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Miércoles, 24 de junio de 2015

LITERATURA › LUIGI AMARA Y SU IMPERDIBLE ENSAYO HISTORIA DESCABELLADA DE LA PELUCA

“Yo buscaba una suerte de provocación”

Convencido de que el ensayo puede servir para “mostrar las operaciones de la mente”, el autor mexicano abordó un tema supuestamente frívolo para meter la filosofía “en el fango de lo cotidiano”. Y así fue finalista del Premio Anagrama 2014.

 Por Silvina Friera

El sarcasmo, arma de doble filo, puede arrancar postizos donde se esperaban trofeos. El indiscreto encanto del artificio capilar es santo y seña de la cultura a través del tiempo: de la peluca azul de Charles Baudelaire a las extravagancias capilares de Elton John; de la melena apócrifa como afrodisíaco de Giacomo Casanova al peluquín de Andre Agassi; del ritual de propiciación de la emperatriz Valeria de Mesalina al guiño permanente de irreverencia, simulación y parodia de la cabellera artificial de Andy Warhol. “Si la ropa y el peinado, además de expresar lo que somos, permiten acercarnos a aquel que entrevemos o imaginamos, entonces ajustarse la peluca o maquillarse, más que artimañas de la simulación o el doblez, forman parte de un ritual cotidiano de restitución”, afirma el escritor mexicano Luigi Amara en ese exquisito gabinete de curiosidades pilosas que es Historia descabellada de la peluca (Anagrama), finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2014. En el anecdotario de pelambres impostadas, relampaguea “el pequeño animal dormido”, hecho a imagen y semejanza del pelo de Salman Rushdie, cuando todavía pesaba sobre el escritor la sentencia asesina de la fatwa. En un paseo de prueba con el flamante adminículo capilar por Loane Street (Londres), llegó el acabóse de la ilusión de camuflarse en otro: “¡Miren, allá va el maldito Rushdie con peluca!”.

Amara (México D. F., 1971), un irreverente que hace del virtuosismo de la escritura su afilada navaja, dice a Página/12 que el ensayo es un género personal, “una escritura que parte de uno mismo, que vuelve a uno mismo y que gira alrededor de uno mismo”. El autor de El peatón inmóvil (2003), Sombras sueltas (2006) y La escuela del aburrimiento (2012), entre otros títulos, recuerda que hace más de quince años, junto con unos amigos, en lugar de alentar la típica fiesta de disfraces, se les ocurrió hacer una fiesta de pelucas. “Me di cuenta de que era muy extraño que algo tan desmontable como una peluca pudiera transformar tu personalidad. El primer texto que escribí es el de Warhol porque para un artista como él la peluca, la apariencia, cómo despliega el cuerpo ante los demás, era parte de la obra. Es un libro que escribí a lo largo de mucho tiempo porque no hay bibliografía sobre la peluca. No es que uno llega a un estante y dice: ‘Textos sobre la peluca’”, plantea el escritor mexicano. “Me interesan mucho esos ensayistas que desde (Michel de) Montaigne para acá están más cerca de lo literario como una suerte de autoexploración.”

–¿Lo “descabellado” de esta historia sería que rompe con el cliché del uso de la peluca sólo para el disfraz?

–La peluca no sólo sirve para el disfraz, un poco por eso la estructura del libro es a saltos. A diferencia de otros postizos, como la dentadura postiza o incluso los implantes de silicona, la peluca tiene muchos usos, significados y prácticas. Una es el disfraz; pero a veces en lugar del ocultamiento es una búsqueda de uno mismo. Warhol no utilizaba la peluca para ocultarse, sino para exhibirse. También está el uso para la seducción, para la prostitución, el uso aristocrático como una especie de corona para detentar el poder. Son tantos los aspectos que decidí hacer un libro que fuera como un mosaico, donde estuvieran estas variedades. Me interesaba que no fuera en orden cronológico para que el lector fuera percibiendo esta complejidad por contraste. Que algo poco explorado como el cabello, y más el cabello artificial, es como una suerte de cosmos autónomo que una vez que entras en él empiezas a ver muchas galerías.

–Qué mejor artificio que el ensayo literario para explorar un artificio, ¿no?

–Un par de lectores me han dicho que todo el tiempo tenían la sensación de que el ensayo era una peluca (risas). Uno construye un ensayo para mostrar las operaciones de la mente. Me importa la idea del ensayo como una exploración formal ante todo. El tema es como una puerta de entrada para que la escritura se eche a andar. Me gusta mucho un ensayista estadounidense, Phillip Lopate. El dice que si una mente le interesa cómo opera, el ensayista lo puede llevar adonde quiera, no importa si va a hablar sobre la silla o sobre la basurita del piso.

–¿Cuáles fueron los detalles sobre la peluca que más lo sorprendieron?

–El más extraño fue la peluca de vello púbico, un capítulo sobre una sociedad secreta en Edimburgo que creó “El club de la peluca”, una especie de rito pagano en un contexto católico en el que habían confeccionado una peluca con vello púbico. Entonces se hacía un rito licencioso alrededor de este objeto y cada nuevo miembro tenía que aportar vello púbico. Y hacían una fiesta donde en algún momento se ponía la peluca de vello púbico. Otra cosa que me impresionó mucho es algo que está a la vista, pero sobre lo que uno no reflexiona. Casanova, el gran galán de la historia de Occidente, conquistaba con peluca. El arquetipo del hombre conquistador nunca dejó de usar algún tipo de peluca. Este dato que está ahí, a la vista de todos, me pareció intrigante y por eso también escribí el texto sobre Casanova.

–El ensayo tiene una naturaleza anfibia, ¿no?

–Totalmente. Escribí este libro contra esa tradición que cree que el ensayo es ensayar ideas y que no pondría el cabello o la peluca como tema porque sería un asunto menor e incluso frívolo. Yo quería que desde el título hubiera una suerte de provocación frente a esa idea del ensayo en la que habría un supuesto deslinde con lo ficticio, con lo cotidiano. Platón dice que el pelo es impensable. Cuando leí eso, hace mucho tiempo, pensé: si no se puede pensar el pelo, entonces no se puede pensar la vida en la tierra. En ese sentido, también es una respuesta a una construcción teorizante del ensayo que no lo entiende como ficción, como búsqueda de lo cotidiano y como perplejidad.

–¿Con qué tipos de escritores y de libros entra en diálogo Historia descabellada de la peluca?

–Tiene que ver con una tradición anterior a Montaigne, con Luciano de Samosata y Elogio de la mosca y con los libros misceláneos de curiosidades al estilo de los de Diógenes Laercio. Son libros de provocación filosófica. Cuando Luciano escribió sus textos, lo que produjo fue irritación entre los filósofos: ¿cómo puede hacer con esa prosa trabajada un elogio de la mosca? Estos libros siempre me gustaron; es una colección de rarezas, de gabinete de curiosidades en los que uno no sabe bien si es realidad, si se lo inventaron, si está documentado. Hay una sensación de incertidumbre sobre la verdad y no sabes en qué territorio estás. En estos libros está el origen del ensayo antes de que el ensayo se llamara ensayo. El encomio paradójico era un género que consistía en hacer una suerte de defensa un tanto desmedida sobre algo que sería menor. Pero eso que es menor es la vida cotidiana. Montaigne empieza a escribir sobre la vida cotidiana. En vez de escribir filosofía sobre los grandes temas, escribe sobre sus cálculos biliares, sobre sus dedos pulgares, sobre su haraganería, y empieza a hablar sobre lo que nos incumbe de manera más inmediata. En ese sentido es también un rechazo a una cierta manera de entender la filosofía como algo muy aséptico que no quiere ensuciarse con el fango de lo cotidiano.

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“A diferencia de otros postizos, la peluca tiene muchos usos, significados y prácticas”, dice Amara.
Imagen: Rafael Yohai
 
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