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Miércoles, 7 de mayo de 2014

LITERATURA › EDMUNDO PAZ SOLDAN Y LA FASCINACION POR QUEDARSE EN IRIS

“Nunca había sido abducido por el mundo que yo inventé”

El escritor relata que tenía intención de escribir sobre el violento estado de las cosas tras el atentado al World Trade Center, pero llegó a sentirse tan saturado de realidad que terminó imaginando una sociedad, una religión y un lenguaje nuevos.

 Por Silvina Friera

Todo lo que arde, tarde o temprano, se consume. Hay novelas que arden en las retinas mucho más allá del punto final y el cese de la lectura. Agitan el avispero mental con tanta intensidad que resulta complejo abandonar los espasmos y tensiones que suscitan. Se muere muchas veces en una guerra. Lo saben las criaturas que habitan Iris, una zona colonizada por SaintRei, una corporación industrial que explota las minas de la región. Xavier es un soldado que se siente tonto por haber creído “en el heroísmo de la guerra, en el coraje, en el valor; en todos esos mitos que hacían que jóvenes como él se enrolaran en ejércitos y fueran al frente sin miedo a morir”. El capitán Reynolds, en cambio, es un criminal que se mueve como pez por los charcos de sangre que provoca a diestra y siniestra. Orlewen –que significa sobreviviente en el lenguaje irisino– quiere la liberación política por el camino de las armas, pero enlazadas también con la fuerza del dios Xlött. Yaz es una enfermera que, a pesar del horror, busca un modo de trascendencia. Katja, la hermana de Xavier, es la que investigará los abusos cometidos contra los insurgentes. Estas son las voces-historias, los personajes que permitirán armar el formidable rompecabezas de Iris (Alfaguara), de Edmundo Paz Soldán, que ayer participó del cierre del Diálogo de Escritores Latinoamericanos en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

“La paradoja es que no me propuse escribir una novela de ciencia ficción o fantástica”, cuenta el escritor boliviano que nació en Cochabamba en 1967, autor de Río Fugitivo (1998), El delirio de Turing (2003) y Palacio Quemado (2006), entre otros títulos. “Yo publiqué un ciclo de novelas ambientadas en Estados Unidos, mis novelas realistas relacionadas con la violencia: Los vivos y los muertos, que tenía que ver con la violencia en los colegios, y luego Norte, con la violencia en la frontera y la inmigración. Iris iba a ser una novela relacionada con la violencia posterior a la caída de las Torres Gemelas. Había leído un reportaje en la revista Rolling Stone sobre unos soldados psicópatas en Afganistán que comienzan a matar indiscriminadamente a civiles y me dije: ‘Acá hay una novela que puede seguir con este ciclo’. Me puse a investigar, a leer crónicas sobre Afganistán. Y de repente me di cuenta de que el tema me había saturado, de que no quería hacer de nuevo una novela muy ceñida a la realidad. Me fascinaba la anécdota original de estos soldados que pierden la cabeza, por decirlo de una manera elegante. O ya la tenían perdida y la guerra exacerbó sus psicopatías.” Ese material radiactivo fulguraba y lo aguijoneaba, pero el lugar y la forma se le negaban como ese otro lado de una puerta que, por el momento, no se puede franquear. Un amigo que conoce los gustos de Paz Soldán le dijo: “Oye, ¿por qué no la ambientas en Marte?”.

Una sugerencia a priori “disparatada”, como rumbear hacia Marte, inoculó un embrión de algo que empezaría a crecer. “Si me hubiera dicho algo más sensato, probablemente lo hubiera descartado”, recuerda. “Un día pensé que podía ambientar la novela en un lugar que me permitiera el libre juego con la imaginación. Entonces busqué un nombre y apareció Iris. Y una cosa me llevó a la otra: me puse a pensar en quiénes viven ahí, en qué creen, cuál es su religión, cuáles son sus costumbres, cuál es su lenguaje.” Al sortear el problema de la documentación, se metió en camisa de once varas: cómo crear un mundo coherente en sí mismo, que se sostuviera. “Yo había visto la película de Kathryn Bigelow The Hurt Locker –traducida como Vidas al límite–, sobre el soldado que desactiva bombas en Irak. El personaje me pareció fascinante. Cuando se va, extraña la adrenalina de la guerra. Pensé en un personaje más bien al revés, en un soldado cobarde como Xavier. Y después fue apareciendo Reynolds, el líder de esta unidad de psicópatas. Sabía que tenía que tener el punto de vista de los irisinos que están luchando por la independencia a través de Orlewen, y la investigación moral acerca de los actos de los soldados, a través de Katja”, explica Paz Soldán a Página/12.

–Orlewen podría ser el equivalente al guerrillero de la década del ’70 en América latina que decide tomar las armas. ¿Por qué la lucha política en Iris es también una lucha religiosa bajo el lema “El Advenimiento que adviene”?

–Hace unos veinte años, en un curso de literatura andina, leí un libro de un sociólogo peruano, En busca de un inca, de Alberto Flores Galindo. En este libro hablaba de varios mitos andinos, entre ellos uno que me impactó: el Inkarri, de la zona de la sierra de Perú. Cuando llegan los españoles y se produce la conquista, cuando el líder inca es depuesto, poco después aparece este mito que dice que el mundo se ha dado vuelta, que los que antes estaban arriba ahora están abajo, pero que algún día –promete este mito Inkarri– el rey inca recuperará sus dominios y el mundo va a volver a darse vuelta, que es lo que ellos llaman el tiempo milagroso-religioso, el pachakuti. Cuando asumió Evo Morales, algunos hicieron esta interpretación: que ése es el tiempo del pachakuti, el momento en que el mundo se da vuelta. “El Advenimiento que adviene” nace de este mito de que las personas sojuzgadas van a dominar y los dominantes van a ser dominados. En la novela, la revolución no tenía que ser sólo secular, me parecía que era necesaria la profecía religiosa: “Esto dicen nuestros sabios, nuestras leyendas, que algún día vamos a recuperar nuestras tierras”. Todo esto fue impregnando la novela. En lo que he escrito antes, la religión no ocupaba un papel fundamental. Pero de pronto me pareció fascinante explorar la religión como trascendencia, pero también como escape por la conexión de las drogas con la religión. No puedo salir de Iris, ahora estoy escribiendo dos libros ambientados ahí: un libro de cuentos y una novela que funciona como precuela, porque es la historia de la infancia y la adolescencia de Reynolds con un tono más de educación sentimental.

–¿Le pasó antes el hecho de no poder salir de un mundo de ficción?

–Hace diez años escribí dos novelas ambientadas en un lugar que se llama Río Fugitivo, pero la diferencia es que es similar a mi ciudad natal, Cochabamba. Simplemente fue un cambio de nombre; era más un viaje nostálgico. Yo mismo me hago preguntas: ¿cómo sería crecer en Iris? ¿Cómo sería una adolescencia en Iris? No me había pasado antes de quedar abducido por el mundo que yo inventé (risas).

–La novela crea una especie de mezcolanza con contracciones de términos, palabras españolizadas del spanglish, escritura abreviada “al modo de las redes sociales” y expresiones indígenas. ¿Cómo fue la experiencia de elaborar este lenguaje “irisiano”?

–Hay varias palabras también del chino. Mientras escribía la novela me preguntaba qué pasará en el futuro, cuál va a ser el país más fuerte, el imperio del siglo XXI. Sin duda vamos a evolucionar hacia un mundo más políglota en el que incluiremos palabras de otros idiomas. El lenguaje no estaba en el plan original, pero si estoy inventando “un paisaje otro”, también el lenguaje tiene que ser otro. El desafío era encontrar un lenguaje que no fuera simplemente una copia mimética del spanglish o de las redes sociales. Que fuera diferente, pero que el lector no se pierda en el camino. Quizá sea inevitable que el ingreso a este mundo, al comienzo, sea un poco abrupto y descoloque a más de uno. Pero son los riesgos que tenía que correr. Hubo varias escrituras: una más radical y otra más estándar. Cuando leía la estándar, no me sonaba. No puedo escribir como si el lenguaje no sufriera transformaciones. Si estoy hablando de transformaciones en la identidad, el lenguaje tiene que mostrar algún tipo de sacudón. La literatura se juega en el terreno del lenguaje. Podía ser una aporía escribir una novela supuestamente radical con un lenguaje muy tradicional. No quería caer en ese error, que era muy tentador. Al final, el lenguaje terminó siendo algo innegociable.

–¿Por qué Iris es un mundo tan medicalizado?

–Vivimos en un mundo medicalizado. La medicalización para enfrentar las tensiones de una guerra es algo de lo que no se habla. O se habla poco. En el fondo de la novela, el tema que quería trabajar, sin que suene muy solemne, es el horror cósmico de enfrentarte a un mundo hostil; el terror que produce ese enfrentamiento entre tú y el universo. Tiene que haber un tipo de mediación para lidiar con eso en la novela. Una de esas mediaciones es la religión y la otra son las drogas. A veces las dos se juntan; es una búsqueda de trascendencia y de escape de un mundo muy agobiador. El gobierno de Evo Morales ha hecho una reivindicación cultural muy fuerte de la hoja de coca como una planta milenaria que no debe confundirse con la cocaína. Pero todavía la coca está incluida como una sustancia tóxica prohibida por la Convención de Ginebra al mismo nivel que la heroína. Tiene que haber un debate social que permita ver que hay tipos y tipos de drogas con diferentes usos.

–A través de la ciencia ficción, ¿pudo potenciar el aspecto político que ya estaba presente en sus novelas más “realistas”?

–Sí. La ciencia ficción es un género muy político. Si me conecté con este género es porque leí distopías como Un mundo feliz, 1984 o todas las obras paranoicas de Philip K. Dick y de J. G. Ballard sobre la cultura del consumo o el espacio de los medios en la subjetividad contemporánea. La ciencia ficción te permite mirar a las estrellas, pero manteniendo los pies en la tierra. Más que un género, diría que es una forma de mirar. No me interesa tanto el registro visionario de lo que puede ocurrir dentro de cincuenta años, uno de los aspectos por los que se reconoce al género. Me interesa lo que dice de las ansiedades del presente. Yo veo a Iris conectada con novelas de la tradición latinoamericana, como La guerra del fin del mundo, y a la vez con la tradición de la literatura de las minas, con la antropología que se ha hecho sobre el mito de las minas en Bolivia. Por otra parte, nunca hemos sido muy respetuosos de los géneros en Latinoamérica; en la novela entran cosas de lo fantástico, de la ciencia ficción, de la política. Una pregunta fundamental para mí es qué pasa cuando un grupo étnico cruelmente sojuzgado pasa a dominar. Una vez que tienes el poder, ¿qué es lo que haces con ese poder? ¿Te comportas como se comportaron antes contigo, o eres capaz de trascender eso? En el momento en que pueda responder estas preguntas quizá pueda comenzar a imaginar la secuela.

–A partir de estas preguntas sobre qué se hace con el poder, ¿cómo evalúa la gestión de Evo Morales?

–Evo ha hecho mucho en materia de inclusión social en Bolivia, se ha avanzado muchísimo. En los últimos años creo que ha habido una revolución, un cambio social y cultural muy fuerte y sin violencia. Hay muchas cosas que se le pueden reprochar, algunos gestos mezquinos con sus opositores y que podría haber tenido un discurso más amplio, más incluyente. Pero ha manejado la situación mejor de lo esperado y ha consolidado un tipo de liderazgo. Durante un tiempo se lo vio a Evo como un acólito de (Hugo) Chávez. Pero es claro que Evo tiene un liderazgo indiscutible no sólo al interior de Bolivia, sino también en Latinoamérica. Bolivia, como país pequeño, necesitaba incorporarse a un proyecto más amplio para enfrentarse al imperio, por decirlo de una manera. Y eso es lo que ha hecho Evo con Chávez. El proyecto bolivariano de Chávez le permitía no estar tan solo. Pero el manejo de la economía de Evo es mucho más ortodoxo y conservador que el de Chávez. La gran paradoja de la revolución socialista de Evo es que éste es el momento de gran expansión de la clase media, es el momento en que más franquicias norteamericanas están entrando y es un momento de construcción de grandes centros comerciales en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba, que no parecen frutos de un gobierno socialista, ¿no? Parece más bien una especie de neoliberalismo con un discurso menos salvaje, más de comunidad. El proyecto económico de Evo es más conservador que lo que da a entender su retórica antiimperialista.

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“La paradoja es que no me propuse escribir una novela de ciencia ficción o fantástica”, cuenta el escritor boliviano nacido en 1967.
Imagen: Rafael Yohai
 
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