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Viernes, 29 de octubre de 2010

CINE › AMERRIKA, OPERA PRIMA DE CHERIEN DABIS, PREMIADA EN CANNES

Cómo cantar “una que sepamos todos”

 Por Horacio Bernades

6

AMERRIKA

(Amreeka, Canadá/Kuwait/EE.UU., 2009)

Dirección y guión: Cherien Dabis.
Intérpretes: Nisreen Faour, Melkar Muallem, Hiam Abass, Alia Shawkat y Yussuf Abu-Warda.

Antes de dar nombre a un temazo de The Pretenders, el término middle of the road se aplicaba, en los años ’60 y ’70, a un espectro musical que tendía a aggiornar la música melódica con toques levemente “roqueros”. Neil Diamond era middle of the road, y también The Carpenters y David Gates, líder del grupo Bread. Hay un cine middle of the road, cada vez más frecuente en festivales y salas de estreno. Esta clase de cine “humaniza” el tratamiento de cuestiones políticas, salpimentándolas con sentimientos, love stories y toques de buen humor. Son películas que abundan en el cine llamado “independiente”, tanto estadounidense como europeo y hasta periférico. La indie Little Miss Sunshine, la reciente London River, la asiática Mil años de oración, la palestina El árbol de lima: todas ellas son middle of the road. A esa serie se suma ahora Amérrika, ópera prima de la realizadora Cherien Dabis, en la que una madre palestina y su hijo dejan los territorios ocupados, llegando a Estados Unidos justo en el momento en que ese país acaba de invadir Irak.

Amable, naïf y bien intencionada: el espíritu de Amérrika sintoniza o busca parecerse al de su protagonista, Muna (Nisreen Faour). Cuando el impasible empleado de aduanas del JFK le pregunta por su ocupación, Muna contesta que sí, que viene de un país ocupado. Tras algunas dudas, la dulce Muna decidió emigrar de Israel, donde el muro recién construido hace sentir cada vez más parias a los suyos. Y donde ella, además, se cruza más de lo que quisiera con su ex, que la dejó por una más joven. Muna parte a “Amérrika” (Amreeka, en el original) junto a su hijo adolescente Fadi (Melkar Muallem), llevando en la valija los pepinos que le dio la abuela para el viaje. Pepinos que madre e hijo deberán consumir a las apuradas en el JFK, si no quieren que los ursos de vigilancia se los confisquen. Lo que Fadi terminará tirando en el aeropuerto es una caja en la que su madre no guardó un dulce casero, como él cree, sino los 2500 dólares que constituyen todos sus ahorros.

Por suerte, en el aeropuerto los esperan la hermana de mamá, Ragdha (Hiam Abass, rostro popular gracias a Munich, a El visitante, a la mencionada El árbol de lima) y su marido médico, que desde hace rato viven, y muy bien, en el estado de Illinois. Aunque desde hace un tiempo los pacientes del marido comenzaron a preferir médicos que no sean de origen árabe. La dificultad de integración a un nuevo medio, las diferencias culturales, el desarraigo del emigrado, el prejuicio antiárabe, la intolerancia, la violencia inherente a la sociedad estadounidense: basándose en experiencias personales (nacida en Nebraska, es hija de un padre médico que debió afrontar una situación parecida), la realizadora y guionista Cherien Dabis “baja” todas esas cuestiones al plano de lo íntimo y cotidiano. Lo cual está muy bien, por cierto: al cine, como a toda clase de forma narrativa, las minúsculas le sientan mejor que las mayúsculas. Llevadera, bien actuada, con una mayoría de rostros anónimos que la beneficia, los problemas de Amérrika pasan por otro lado.

Un problema de fondo de esta ganadora del premio Fipresci en Cannes 2009 es la obsecuencia, esencial al middle of the road, por cantar “una que sepamos todos”. Desde la humillación de los ciudadanos palestinos a manos de los soldados israelíes hasta la ceguera racista del “yanqui medio”, en Amérrika no sucede nada que el espectador no conozca o no haya visto en otras películas. Por otra parte, no todos los diálogos son tan respetuosos de las minúsculas. “Vivimos como prisioneros en nuestro propio país”, dice en un momento la protagonista, y no es la única línea de ese tenor. Otro lastre de Amérrika es el cálculo de efectos que preside temas y escenas, otra constante del middle of the road. En su afán alegórico y ecuménico, el guión de Dabis cruza a Muna con un director de colegio secundario amplio, tolerante, libre de prejuicios, divorciado... y judío. Todo un ejemplo de integración, ella, su parentela y este judío bueno de Illinois terminarán comiendo jawarma y bailando danzas árabes. Por suerte, la película termina antes de que ambos empiecen a salir. Pero podría jurarse que después del último plano de la película eso es lo que va a ocurrir.

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