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Jueves, 21 de julio de 2011

CINE › LA REENCARNACIóN DE LOS MUERTOS, DE GEORGE A. ROMERO

EE.UU. como nación en armas

 Por Horacio Bernades

¿Tienen los muertos vida útil? Para salvar el riesgo de la repetición y el desgaste, George A. Romero –Gran Padre de los muertos cinematográficos, desde que en 1968 les devolvió la vida, en La noche de los muertos vivos– buscó darle a cada una de sus reencarnaciones un ángulo particular, un perfil propio que las conecte con el espíritu de época. En La noche... era la dinámica encierro/ataque, en tiempos de Vietcong. En El amanecer de los muertos (1978), la asociación entre canibalismo zombie y sociedad de consumo, con el shopping como escenario base. En Día de los muertos (1985), la militarización de la era Reagan; en Tierra de los muertos (2005), la división entre ricos y marginados, en formato de cine de aventuras; en Diario de los muertos (2007), el reino de la sociedad-video, lo real como reality show. Sexta excavación del cineasta de Pittsburg en las necrópolis de su invención, La reencarnación de los muertos tiene como motivo central las guerras ancestrales, en un marco que evoca tanto al western como a la concepción de los Estados Unidos como nación en armas.

Hartos tal vez de un repetido menú de gente viva, daría la impresión de que los zombis comienzan a devorar sus propias entrañas. Metafóricamente, al menos. Uno de los personajes centrales de La reencarnación... aparecía en una escena de Diario de los muertos, a la que su creador parece darle ahora un carácter de matriz. De esa matriz, La reencarnación... representaría una primera cría, con dos más en camino (ver página 30). Líder de una patrulla perdida, al sargento Crockett podía vérselo, en la anterior, asaltando la combie en la que viajaban los protagonistas, con la intención de reaprovisionar a sus hombres, armas en mano. Esa misma escena se reitera ahora, a modo de bisagra, en medio del viaje que Crockett y sus subordinados –que incluyen a una soldado lesbiana, apodada “Machona”–hacen hacia una isla, presuntamente libre de zombis.

En el camino se les suma un adolescente huérfano, designado también por su función dentro del grupo (Boy) y el patriarca de un antiguo clan, expulsado de la isla por su equivalente del clan rival, que es como su imagen en espejo. Los dos de ascendencia irlandesa (sus acentos de caricatura hacen sonar a La reencarnación... como escrita por Roddy Doyle), ambos clanes familiares libran una guerra que se remonta hasta la mismísima noche de los tiempos y tiene ahora por excusa las distintas estrategias en el combate a los zombis. Reconoce Romero como fuente de inspiración un western dirigido por William Wyler (The Big Country, 1958, conocido por aquí como Horizontes de grandeza), y al western remite enteramente La reencarnación..., en términos dramáticos e iconográficos. El enfrentamiento entre familias de ganaderos, el odio ancestral, los grandes espacios abiertos, las pasturas, el ganado, ciertas invariantes del género: la hija rebelde, el jovencito inexperto y fanfarrón, el capataz disconforme.

Todo eso aggiornado, claro está (la chica lesbiana, Boy como chico tecno) y confrontado con las hordas de seres pálidos y bamboleantes, que siguen teniendo la mala costumbre de comerse al prójimo. Las primeras escenas son sin duda lo mejor de La reencarnación..., mostrando una vez más la capacidad del realizador para hacer del muerto vivo una tragedia y a la vez una comedia, ambas en versión extrema. Con dolor, un suboficial reflexiona sobre lo que significa dar muerte a uno de los suyos. Suponiéndola contagiada, un hombre ejecuta a una mujer, en presencia de su esposo e hijo. Como en un dibujo de Tex Avery, después de que a un zombi le vuelan la cabeza, la tapa de los sesos queda haciendo equilibrio sobre su cuello, como si fuera un sombrerito.

Tragedia clásica, comedia gore, gore desaforado. En ocasiones, engolosinado. Como esas escenas del final, en las que los zombis disponen de las vísceras de un pobre tipo, interminablemente, en plano detalle. O esa otra en la que a un muerto vivo le saltan los ojos, notorias pelotitas de telgopor: otra vez Tex Avery, pero mal. Lo que La reencarnación de los muertos no termina de armar es un relato orgánico, en el que los personajes sean algo más que entelequias (es llamativo que varios de ellos no tengan nombres sino funciones) y las líneas estén a la altura de las entrelíneas. Da la sensación, y la escena final es como la frutilla en ese postre, de que, a diferencia de las anteriores, que se sostenían por sí mismas, esta última palada romeriaza termina resultando más interesante como metáfora que como película.

6-LA REENCARNACION DE LOS MUERTOS

Survival of the Dead, EE.UU./Canadá, 2009

Dirección y guión: George A. Romero.

Fotografía: Adam Swica.

Intérpretes: Alan Van Sprang, Kenneth Welsh, Kathleen Munroe, Devon Bostick, Richard Fitzpatrick y Athena Karkanis.

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