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Viernes, 26 de septiembre de 2014

LITERATURA › EL MEXICANO ANTONIO ORTUÑO SE PRESENTA HOY EN EL FILBA

Historia de una masacre silenciada

Su novela coral La fila india partió del descubrimiento en su país de fosas comunes con cientos de cuerpos de migrantes centroamericanos que querían llegar a Estados Unidos. “El poder político y el poder económico van de la mano”, sostiene.

 Por Silvina Friera

“Nadie me escucha, pero igual lo digo. Hay demasiados muertos aquí para preocuparse por los carroñas centroamericanos.” Este “vómito” anunciado es el monólogo de un docente mexicano, una las voces que integran la extraordinaria novela coral La fila india (Océano) de Antonio Ortuño, escritor que participa hoy en uno de los paneles del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba). Ese personaje demasiado vivo, una especie de gran cloaca insoportable de racismo y odio, mete el dedo en la llaga de una cuestión: hay muertos de poca monta, invisibilizados, cuerpos sin cabezas; cabezas sin lengua y dedos sin falanges; todos muertos y trenzados en una intricada danza macabra. Cientos de cadáveres de migrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos aparecen en fosas comunes en Tamaulipas. Irma –la Negra–, ex pareja del docente en cuestión, es una joven funcionaria que se instala junto con su hija en Santa Rita, un pequeño pueblo del sudeste de México. Pronto descubre que a nadie le importa la saña criminal contra los migrantes centroamericanos y decide jugarse literalmente el pellejo al ayudar a Yein, una muchacha sobreviviente hospedada en uno de los albergues que depende de la Comisión Nacional de Migración (Conami).

Ortuño (Zapopan, 1976) cuenta que la novela nació por “la sensación de náusea” que le produjo la masacre de San Fernando (Tamaulipas) y el descubrimiento de fosas comunes con cientos de cuerpos de migrantes centroamericanos que intentaban llegar a Estados Unidos. “No creo que haya nada que pueda hablar peor de una sociedad que las fosas comunes. Por más que existan complicidades de las fuerzas de seguridad y del gobierno, si hay fosas comunes es porque lo permite todo un país, por obra o por omisión. Si en México hay racismo interno, si la gente del Occidente o del Norte muchas veces ve mal a los del Sudeste, que son morenos, las mujeres centroamericanas son el pececito más pequeño de toda esta cadena de peces grandes que se comen a los chicos. Cuando los mexicanos hablan de migraciones, es para volver sobre el viejo discurso de lamentar cómo nos tratan en Estados Unidos. Pero se olvidan que los peores en esta relación carnicera somos nosotros con los centroamericanos. Nos tratarán muy mal, pero no ha habido exterminio colectivo de mexicanos en Texas”, dice el autor de las novelas Recursos humanos y Anima en la entrevista con Página/12.

–La fila india es una novela coral narrada desde distintas perspectivas y voces: la voz del docente resentido, la voz de Irma y otros personajes con los comunicados de prensa de la Conami. ¿Esta arquitectura fue deliberada?

–Sí, quería que fuera una novela coral; es algo muy complejo como para abarcar el tema desde una sola línea narrativa. Incluir la voz del profesor me permitía romper con la idea de que son algunos delincuentes, algunos grupos de poder, algunas personas que sacan provecho y más bien llevar la cuestión al terreno de la responsabilidad colectiva que parte del racismo pasivo-agresivo de los mexicanos. El profesor es enormemente racista; trata de ser cínico al principio y termina violando a una migrante centroamericana. El hecho de que la violencia en México haya alcanzado los niveles delirantes de los últimos años se termina reflejando en lo que pasa con los centroamericanos. Se les despreciaba hace quince años, pero ahora además se los usa como ganado y se los despedaza.

–¿Cómo funcionan en la novela los breves capítulos de los comunicados de la Conami, esos textos repetidos como en serie, con “la versión oficial” de los hechos?

–Es una especie de ritornello: el discurso oficial es omnipresente y reacciona exactamente igual de mal. Vidal, quien genera esos boletines, es considerado una especie de genio dentro del gremio de los comunicadores sociales oficiales, lo consultan, le mandan correos, cuando en realidad es un asno que entendió que lo único que espera todo el mundo es que se saque el mismo machote boletín, donde se dice siempre lo mismo. El discurso oficial se construye con dos o tres ideas machaconas que no se corresponden con la realidad. Me interesaba recalcar que a medida que la situación se pone más negra todo se radicaliza, pero el discurso oficial está siempre en un punto muerto. La literatura trata de desmantelar este tipo de discursos y devuelve la expresividad al lenguaje, sacándolo de esta suerte de anquilosamiento de los discursos establecidos.

Unos segundos de silencio, un desvío necesario. Instantes en que las piezas del rompecabezas del mundo conocido, la violencia demencial y desquiciada del narcotráfico, no son un decorado de madera y cartón. “Como una fila de hormigas, por más pisotones que les des, pues los migrantes siguen su camino. Cuando la gente quiere migrar, va a migrar. Lo hace porque en muchas ocasiones es la única escapatoria que tienen de la violencia y la miseria”, recuerda el escritor.

“Probablemente pasen años hasta que podamos ver la magnitud de lo que está pasando. Estamos hablando de prácticas que, en abstracto, uno les atribuiría a las misteriosas guerras civiles africanas, poblados a los que llegaban y les cortaban la cabeza a todos y los clavaban en estacas. Todo este tipo de cosas suceden en México. Todavía no podemos ver la película completa porque hay un poder obstinado en que eso quede en tinieblas”, advierte Ortuño, autor de los libros de cuentos El jardín japonés y La señora de Rojo, que fue distinguido por la revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español.

–¿Por qué se quiere ocultar la magnitud de esta violencia?

–No hay estados que no estén permeados por el narcotráfico en México. En muchos lugares no hay línea divisoria entre el crimen organizado y los cuerpos de seguridad en todos sus niveles: el ejército, la marina, las policías municipales, rurales, la policía federal... No están ellos de un lado y los delincuentes del otro, son las mismas personas que terminan su turno en un lado y de van al otro. O mientras llevan el uniforme operan “al servicio de...”. Tampoco hay una serie de caudillos criminales como si fueran todos Panchos Villas enloquecidos. El narcotráfico genera una cantidad de dinero inmensa. No es que hay algo así como una clase empresarial sufrida y lista que no tiene nada que ver con el crimen. ¿De dónde salió todo ese dinero durante los últimos 40 años? Probablemente el narcotráfico haya invertido tanto o más que el gobierno federal en los últimos 40 años en los empresarios de México. Hay empresarios que son prestanombres, ¿pero son sólo prestanombres o jefes? ¿Quién es el jefe? Lo interesante del asunto es que sale la cara del Chapo Guzmán o de algunos capos, pero sabemos por experiencia que siempre queda una capa de gente que tuvo el poder antes y sigue teniendo el poder después. El poder político y el poder económico van de la mano y los narcos no son ajenos a eso. Hay alianzas que van más allá de lo comercial. Hay gente que es tan poderosa que cualquiera que tenga una pistola le sirve, tenga o no uniforme, tenga o no placa. Es desolador...

* Panel de Narrativas migrantes, con Samanta Schweblin, Antonio Ortuño y Edmundo Paz Soldán, en la Alianza Francesa (Córdoba 936). La programación completa en www.filba.org.ar

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Ortuño participa del panel Narrativas migrantes, en el Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires.
Imagen: Bernardino Avila
 
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