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Sábado, 29 de julio de 2006

LITERATURA › DAVID VIÑAS, SUS PERSONAJES Y SU LUGAR EN LA CULTURA

“Francamente, no me van los títulos ni condecoraciones”

Según el escritor, los personajes de Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX, su primera novela desde 1995, “son una colección de heterodoxos, de tipos a contrapelo”, militantes de los setenta que arrastran sus dudas y contradicciones, pero se obstinan en ir contra la comodidad de lo establecido.

 Por Silvina Friera

La calle Corrientes no sería la misma sin David Viñas subrayando con ferocidad y malicia el diario La Nación en el café Losada. Pero para sorpresa de Página/12, el escritor está haciendo marcas y cruces en otro matutino. “Ya no se puede leer más el diario de los Mitre, es excesivamente clerical, intolerable para mí”, aclara, y lanza una risotada. Nunca se fue, siempre está dando batalla y polemizando, pero no publicaba una novela desde 1995, y un poco se lo extrañaba, aunque en estos últimos años se hayan reeditado buena parte de sus mejores ensayos y artículos periodísticos. Quizá por esa prolongada ausencia de la ficción –muchos se preguntaban en qué andaría “el viejo Viñas”–, en la portada de su nuevo libro, Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX (Sudamericana), aparece una frase que sintetiza lo que los lectores estaban esperando: “El regreso del maestro”. Viñas enciende un cigarrillo rubio y, siempre cultivando un estilo a contrapelo de lo consagrado y canónico, rechaza que lo llamen maestro. “Tengo una formación más bien anárquica. No me gustan los títulos ni las condecoraciones, francamente no me van. No creo en ese tipo de historias. No soy un pedagogo, soy sólo un vecino.”

Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX está dedicada a los dos hijos de Viñas, María Adelaida y Lorenzo Ismael, asesinados por la dictadura militar. Y la dedicatoria es doblemente significativa porque los personajes de la novela –Tartabul, El Chuengo, Moira, El Tapir, Pity y El Griego– fueron militantes políticos en los setenta. “Es como un balance, quizá una especie de réquiem”, comenta el escritor, que se propuso reactualizar Los siete locos, de Arlt, en la generación del Che. “Pero mis personajes tienen un proyecto más laxo e impreciso, incluso entre ellos se cuestionan si son una barra, un rejunte o una especie de asociación ilícita”, explica Viñas. El primer epígrafe del libro es una marca contundente de la intención del autor, que cita esa genial frase de Leopoldo Marechal: “Solemne como pedo de inglés”.

–Arlt señaló que sus personajes eran individuos y mujeres de esta ciudad a quienes él había tratado. ¿Sucede algo similar con Tartabul...?

–Sí. El Chuengo está inspirado en el escritor Carlos Correas (compañero de ruta en la revista Contorno). Lo entrañable de este personaje es la tensión que genera su homosexualidad. El Tapir es probablemente el más organizado de los cinco, un militante que lógicamente se frustra, se margina, pero siempre conserva cierto delirio para enfrentarse a las cosas que no le gustan, y que quiere cambiar. El Tapir tiene un fuerte componente religioso y está como “fumando espero” (risas).

Un hombre muy parecido a Viñas se acerca a la mesa y le cuenta al escritor:

–Hace poco una chica me confundió con vos; quería que le firmara un libro. Y como me dedico a dibujar y justo andaba con un dibujo mío, se lo regalé.

–Me parece muy bien –le dice Viñas. Es un buen entre (risas).

–Le dije que yo era más joven y más lindo que vos.

–No te quepa la menor duda (risas).

Viñas opina que en ningún momento quiso hacer una novela estrictamente testimonial o política. “Más bien me interesó el acercamiento a los personajes; trabajo más con las figuras individuales, con el estilo y con las distintas resoluciones, muy condicionadas por lo que se vivió en este país.”

–¿Por qué “el verdadero suicidio es sobrevivir después de la derrota”, como dice uno de los personajes?

–Escribí una contratapa sobre Haroldo Conti en este diario (publicada el 4 de mayo pasado) que empieza diciendo: “Confuso privilegio ser sobreviviente”. Privilegio ambiguo y equívoco porque podés llegar a convertirte en una suerte de especialista en epitafios. Eludiendo una entonación victimista, que me pesa, trato de recuperar muy contradictoriamente elementos que estaban ahí, que se jugaban y se siguen jugando, como las discrepancias con lo dado, con la cultura propuesta. Mis personajes son una colección de heterodoxos, de tipos a contrapelo, que te diría que es la única gente que me interesa. Quiero recuperar el contrapelo que había en los años setenta, la gente que se obstinaba con la disconformidad, los que decían: “Esto así no me convence, hay que buscar otra alternativa”. Son personajes anti-rutina porque han resuelto vivir a contrapelo de su comodidad. Obstinarse en eso me parece que es lo que vale la pena.

–¿Qué marcas dejó esa derrota en la política argentina?

–Sin duda la despolitización. Había una vieja definición que decía que el hombre es un animal político: “Si le sacan la política, queda el animal”. La política es la comunidad, la calle, el intercambio, el salir de la autocomplacencia. El resto, entre otras cosas, me aburre. Viejo, esto ya me lo sé de memoria, inventame alguna...

–¿Qué les hubiera pasado a los personajes de la novela con la figura de Kirchner?

–Seguirían fumando y esperando (risas). Me interesa más Evo Morales, tiene una mayor nitidez y latinoamericanismo. Evo apuesta a otra cosa, con mucha conciencia de todas las dificultades y limitaciones que tiene. La figura de Kirchner se me diluye, prefiero la de Evo porque veo que hay una propuesta que polemiza con el discurso único, que es lo sabido, lo canonizado.

–Pero Kirchner forma parte de la generación del setenta, que es la protagonista ineludible de su novela.

–Desde ya, lo mejor de Kirchner fue cuando le dijo al teniente general Bendini: “Proceda”. Esto lo comenté en Cuba, porque podría haber convocado a un sargento o a un cabo para que sacara los retratos de Videla y de Bignone. Ese fue el mejor momento del gobierno de Kirchner, no me lo voy a olvidar. Bendini tuvo que poner un banquito y sacarlos.

–¿Por qué Tartabul duda tanto cuando le ofrecen una candidatura?

–Es una referencia al menemato. No es que haya pasado estrictamente la aplanadora, sino que todo el llamado pragmatismo era una forma más frívola y presuntamente divertida del discurso único. Le hacen ofertas, lo quieren cooptar. Si algo define a Tartabul es su ambigüedad, es el más marginal de todos, el vocero y el narrador. Tartabul es el personaje de La bolsa de (Julián) Martel, un loco pintoresco de Buenos Aires que imitaba los diversos discursos de los grandes oradores de 1890. Es una especie de gran bufón que, dentro de sus enormes limitaciones, dice las cosas que el resto disimula.

–¿Qué rol cumple un bufón en la sociedad?

–Es todo lo contrario del verdugo, que te corta la cabeza. El bufón habla, pero merodea las zonas de poder. Su proyecto de discurso es la suma de los lapsus del discurso oficial, es como (Florencio) Parravicini, que trabajaba sobre esa zona de las cosas mal dichas, del malentendido, de los escamoteos y de las complicidades. Tartabul es un Parravicini que no se quiere enganchar con nadie. Si se engancha de manera categórica, deja de ser bufón y pasa a ser un vocero o un intelectual orgánico, y él no quiere ser nada de todo eso.

–El Griego, que termina siendo embajador en España durante el menemismo, ¿en quién está inspirado?

–¡Uff!... en muchos. Me remito a la definición que hace Jauretche: es un intelectual que sube al caballo por la izquierda y que baja por la derecha. Cada uno de los personajes es un collage, como las frazadas que hacían con parches las tías viejas. Fíjese que en el final de la novela, el narrador dice: “Damas y caballeros, soy un dromedario”. El collage es lo contrario de la pureza; un personaje que deja de ser un collage se convierte en una suerte de tótem inverosímil. Es como si yo me postulara como un maestro, no soy un maestro, soy un collage.

–También se lo suele llamar “maestro” a Sabato...

–Intentó hacer lo suyo y creo que en estos momentos está caído, y entonces es fácil pegarle, como a esos muñecos que estaban en las puertas de las talabarterías a los que les daban una piña. Busquemos por otro lado...

–¿Por Borges, quizá?

–Lo que rechazo de Borges es que se burlaba del pobre tipo, del marginal, del hombre sin propiedades. En cambio, Walsh, por ejemplo, en Nota al pie, no se burla; se hace cargo del pobre diablo e incluso se pregunta qué tengo yo de pobre diablo, de fracasado.

–¿Usted se hace esa pregunta?

–Desde ya, permanentemente. El bufón no trabaja con los catecismos, no reza el rosario, más bien practica la blasfemia, la herejía. Elige lo profano. En este momento se abre en el campo de la literatura y de la política el enfrentamiento entre lo consagrado y lo profano. Evo Morales es un gran profanador.

–¿Y quiénes serían los escritores que trabajan hoy con la profanación?

–(Guillermo) Saccomanno y (Eduardo) Belgrano Rawson tienen ademanes, entonaciones y gestos profanadores. Son dos bufones que suponen que hacen reír, pero ¿de qué?

–¿Por qué eligió un título tan tajante: Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX?

–Durante mucho tiempo, lo que santificaba una novela era que fuera abierta, pero la mía es cerrada. Una novela abierta siempre me parece una convocatoria al happy end. “Perdonen la tristeza”, como decía Vallejo, pero en mi novela está la presencia de la muerte. Acá es corte y confección.

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“El mejor momento del gobierno de Kirchner fue cuando le dijo al teniente general Bendini: ‘Proceda’.”
 
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