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Martes, 14 de febrero de 2006

CINE › “EL CUSTODIO”, DE RODRIGO MORENO, SE PRESENTO EN LA BERLINALE

Las largas jornadas de una sombra

La película argentina, protagonizada por Julio Chávez, tuvo su bautismo de fuego en la competencia oficial.

Por Luciano Monteagudo
Desde Berlín


En la soledad de su departamento –estrecho, asfixiante–, el hombre se prepara para un día de trabajo: se afeita, se peina, se pone una camisa limpia. No sólo eso: también se calza minuciosamente un pesado chaleco antibalas y carga en la sobaquera una pistola nueve milímetros, recién aceitada. Es un custodio. Sus jornadas –largas, silenciosas, monótonas– transcurren siempre en los márgenes, como si no existiera. El es quien le abre al ministro las puertas –del auto, del ascensor, del baño–, pero aquel que siempre se queda afuera: en un pasillo, en una antesala, en la calle, en una playa de estacionamiento. El custodio está acostumbrado a esperar, a callar, a ser apenas una sombra. Pareciera que siempre lo fue, pero ¿hasta cuándo? Esa es la tensión que construye plano a plano, con un rigor espartano, El custodio, la película de Rodrigo Moreno que ayer tuvo aquí su bautismo de fuego en la competencia oficial de la Berlinale.

Saludada con un sólido aplauso en la función matutina para la prensa y exhibida por la noche a sala llena en el inmenso Berlinale Palast, El custodio aspira a uno de los premios del jurado oficial (todavía están frescos en la memoria del festival el premio Alfred Bauer para La ciénaga, de Lucrecia Martel y el Oso de Plata para El abrazo partido, de Daniel Burman) o de los jurados paralelos, como el de la crítica y el de óperas primas, una novedad en esta 56 edición del festival. Es verdad que en la trayectoria de Moreno (Buenos Aires, 1972) figuran otros títulos previos, como El descanso y Mala época, pero fueron trabajos en colaboración y ésta es su primera película como solista.

Precisamente eso llamó la atención aquí en Berlín: un film pequeño, austero, pero con un grado de control y precisión infrecuente para un director debutante. Todo en El custodio tiene el punto de vista de su protagonista, interpretado por Julio Chávez, con un ascetismo ejemplar. Todo lo que el espectador ve es lo que ve el custodio, o apenas eso: un recorte de la realidad a través del parabrisas del auto o del reflejo opaco de unos vidrios polarizados. “El custodio nació como una idea para una película y nunca como un guión, tal como se lo concibe habitualmente: durante mucho tiempo trabajé con un tratamiento de apenas 15 páginas”, reconoció Moreno en la conferencia de prensa que siguió a la primera proyección, cuando le preguntaron precisamente por el premio al guión que obtuvo en el Sundance Institute y que le permitió, entre otras ayudas internacionales, concretar el film. “Después llegué a un guión de 90 páginas, pero durante el rodaje no lo usé, trabajé con una serie de dibujos: aprendí a descreer un poco del guión, de la trama; me di cuenta de que tenía que filmar una película, no un guión.”

De manera muy sesgada, sin enunciarla jamás, El custodio puede permitir una lectura social y hasta política, pero ante la insistencia de la prensa europea, siempre tan pendiente de poner allí el acento cuando se trata de cine latinoamericano, Moreno se puso a la defensiva: “Yo diría que la escenografía de la película es la política y con eso me parece suficiente”, dijo en referencia a que el custodio es la sombra de un ministro y vive en su intimidad, en la cocina del poder. Y sufre sus humillaciones.

Con respecto a Chávez, Moreno contó que “lo que entendió Julio es la postura, el comportamiento de un custodio. Yo le mostré los videos que había filmado con custodios de verdad, los custodios de un ministro al que acompañé en un auto, y él se preparó con un experto en armas, para familiarizarse con sus herramientas de trabajo. Pero la consigna que encontró para el personaje, cuando yo gritaba acción y la cámara empezaba a rodar era: “No tengo que molestar, no tengo que molestar...”

Esa opacidad de El custodio, esa soledad esencial que acompaña a su protagonista son también características de Der Freie Wille (El libre albedrío), del alemán Matthias Glassner, que ayer compartió la jornada conel film de Moreno. El mar también está en cada una de las escenas finales, determinantes de ambos films, pero allí acaban las coincidencias. “La película trata temas que podrían considerarse monstruosos o anormales”, reconoció Glassner sobre su película, que narra la terrible lucha interior de un hombre consigo mismo: convicto por tres violaciones acompañadas de violencia extrema, Theo (Jürgen Vogel) consigue la libertad condicional y trata de rehacer su vida con Nettie (Sabine Timotheo), pero un demonio interior, un Mal absoluto lo va persiguiendo implacablemente, como si su condena la hubiera escrito Dostoievski.

Segundo de los cuatro films alemanes en competencia (el primero fue Las partículas elementales, una insostenible versión de la novela de Michel Houellebecq producida por Bernd Eichinger, el mismo de La caída), Der Freie Wille es un film sobre el terror de la soledad, de un romanticismo oscuro, puro Sturm und Drang: habla de un malestar que no proviene de la sociedad, sino que es pura tormenta y arrebato interior.

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El custodio cosechó aplausos del público y de la crítica, en el Festival de Berlín.
 
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