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Viernes, 30 de octubre de 2009

CINE › EL ARBOL DE LIMA, DEL ISRAELI ERAN RIKLIS

Una frontera con gusto bien ácido

El director de La novia siria vuelve a utilizar una situación cotidiana para aludir al conflicto en Medio Oriente, pero aquí se nota aún más la pesada mochila alegórica que carga el relato, donde a pesar del título local los protagonistas son los limones.

 Por Luciano Monteagudo

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EL ARBOL DE LIMA

Dirección: Eran Riklis.
Guión: Suha Arraf y Eran Riklis.
Fotografía: Rainer Klausmann.
Música: Habib Shadah.
Edición: Tova Asher.
Diseño de producción: Miguel Markin.
Intérpretes: Hiam Abass, Doron Tavory, Ali Suliman, Rona Lipaz-Michael, Tarik Kopty, Amos Lavie, Amnon Wolf.

(Etz Limon, Israel/Alemania/Francia, 2008.)

“No se alcanzan objetivos si antes no se fijan límites”, pronuncia el férreo ministro de Defensa israelí de cara a la opinión pública, frente a las cámaras de televisión. Y así como quiere definir límites en la agenda de seguridad nacional, también parece que los determina en su propia casa. Sucede que el ministro –significativamente llamado Israel de primer nombre– acaba de mudarse con su señora esposa a una flamante residencia justo en la línea divisoria con Cisjordania. Tan fronteriza es la ubicación, que su jardín termina justo allí donde comienza el campo de limoneros de Salma, una viuda palestina que ha heredado de su venerado padre esa tierra y esos árboles, su único medio de subsistencia. Los servicios de seguridad no tardarán en considerar la finca de Salma una amenaza para el ministro y en enviarle a la viuda una notificación de que le será confiscada por una “necesidad militar inmediata”. No hace falta haber avanzado demasiado en el metraje de El árbol de lima –título local erróneo si los hay: los únicos frutos que hay por allí son limones y no hay un único árbol sino muchos– para intuir que Salma no se dejará avasallar así como así.

En su película anterior, La novia siria, el director israelí Eran Riklis, siempre con la colaboración de la guionista palestina Suha Arraf, también utilizaba una situación cotidiana para aludir al conflicto en Medio Oriente. Aquí repite la fórmula, pero se nota aún más la pesada mochila alegórica que carga el relato, donde cada uno de los personajes parece existir solamente en función de las ideas y estereotipos que representan. La viuda Salma (Hiam Abass) encarna la dignidad y el espíritu de resistencia de las mujeres palestinas, sometidas no sólo por el invasor israelí sino también por una atávica cultura patriarcal. Su joven abogado (Ali Suliman), con quien se anima a vivir un tímido, secreto romance, la ayudará a litigar judicialmente contra el Estado de Israel, primero frente a un Tribunal Militar y luego ante la Corte Suprema, pero no dudará en aprovechar esa circunstancia para sacar réditos personales y políticos.

Del otro lado de la cerca, las cosas no son muy distintas, o al menos eso es lo que quiere hacer ver la película. Al fin y al cabo, la mujer del ministro (Rona Lipaz-Michael) podrá lucir más moderna y mundana que su vecina, pero no deja de ser también una víctima del machismo de su propia cultura, en la que su marido impone las reglas del juego, tanto en el terreno militar como en el sexual, al punto de que se sugiere que el ministro (Doron Tavory) tiene un affaire con su sensual asistente de campo, enfundada en un ceñido uniforme.

Plena de subtramas que aluden al “costado humano” del conflicto político, de Salma se sabe que tiene un hijo que intenta labrarse un futuro como integrante de la clase prestadora de servicios en los Estados Unidos, no muy lejos de donde la hija de su próspera vecina avanza en sus estudios universitarios. También hay tiempo para notar que el abogado dejó una hija en Moscú, de su exilio soviético, y que los amigos del marido de Salma no piensan permitir que la mujer, que sigue siendo joven y bella, deshonre la memoria del difunto.

Los momentos de mayor dramatismo deberían ser aquellos en los cuales Salma se enfrenta con el aparato burocrático y judicial israelí, pero el convencionalismo de la puesta en escena –por ejemplo, un lento travelling alrededor de su rostro crispado por la injusticia, por el cual resbalan unas lágrimas mudas– hace que la película recuerde la retórica de un cine que ya se creía superado. “Los finales felices sólo existen en el cine norteamericano”, dice el abogado palestino, cuando sale del estrado donde se dirime la suerte de los limoneros de Salma. Es verdad que no hay happy end posible para ella, pero la película de Eran Riklis tampoco se atreve a ir más allá de sus propios límites, que son tan marcados como el muro que se eleva en esa tierra partida en dos.

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Los palestinos ven con asombro cómo se levanta un muro frente a ellos.
 
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