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Martes, 14 de febrero de 2006

PLASTICA › EXPERIENCIA EN EL MUSEO DE ARTE CONTEMPORANEO DE ROSARIO

Una colección de muchas lecturas

El Museo de Arte Contemporáneo de Rosario abre el juego a curadores externos con el propósito de reflexionar sobre su colección y sobre los vínculos de ésta con la comunidad.

Por Pablo Montini *
Desde Rosario


Desde hace algún tiempo, historiadores del arte, críticos y analistas culturales del Primer Mundo vienen reflexionando sobre la proliferación de museos de arte contemporáneo y remarcan negativamente cómo en estos nuevos espacios primero se dispone la infraestructura museológica y sólo después se crea la colección que da contenido. Que lo primero no sea la colección sino el deslumbrante edificio, según estos críticos, genera envoltorios desalmados en los que sólo se refuerza la espectacularidad. Llamativamente, quizá por falta de presupuesto o por habilidosas gestiones, este no parece haber sido el caso del primer museo de arte contemporáneo de nuestro país, creado a partir de la conformación de una colección en constante crecimiento.

El trabajo de análisis, selección y ordenamiento continuo y cambiante de la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro) a lo largo de su corta historia ha permitido dotarla de identidad, exaltando sus diferencias. El equipo curatorial del museo encabezado por Roberto Echen trabaja además en la validación de la flamante colección y procura alentar la reconciliación entre arte nuevo y público, dos instancias disociadas en la actualidad. El primer paso dado en este sentido fue la edición de un catálogo que permitió dar cuenta de su magnitud y sentó las bases para posibles proyectos curatoriales. El segundo, fue su constante exhibición. No sólo en su propia sede y en la de su progenitor –el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino–, sino también en distintos ámbitos de la ciudad, para otorgarle una nueva visibilidad en la búsqueda de divulgación y aceptación.

Sin embargo, fue el Museo Castagnino, con su marcada identidad en el campo cultural rosarino, quien se encargó de legitimar, a través del cruce simbólico entre aquellas piezas de artistas rosarinos de fama nacional e internacional, como Antonio Berni y Lucio Fontana, la obra de los artistas contemporáneos de trayectoria nacional y las producciones de los emergentes de la década del 90 presentes en el Macro.

Desde su inauguración, esta colección se ha fundido en una noción de proyecto para ensayar distintos modos de exhibición, conservación, investigación y curatoriales. Si bien en un principio se destacaron sus aspectos formales en una apuesta a la contemplación (muchas veces desligada de la información necesaria), más adelante se dio un giro hacia la búsqueda de la ruptura con las individualidades estéticas. En tal sentido, en julio de 2005 se realizó, curada por el autor de este artículo, la muestra “Julio Macro: símbolos, héroes e historia nacional en la representación contemporánea”, en donde se ponía a debatir las colecciones del Macro y del Museo Histórico Provincial de Rosario Dr. Julio Marc, no sólo tensándolas entre lo actual y lo histórico, sino también confrontando dos instituciones con matrices ideológicas bien diferenciadas. La exhibición intentaba dar respuestas sobre el significado y el uso que pueden tener hoy en el arte los valores simbólicos que se propusieron dar vida a nuestra identidad nacional.

Ahora, y con motivo de su primer aniversario, la exploración de la colección del Macro ha sido enmarcada en el programa “Curadores Externos” que pretende establecer nuevas y variadas lecturas sobre el arte argentino contemporáneo. La invitada “N°1” es la historiadora del arte e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, Viviana Usubiaga, quien precisamente proyectó posibles miradas sobre la colección enlazándola con la institución museal.

A partir de tres núcleos conceptuales, Usubiaga mostró los mecanismos y dispositivos que genera y adquiere esta colección dentro del arte contemporáneo nacional. En el primer núcleo, titulado “Arte y Capital”, propuso reflexionar sobre la dispar relación entre el valor de uso y de cambio de las obras de arte contemporáneas en la sociedad de consumo y el rol central que adquiere el museo en la construcción del capital simbólico. La elección de Seguridad, obra de Horacio Abram Luján, con sus cheques de curso legal firmados en blanco a nombre de un museo, parece contar la historia del Macro. Le ha servido a la curadora para argumentar sobre el intercambio de valores entre museo y artista, poniendo en evidencia, junto a las otras obras seleccionadas de Martín Di Girolamo, Marta Minujín, Daniel Ontiveros y Tamara Stuby y Esteban Alvarez, cómo una colección contiene, genera y exhibe capital simbólico y, por qué no, económico.

Dentro del segundo núcleo conceptual, Usubiaga no ha podido deslindar su labor como historiadora. En “Estado de Malestar” se sirve de las obras de la colección como documentos “vivos” de nuestra reciente historia nacional tratando de relatar la caída de la posibilidad de un Estado de Bienestar en los años noventa. La cambiante historia del peronismo es simbolizada, a través de la construcción y destrucción del Albergue Warnes, con la obra del Grupo Escombros El Gran Sueño Argentino y los múltiples aportes de la siempre recordada Liliana Maresca (sus elocuentes palabras, junto a un collage de su autoría, se escuchan en la sala gracias a la proyección de fragmentos de un video realizado por Adriana Miranda). Los cambios operados en el país, transformaciones políticas y sociales, se enlazan rápidamente con la serie documental de Sara Facio Los funerales de Perón y la fotografía coloreada de Marcos López titulada Perón y Evita, aunque se torna evidente la dramática situación de los últimos años con Manifestación de Leonel Luna.

En el núcleo “Poéticas”, los planteos anteriores se rompen demostrando que en esta colección también se activan las imágenes poéticas y los poemas visuales. Quizá resaltando en todo este núcleo la tan mentada relación entre coleccionismo y literatura ha dispuesto los collages de Adolfo Nigro, donde el artista interpreta el poemario de César Bandin Ron, y las monocopias de Hugo Padeletti, gran coleccionista de imágenes y palabras. Piezas de Mauro Machado, próximas a versos de Arturo Carrera, y clipspoéticos de Ivana Martínez Vollaro, tampoco descartan la azarosa relación entre las artes visuales y la poesía, en la que La caja tipográfica para realizar una poesía visual de Edgardo Vigo adquiere su verdadera dimensión.

Finalmente, la curadora incorporó a cada núcleo una obra invitada para que pueda dialogar con el resto de las piezas de la colección respondiendo a esa característica de lo inacabable en potencia, propia de las colecciones y de ésta en particular, ya que permanentemente se trabaja en la selección y obtención de nuevas obras.

El equipo curatorial del Macro parece haber comprendido la importancia que hoy adquiere esta colección en una Argentina donde el arte contemporáneo se desarrolla en medio del más frío desinterés social y estatal. Para ellos, la identidad de un museo se funde no sólo en su imagen sino también en su colección y en las exposiciones que lleva cabo. Así es como, a partir de distintos proyectos curatoriales, procuran generar espacios para la exhibición de diversos ejes de análisis estéticos, temáticos e históricos como los ensayados exitosamente en estas tres muestras.

(“Curadores Externos N° 1”, en el Macro de Rosario, Bv. Oroño y el río Paraná, hasta fines de febrero.)


* Historiador, investigador del Museo Histórico Provincial de Rosario Dr. Julio Marc.

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Nicole, escultura de Martín Di Girolamo (sección “Arte y Capital”).
Imagen: Daniel Trama
 
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