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Martes, 12 de octubre de 2010

CINE › ADRIáN BINIEZ Y EL ESTRENO LOCAL DE SU óPERA PRIMA GIGANTE

“En un punto, toda relación es un enigma para resolver”

Para el director, todo comenzó con los Sábados de superacción: de formación autodidacta, decidió probar suerte en Uruguay donde una idea de sólo una línea terminó disparando una película que fue celebrada en festivales de todo el mundo.

 Por Oscar Ranzani

El cineasta argentino Adrián Biniez hizo el camino inverso al de muchos colegas uruguayos: en 2004 cruzó el charco y decidió iniciar su carrera cinematográfica en el país vecino. Y no quiere moverse de allí. Su interés por el cine fue prematuro: con tan solo ocho años, se sentaba frente al televisor a mirar Sábados de superacción y ya soñaba con ser director de cine. A los doce comenzó a garabatear posibles guiones. Y ya entrado en la adolescencia amplió su cinefilia prestando atención a films más profundos. Como Biniez no vivía en la ciudad de Buenos Aires sino en la localidad de Remedios de Escalada, recuerda que ir a la Sala Lugones o al Cine Club Núcleo era una verdadera odisea, ya que tenía que viajar más de una hora y media, lo cual implicaba también un gran presupuesto. Pero en esos años descubrió una señal televisiva pirata de Lomas de Zamora, cuyos programadores tenían la particularidad de alquilar películas de estrenos en un videoclub para emitirlas por televisión. “El desprecio, de Jean-Luc Godard, lo vi una vez a los doce de la noche en ese canal de Lomas”, recuerda Biniez. Y agrega: “Eso en la televisión argentina no lo ves nunca”. Luego, Biniez formó la banda de música Reverb, con la que iba seguido a tocar a Montevideo. En ese ir y venir durante cinco años conoció amigos y también el amor. Fue así como decidió radicarse definitivamente en Uruguay y comenzar su carrera cinematográfica allí. Su ópera prima, Gigante, luego de realizar un periplo exitoso por distintos festivales del mundo, entre ellos la edición 2009 de La Berlinale –donde obtuvo el Oso de Plata por el Gran Premio del Jurado, la distinción a la Mejor Opera Prima y el Premio Alfred Bauer–, se estrenará este jueves en la cartelera porteña.

“Yo siempre quise hacer cine pero nunca estudié. Me formé como cinéfilo. Y a los 27 años pensé que en Argentina nunca iba a poder lograrlo”, admite Biniez, en diálogo telefónico desde Montevideo. Pero en una de las ocasiones en que fue con su banda a tocar a Uruguay conoció a Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, directores de las elogiadas 25 Watts y Whisky. En la charla descubrieron que compartían gustos musicales y cinematográficos. El cineasta argentino se fue a vivir a Uruguay en 2004, el mismo año del estreno del último largometraje de la dupla uruguaya. Rebella y Stoll estaban en el proceso de preproducción de la serie El fin del mundo, de trece capítulos. “Como justo salió toda la movida de Whisky y tenían que hacer un montón de cosas, e ir de un lado para el otro, no podían seguir escribiendo. Me propusieron si quería escribir con Inés Bortagaray. Y esa fue la primera vez que escribí un guión”, recuerda Biniez. Ese mismo año escribió el guión de Gigante.

La ópera prima de Biniez tiene una historia tan escueta desde lo argumental como intensa desde su modalidad narrativa. Fabián Jara (Horacio Camandule) es un hombre corpulento, de aspecto amenazante, podría decirse, que pasa sus noches como guardia de seguridad de un supermercado. Su tarea consiste en observar, a través de distintos monitores que reflejan las imágenes de las cámaras de circuito cerrado, el comportamiento de los empleados de limpieza. Pero Jara tiene un deseo que nació de lo virtual pero que quiere transformar en real, aunque no se anima. A través de uno los monitores ve a Julia (Leonor Svarcas), una de las empleadas de limpieza. Y su sola presencia ante la imagen es suficiente para que Jara se enganche sentimentalmente. Desde ese momento, Jara no trabaja como corresponde sino que construye su propio relato con las imágenes viendo lo que sucede con Julia: desde sus rutinas más cotidianas hasta cuando un supervisor amaga con echarla si vuelve a cometer un error. Hasta que Jara decide salir de la virtualidad y entrar en el mundo real. De esa manera, comienza a seguir a Julia por las calles, sin que ella se dé cuenta, casi como un acompañamiento fantasmal. En medio de ese deambular, el director se las ingenia para introducir el humor en una comedia que el propio Biniez define como “romántica”.

–¿Cómo nació la idea de la película?

–Yo anotaba las ideas que se me ocurrían. Y tenía una línea que decía: “Guardia de seguridad se enamora de empleada de limpieza en un supermercado. Trabaja en horario nocturno y maneja las cámaras de seguridad”. Dije: “Vamos a agarrar esto y vamos a darle derecho, y mantenernos en esta línea”. Y la película no es más que eso.

–¿Por qué señaló que Gigante es una subversión del modelo clásico de la comedia romántica?

–Creo que eso que escribí es muy ampuloso y exagerado. Lo escribí más que nada para presentar ante un fondo. Yo siempre la pensé como una comedia romántica. Pero no es una comedia romántica canónica ni de matrimonio a lo yanqui. Más que nada me interesaba que fuera una historia romántica no de pareja, sino de alguien enamorándose antes de tener el primer contacto con otra persona. Mejor dicho, todo esto es una teorización que hice en la película después de haber escrito el guión.

–¿Hay amor real en la obsesión?

–Yo creo que en todo amor hay un poco de obsesión, pero puede haber obsesiones que no tengan nada erótico ni amoroso. Lo que pasa es que uno, a veces, toma el término “obsesión” y suena medio patológico, socialmente complejo. Pero el amor es como una fijación con la otra persona que está todo el tiempo en su cabeza. Y según las personas o las relaciones se vuelven menos comunes.

–¿Planteó el amor como un enigma a resolver o cree que siempre es así?

–En algún punto, todas las relaciones son un enigma a resolver. Hay parejas que llevan años y no terminan nunca de descubrirse. Pero más allá de eso, en la película yo quería que el espectador no supiera más de Julia que lo que sabe Jara, el protagonista. Es decir, que ella fuera una cosa enigmática. Hasta diría fantasmal.

–¿Jara ve en Julia la posibilidad de adquirir un sentido para su propia vida?

–Por lo que sabemos y vemos de Jara, puede ser que sí. En el aspecto amoroso, le da un sentido a su vida que no tenía. La película se basa en un solo aspecto del personaje y en un momento único: aquel en el que él se enamora de ella, se obsesiona, se vuelve un voyeur y la empieza a seguir. Pero a mí siempre me gusta pensar que mis personajes son más grandes que la película misma. Nosotros focalizamos en solo un aspecto de Jara, pero él tiene otro tipo de vida que quizá no la vemos, porque no nos interesa. Sí creo que el enamorarse de ella le da un sentido a una parte de su vida. Pero no creo que sea el único sentido que busque en la vida.

–¿Por qué Jara no se atreve a confesarle su amor a Julia y arma toda esa puesta en escena?

–Eso es más por su timidez, el miedo que tiene al contacto con el sexo femenino. Aunque es una especie de Frankenstein construido con ficción, con lo que he visto y con ciertos comportamientos de amigos, la película y el personaje forman una historia romántica masculina. Y con esta especie de timidez que le sucede. En algunos momentos de mi vida, diez años atrás o cuando era más joven, a mí también me costaba acercarme a las mujeres que me gustaban, no al nivel de Jara que está exagerado por efectos dramáticos. Jara es un tipo de hombre que existe y quizá no es tan visible. Uno tiene más la visión del hombre que va, piropea a la mina, y que no le importa nada. Pero es otro tipo de manifestación masculina.

–¿Cuánto tiene de niño este hombre?

–Tiene bastante. Pero yo también: por momentos, solo en mi casa, hago boludeces que son bastantes infantiloides. A su vez, tengo una actitud muy adulta en otros aspectos. Pero me gustaba ponerle un poco de eso. También incidió mucho en la película el actor Horacio Camandule. El guión original lo había pensado para que el protagonista fuera un amigo mío, del cual tomé el nombre para el personaje: Fabián Jara. Simplemente por el físico, ya que tiene otro tipo de personalidad. Pero él no es actor y pensé que podía actuar. Pero después, como vimos que no encaraba mucho actuando, empezamos el casting. Y cuando vimos a Horacio, apareció esta cosa aniñada que tiene su cara. Igual todos los aspectos infantiles ya estaban en el guión. Pero al corporizarse en el físico de Horacio, se hicieron mucho más fuertes y patentes.

–Si bien tiene pocos diálogos, ¿le resultaba importante incorporar el humor en la historia?

–Sí, el humor estaba desde el principio. Me gusta escribir con humor y me parece que cuando las películas tienen humor, más allá de que sean comedias o no, son más complejas. El humor le da más relieve que si fueran películas solemnes. Cuando las películas son muy solemnes, se vuelven muy reduccionistas con la historia misma y con una forma de narrar o de ver el mundo. Y con el humor tenés otro tipo de lectura. Y Horacio aportó un montón, sumado al físico que tiene. Y en cuanto a los diálogos, la película tiene pocos porque también hay muchas situaciones en las que él está solo mirando por una cámara, o está a una gran distancia de ella. La mayoría de las situaciones son así. No es que me haya planteado desde el principio hacer una película con pocos diálogos.

–Si bien tiene humor, no suena grotesco.

–No quería que sonara grotesco, aunque tiene diferentes tipos de humor: muy sutil y muy chiquito por momentos. Algunos gags son más visuales, pero experimenté con diferentes aspectos de humor a ver hasta dónde salían y hasta dónde llegaba.

–Una vez definió a la historia de Gigante como una especie de espiral, donde todo está tranquilo y se va arrastrando hacia la complejidad. ¿Esto tiene que ver con que Jara hace difíciles cosas que podrían ser más fáciles?

–Sí, es así exactamente. Es eso.

–¿Y cree que es posible construir un amor verdadero a partir del amor virtual, algo que está muy de moda en estos tiempos?

–Se puede construir en cuanto el amor virtual sólo sea un medio para conocerse. Pero después, si no se llega al paso siguiente como el verse cara a cara, no existe nada. Se pueden generar nuevas costumbres con la tecnología, donde haya amor a distancia que no se concrete físicamente. Aunque a mí no me gusta para nada.

–¿De qué características de la cultura y las costumbres uruguayas está impregnada esta historia?

–De lo único uruguayo de lo que está impregnada es de la forma en que hablan los personajes: los uruguayismos en cuanto al tono de voz, las palabras que se usan. No fue buscado por mí sino que como yo vivo en Uruguay, empecé a hablar así y todos los actores hablan de la misma manera. A veces es muy sutil y no se nota mucho. En otros países en donde no se habla castellano, no sabían si la película era argentina o uruguaya.

–¿Se propuso también mostrar la humanidad que hay detrás de las cámaras de seguridad?

–Sí, me interesaba mucho también pensar que la ética de las cámaras siempre corresponde al que está mirando atrás. Entonces, quería señalar otros tipos de mostrar la cámara como, por ejemplo, mostrar quién es el que está mirando.

–Más allá de la historia de amor, ¿buscó describir el ambiente opresivo y claustrofóbico que significa un supermercado para las personas que trabajan allí?

–Cuando vivía en Buenos Aires trabajé un tiempo en un supermercado, aunque no como guardia de seguridad. Y recuerdo que me fascinaba cómo está armado un supermercado. Tiene la parte del salón donde están los productos que es completamente luminosa, y está todo ordenadito. Y después, está la parte de la trastienda que está hecha bolsa, y todo es más oscuro. Y ese contraste es atrapante visualmente.

Gigante ganó el Oso de Plata por el Gran Premio del Jurado de Berlín.

El mundo de la música

El pasado musical de Adrian Biniez se remonta al año 1990 cuando empezó a tocar con amigos. Primero formó el grupo Tío Roma y luego fue el líder y cantante de Reverb. “Con Reverb tocamos más o menos siete años. Siempre fue todo muy under. Ensayábamos todos los días y tocábamos más de una vez por mes”, recuerda Biniez, quien reconoce que como siempre hay muchas bandas en Argentina, “fue muy difícil”. Biniez define a Reverb como un grupo indie, pospunk. Cuando se fue a vivir a Uruguay, comenzó a cantar en la banda Federico Deutsch, que “es más indie electrónico”, grupo en el que sigue actualmente y con el que editó dos discos en Uruguay. “Me gusta la música experimental y psicodélica”, confiesa Biniez.

El karma de colgar los botines

Con respecto a su próximo proyecto cinematográfico, Biniez comenta que se titulará El 5 de Talleres. “Es sobre un jugador de fútbol, de 35 años y sobre los últimos seis meses de su carrera en un equipo de Primera C”, sostiene Biniez, quien agrega que el film describe “todo el proceso personal y con su mujer, acerca de lo que tengan que hacer cuando decida retirarse. Piensan de qué van a vivir. El es una persona que nunca hizo mucha plata. Es bien de un jugador del ascenso, que tiene otra changa además del fútbol”. Biniez la define como una especie de “comedia laboral” y la filmará en Buenos Aires, más específicamente en Remedios de Escalada, su barrio, donde vivió hasta los 29 años, y lugar donde está el club Talleres de Remedios de Escalada. “Aunque es sobre el fútbol, es también sobre una pareja tratando de sobrellevar el mal momento y tirando para el mismo lado para ver cómo se soluciona el asunto”, concluye Biniez.

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“Cuando las películas son muy solemnes, se vuelven muy reduccionistas con la historia y con una forma de narrar o de ver el mundo.”
 
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