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Viernes, 3 de julio de 2009

CINE › EL PRECIO DE LA LIBERTAD, DE BILLE AUGUST, SOBRE NELSON MANDELA

Un carcelero racista quiere ser tu amigo

 Por Luciano Monteagudo

5

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

(Goodbye Bafana, Gran Bretaña, 2007)

Dirección: Bille August.
Guión: Greg Latter y Bille August.
Fotografía: Robert Fraisse.
Música: Dario Marianelli.
Intérpretes: Dennis Haysbert, Diane Kruger, Joseph Fiennes.

Allá lejos y hace tiempo, el director danés Bille August supo ser un realizador de prestigio, señalado por el mismísimo Ingmar Bergman como su probable sucesor (al punto que le dejó filmar alguno de sus guiones) y uno de los pocos incluso en haber alcanzado el raro privilegio de ganar dos veces la codiciada Palma de Oro del Festival de Ca-nnes, primero por Pelle el conquistador (1987) y luego por Con las mejores intenciones (1992), esta última con libro del maestro sueco.

Pero August no había acabado de consagrarse cuando empezó a hacer insulsas coproducciones internacionales que no se estrenaban en ningún lado (Smila’s Sense of Snow), trabajos por encargo para la televisión made in Hollywood (Las aventuras del joven Indiana Jones) o directamente papelones de proporciones, como su adaptación de La casa de los espíritus, sobre la novela de Isabel Allende. No es el extremo, sin embargo, de El precio de la libertad, una película tan acartonada como anodina, que parece haber sido concebida para el horario central de la TV por cable.

Basada en la autobiografía de James Gregory, que durante veinte años fue el carcelero que custodió a Nelson Mandela en su interminable cautiverio en Robben Island, El precio de la libertad adscribe a todos y cada uno de los clichés que se pueden esperar de su tema. No hace falta conocer previamente la historia para suponer que ese blanco racista, enviado por la política del apartheid sudafricano para espiar a Mandela por haber aprendido en su infancia la lengua xhosa, terminará sintiendo no sólo respeto, sino también admiración y orgullo por el líder del Congreso Nacional Africano, de quien hacia el final se considerará incluso su amigo.

En los papeles, no podría haber una película más políticamente correcta: la historia de una amistad que desafía tanto los gruesos barrotes de la cárcel como los aún más pesados muros del colonialismo y el prejuicio racial. Un poco más profundo, observadores internacionales han señalado que la biografía de Gregory nunca fue avalada por el propio Mandela, con lo cual su autor puede haber ofrecido de sí mismo una pintura mucho más benigna que lo que se puede suponer de un esbirro de uno de los regímenes más represivos del siglo XX.

Otros comentaristas especializados en el tema han señalado también que la película podría leerse como una apología de la controvertida Truth and Reconciliation Comi-ssion. Gracias a esta Comisión de la Verdad y la Reconciliación, una importante cantidad de acusados de violaciones a los derechos humanos gozaron de una amnistía oficial, esquivando el rigor de la Justicia, tal como sucedió con los asesinos del líder negro Steve Biko, muerto bajo custodia policial, un episodio que recordaba el film Grito de libertad (1987), con Denzel Washington como Biko.

Aquí Mandela es Dennis Haysbert (el jardinero de la excepcional Lejos del paraíso, de Todd Haynes) y su carcelero, Joseph Fiennes. Ninguno de los dos tiene la oportunidad de mostrar nada distinto de lo más elemental que una película tan académica como la de August espera de ellos.

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Dennis Haysbert y Joseph Fiennes, dialéctica del preso y el guardián.
 
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