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Viernes, 16 de septiembre de 2011

CINE › PLATAFORMA DEL OSCAR Y TAMBIéN VIDRIERA DE FILMS RADICALES

Un festival que da para todo

Esta edición del Toronto International Film Festival ha mostrado una enorme variedad de opciones dentro del cine, con una poética en las antípodas de Hollywood. Keyhole, Low Life y Kotoko, estrenadas aquí, son buenos ejemplos de películas extremas.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Toronto

Es tal la amplitud de registro del Toronto International Film Festival que da para todo. Puede funcionar (y de hecho lo hace) como plataforma de lanzamiento ideal para el Oscar, donde ya jugaron sus primeras cartas algunos títulos cantados para la próxima ceremonia –Moneyball, protagonizada por Brad Pitt, y The Descendants, con George Clooney, entre los más notorios– y, al mismo tiempo, servir de vidriera para las películas más radicales, aquellas que no buscan tanto un mercado como un público dispuesto a encontrar un cine de expresión personal, con poéticas en las antípodas de las de Hollywood.

De este tipo de cine, el TIFF ha tenido en esta edición, que concluye mañana, una enorme variedad de opciones, que seguramente se verán reflejadas en el próximo Bafici y también, por qué no, en alguna sección paralela del Festival de Mar del Plata. Baste con señalar a Keyhole, del local Guy Maddin, que pese a tener toda una obra a sus espaldas, sigue siendo el enfant terrible del cine canadiense. El director de La canción más triste del mundo y Brand Upon the Brain, siempre inmerso en mundos oníricos, ha imaginado ahora una nueva Odisea, ambientada en el mundo de los gangsters de los años ’30 y con Ulises (Jason Patric) regresando al hogar ametralladora en mano, para reencontrarse con su Penélope (Isabella Rossellini, actriz incondicional de Maddin). Como siempre en Maddin, el film no sólo es en un virtuoso blanco y negro, matizado con unas pocas pinceladas de color, sino que tiene una sofisticadísima estética visual, inspirada en una variedad de fuentes del cine del pasado, desde las producciones de la época de oro de la Warner hasta los manierismos barrocos de Josef von Sternberg. Pero el ojo de la cerradura al que alude su título remite a su vez a Buñuel, particularmente a su clásico El (1954), un tragaluz infinito por el cual Odiseo, perdido en su paranoia, intenta espiar qué hace su mujer detrás de una puerta que no consigue abrir y de la cual logra extraer, apenas, unas hebras muertas de su cabello.

Otro film presentado en el TIFF que apela a una estilización extrema es el nuevo trabajo de los franceses Nicolas Klotz y Elizabeth Perceval, titulado Low Life, en homenaje al himno del grupo post-punk Public Image Ltd. Conocidos en Buenos Aires no solamente por el foco que les dedicó el Bafici un par de años atrás, sino también por el sorpresivo éxito de público que tuvo el estreno de su película inmediatamente anterior, La cuestión humana, Klotz y Perceval han vuelto a hacer un film eminentemente político, pero no en un sentido literal ni mucho menos panfletario. La Francia que refleja Low Life es la de Sarkozy, la que persigue y expulsa a sus inmigrantes, la que ha militarizado sus calles, la que organiza ra-zzias para desalojar casas tomadas.

Pero, por una vez, esa Francia no es París, sino Lyon, una escenografía menos conocida y más tenebrosa. Y no hay aquí un registro realista sino, por el contrario, una visión atravesada por el alma romántica, por una poesía oscura, por unas circunstancias que solamente parecen cobrar vida de noche. Contra esas fuerzas represivas que despliega el Estado francés (y que Klotz y Perceval vinculan con las deportaciones del tristemente célebre gobierno de Vichy), Low Life organiza su propia resistencia: unas anárquicas brigadas guerrilleras, integradas tanto por jóvenes artistas y poetas como por sans papiers africanos, que apelan a sus ritos vudú para luchar contra la burocracia y la banalidad del mal: unas cenizas aún ardientes sobre una orden de evicción pueden conducir a la muerte a su portador. La magia introduce una dimensión fantástica al discurso político. Y el amor-pasión, como una enfermiza fuerza vital, tampoco podía estar ausente en este film que parece atravesado por la poesía negra de Artaud y por el fatalismo de Rilke.

Si de extremismos se trata, quizá ninguno más desmedido que el de Kotoko, la nueva película del japonés Shinya Tsukamoto. Director de culto en el circuito de festivales internacionales, autor de títulos tan celebrados como Tokyo Fist (1995) y Bullet Ballet (1998), Tsukamoto ha hecho ahora quizá su film más maduro y, a la vez, más radical, que hace menos de una semana le valió el premio mayor de la sección Orizzonti, en la Mostra de Venecia. En apariencia, el film de Tsukamoto no podría ser más simple: el retrato de una mujer joven, madre soltera atravesada por una neurosis grave que le impide hacerse cargo de su pequeño hijo. Pero lo que logra el director japonés, con mínimos recursos, es que todo el film se tiña de la subjetividad de la protagonista, de sus terribles desequilibrios emocionales y hasta de sus fantasías más autodestructivas, que llegan a materializar personajes que no existen en la realidad. El rigor del punto de vista, el sabio uso de la cámara en mano, el trabajo del sonido en función dramática hacen sin duda a la intensidad sin igual de Kotoko, que por momentos parece una Repulsión del siglo XXI, pasada de revoluciones. Pero es sobre todo la protagonista, interpretada por Cocco, una cantante pop muy popular en Japón y que aquí debuta como actriz, quien le da al film una dimensión sobrecogedora, como si no hubiera distancia alguna entre persona y personaje.

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Kotoko, del japonés Shinya Tsukamoto, es de un extremismo desmedido y sobrecogedor.
 
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