?

–Lo que nosotros recibimos es lo justo. ¿Que en ninguna otra parte sucedió? Es cierto. Pero no me considero en deuda. Finalmente, somos muchísimos los que desde diversos rincones apoyamos a Cuba. Los que se quedan –y no nos olvidemos de que hay muchísimos que han elegido permanecer allá– darán desde su lugar; y los que están afuera desde afuera.

–Bueno, hace cuarenta minutos que vengo pateando el asunto: cuénteme sin anestesia cómo percibe el presente de la Revolución.

–Mira, cuando me avisaron que había entrado en la competencia de La Habana de 2007, me sorprendí positivamente. ¡Encima me premiaron! En 2008 me invitaron de nuevo, esta vez como jurado de la competencia documental. Con esto yo confirmo que se están moviendo estructuras. Ojo: yo sé –he andado bastante por Latinoamérica– que el capitalismo no funciona. Pero creo que el socialismo que tenemos allá está pidiendo un cambio, una revolución dentro de la Revolución. Nos debemos la perestroika que no fue.

* El telón de azúcar tiene funciones todos los días a las 16.10, 18.10, 20.10 y a las 22. Mañana sábado, Guzmán Urzúa participará en dos debates con el público en las funciones de las 18.10 y 20.10.

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“En los países pobres me atacaron mucho, porque yo casi venía a romper un sueño”, reconoce Guzmán Urzúa.
Imagen: Pablo Piovano
 
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