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Viernes, 26 de septiembre de 2008

CINE › EL CINE JAPONES IMPONE SU CALIDAD EN EL TRAMO FINAL DEL FESTIVAL DE SAN SEBASTIAN

Escenas de la disolución familiar

Mientras las películas argentinas siguen cosechando elogios y mercados, la competencia oficial elevó su nivel con la presencia de Still Walking, la nueva película del nipón Hirokazu Kore-eda, realizador de las recordadas After Life y Nobody Knows.

 Por Horacio Bernades

Desde San Sebastián

Al tiempo que libraban su batalla por el Oscar, aquí, a diez mil kilómetros de distancia, Leonera y El nido vacío se pasaban gentilmente la posta en la grilla del festival. La película de Pablo Trapero completa hoy a la mañana una recorrida que le sirve para preparar su estreno local, que tendrá lugar dentro de un par de semanas, con un lanzamiento que más que duplica el que tuvo en Argentina. Ante su repercusión en el festival (cuatro funciones a sala llena, ovaciones al finalizar, mucho interés demostrado en los corrillos), tanto Trapero como Martina Gusmán –su mujer, productora y actriz protagónica, a quien aquí le añaden el apellido materno, el muy vasco Urruti– lucían muy entusiasmados. Como tras su presentación en Cannes la película ya está vendida a todos los mercados europeos, ahora les queda colocarla en Estados Unidos y Asia. Cosa que esperan hacer en breve, asistiendo tanto al American Film Market (el más importante mercado cinematográfico estadounidense) como a los festivales de Pusan y Hong Kong.

Una de las dos películas que cierran la competencia oficial (la otra es Breath, del coreano Kim Ki-duk), El nido vacío brindó una primera función para la prensa ayer a última hora de la tarde, y hoy a la noche tendrá su gala oficial. Para Daniel Burman y Diego Dubcovsky, director y productor de la película, las expectativas son distintas de las de Trapero/Gusmán, ya que recién ahora el film protagonizado por Oscar Martínez y Cecilia Roth (presente aquí esta última, para acompañar la presentación del film) inicia su carrera internacional. El nido... viene de presentarse en el festival de Toronto, y San Sebastián es su cabecera de playa para el ingreso en Europa. Con varios preacuerdos de venta ya firmados, de estas exhibiciones donostiarras, y su repercusión en público y prensa, puede depender el resto de su carrera comercial.

Hablando de compras, ventas y mercados, Liliana Mazure, presidenta del Incaa y al frente de la delegación argentina en San Sebastián, confió en un aparte a PáginaI12 un proyecto que, en caso de concretarse, podría servir de motor para los negocios cinematográficos argentinos y latinoamericanos en el mundo. Se trata de un importante mercado de cine, que tendría lugar anualmente en Buenos Aires y podría contar con apoyo del más relevante de sus homólogos, que es el que funciona todos los años en Cannes. La idea de Mazure consiste en invitar a gran cantidad de los más pesados compradores de todo el mundo para que converjan todos los años en la capital argentina. Ese mercado, todavía sin nombre, funcionaría en el mes de noviembre, a lo largo de una semana, inmediatamente después de finalizado el Festival de Mar del Plata. Con la intención de iniciarlo en 2009, Mazure confía en que el apoyo del Marché du Film de Cannes se concrete, y no le faltan razones para atribuirle importancia a este proyecto.

Pero aparte de negocios, un festival de cine consiste en exhibir películas, y la película que viene de marcar uno de los puntos altos de esta 56ª edición del Donostia Zinemaldia es, como podía preverse, la nueva del nipón Hirokazu Kore-eda, realizador de las recordadas After Life y Nobody Knows. Con Aruitemo, aruitemo (Still Walking, para su distribución internacional), Kore-eda, que un par de años atrás ya había competido aquí con la subvalorada y muy interesante Hana, les saca varios cuerpos al resto de sus competidoras. Lo que narra Still Walking es la reunión familiar que se celebra en ocasión de un nuevo aniversario de la muerte del hermano mayor, hecho que tuvo lugar años atrás, durante el rescate de un accidentado. Los dos hermanos que lo sobreviven y sus respectivas familias viajan a casa de sus padres y pasan allí un par de días, durante los que se dedican más a comer, beber, conversar (y hasta chusmear) que a celebrar algo que parezca un velorio. No sólo en ese sentido recuerda Aruitemo, aruitemo a una película de Yasujiro Ozu, donde las peores noticias se dan siempre con la más amplia y gentil de las sonrisas. También el tono reposado de la narración, hecha de planos-secuencia sumamente fluidos –muchos de ellos tomados desde la posición del tatami (la carpeta que suele tenderse sobre el piso en las viviendas japonesas, donde Ozu colocaba indefectiblemente su cámara)– y, en lo temático, el modo casi imperceptible con que la aparente calma familiar da lugar a resquebrajaduras: todo ello hace sobrevolar sobre la película el fantasma de aquel maestro.

Los indicios de disolución familiar son todo un tema en esta edición de San Sebastián, tratado por fuera y por dentro de la competencia oficial. Como ya se reseñó aquí en un informe anterior, ése es también el tema del film turco Pandora’s Box (en competencia oficial) y de Tokyo Sonata, la nueva película del gran Kiyoshi Kurosawa, que viene de ganar un premio en Cannes y que, puede anticiparse, será parte de la competencia oficial del festival de Mar del Plata. Pero es también de lo que trata L’heure d’été, gema del francés Olivier Assayas que aquí se vio en Zabaltegui, y Maman est chez le coiffeur, film canadiense en competencia oficial.

Dirigida por la experimentada realizadora Léa Pool, Maman... transcurre a mediados de los años ’60 y reconstruye una circunstancia vivida en la infancia por su guionista. Ya en la perfecta alegría familiar y vecinal que presentan las primeras escenas (y que recuerdan al pueblito de Terciopelo azul, donde todos sonreían y se saludaban mucho), cualquiera adivina que eso no podrá seguir así mucho tiempo más. A nadie extraña que la hija mayor (desde cuyo punto de vista está narrada la historia) descubra ciertas charlas demasiado cariñosas de papá con un desconocido, que mamá haga las valijas y abandone el hogar y que el hermano menor, el más apegado a ella, esté a punto de prenderle fuego la casa o de colgarse en algún placard. Bañada por una luz de vacaciones muy parecida a la de la película de Kore-eda, la diferencia (no sólo entre ambas, sino entre los modelos éticos y hasta estéticos que ambas representan) es que el autor de Aruitemo... jamás se permitiría estructurar la narración calculando, como lo hace Pool, cuáles son los botones dramáticos que hay que apretar para que el espectador sufra, se ría o se identifique con lo que está viendo. Ojo: eso no quiere decir que Maman... sea una mala película. Pero sí una hecha para producir efectos, y se supone que el arte del relato debería ser otra cosa.

No mucho arte exhiben en su relato las otras dos películas vistas por estos días, sobre el final de la competencia. En el caso de Laila’s Birthday, dirigida por el palestino Rashid Masharawi (nacido y criado en un campo de refugiados), porque la intención de abordar todos los problemas de su pueblo, desde los más pequeños a los más grandes, queda demasiado expuesta por el dispositivo narrativo elegido. Este tiene como soporte a un taxista sobre quien, a lo largo de un día, lloverán las lacras políticas, jurídicas, sociales y relacionales que agobian a Palestina, como si el tipo fuera un pararrayos que las absorbe todas. Un pararrayos demasiado evidente. En el caso de la española Camino, su baja calidad artística confirma al madrileño Javier Fesser pasando, en el curso de una década, de la anarquía visual alla Tex Avery de su ópera prima, El milagro de P. Tinto, a esta encarnación del orden represivo que rige cierto cine hispano. Una típica “película de enfermedad terminal” + una no menos típica de iniciación amorosa adolescente + burlas fáciles sobre el siniestro chupacirismo del Opus Dei + escapadas imaginarias à la Amelie dan por resultado una de esas películas que parecen hechas para darle la razón al catalán Albert Serra, realizador de Honor de cavallería, que la otra noche afirmó en público, sin medias tintas, que “el cine español es una mierda”. No es que uno suscriba al pie de la letra tan temeraria lapidación, claro. Pero algunas películas dejan pensando.

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De modo casi imperceptible, en el film de Kore-eda la aparente calma familiar da lugar a fracturas.
 
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