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Jueves, 12 de abril de 2012

CINE › GABRIEL MEDINA, ALEJANDRO FADEL Y MAXIMILIANO SCHONFELD, ARGENTINOS EN LA COMPETENCIA INTERNACIONAL

Una siembra que empieza a dar sus frutos

Los directores de las tres películas nacionales en concurso internacional (La araña vampiro, Los salvajes y Germania) provienen del semillero del Bafici, donde presentaron anteriormente sus primeros cortos y largometrajes.

 Por Oscar Ranzani

Además de la Competencia Argentina propiamente dicha, esta nueva edición del Bafici tiene programada, como es habitual, una Competencia Internacional, en la que participan films nacionales. En este caso, son tres, con la particularidad de que los directores ya habían presentado trabajos anteriores en el festival porteño. Gabriel Medina debutó con el largo Los paranoicos en la Competencia Internacional del Bafici 2008, con protagónico de Daniel Hendler. De modo que este regreso con La araña vampiro lo consolida como uno de los nombres del cine joven argentino al que los programadores del Bafici siguen de cerca. Alejandro Fadel, que presenta Los salvajes, conoce este festival casi como la palma de su mano, ya que se mudó de Mendoza a Buenos Aires en 1999, el año de la primera edición, y desde entonces, siempre le prestó atención, primero como espectador y luego como cineasta: en el Bafici 2002 ganó el Premio al Mejor Cortometraje por Felipe, mientras que en la edición 2004 compitió con El amor (Primera parte), correalizada junto a Santiago Mitre, Martín Mauregui y Juan Schnitman. Y completa la tríada Maximiliano Schonfeld, quien había mostrado anteriormente sus cortos Entreluces (Bafici 2007) e Invernario (Bafici 2011). Y ahora debuta en la Competencia Internacional con Germania, su primer largo, que tiene conexiones con sus trabajos anteriores.

Medina cuenta que La araña vampiro nació cuando había ido a un pueblo en el medio de la montaña, al que suele visitar desde muy chico. Caminando por un bosque frondoso, se detuvo a mirar las copas de los árboles y algo del misterio de la naturaleza le provocó un click en su mente. “En ese momento, sentí que esa iba a hacer la próxima película”, comenta el cineasta que trabajó con un método de asociación de ideas a partir de las imágenes, a las que pulió como si se tratara de una escultura. “Y el concepto siempre estuvo centrado en el miedo, en el miedo a la naturaleza. Creo que el hombre le tiene miedo a la naturaleza porque, en realidad, no puede enfrentarse a sí mismo. Entonces, es la naturaleza como una cosa desconocida”, describe sobre su largometraje, que sigue a un pos-adolescente de veinte años, al que lo pica una extraña araña, pero la cura sólo puede concretarse si es picado nuevamente por un insecto de la misma especie.

Según Medina, su película es la historia de un viaje, fue concebida como un viaje y fue filmada como un viaje. “Es el viaje y la aventura. Yo creo que la aventura y el viaje son cosas que nos modifican en la vida. Lo que nos permite evolucionar es la aventura, entendida en todos los aspectos. Uno la asocia a perderse en la selva o la montaña, pero la aventura puede suceder a la vuelta de la esquina”, relata. Medina también comenta que en la historia hay una especie de confrontación entre el mundo urbano y el mundo salvaje. “De hecho, el protagonista siempre fue concebido como un chico virgen que nunca pisó el pasto. Y el padre, porque cree que esa es su cura, lo lleva de viaje a una cabaña perdida en el medio de una montaña, sin ningún tipo de civilización cerca, salvo personajes que viven por ahí perdidos. Entonces, el ochenta por ciento de la película consiste en la relación entre este chico y un guía de montaña que es un exiliado de la ciudad y la civilización que vive en la montaña. Es el enfrentamiento entre una persona que vivió todo, que está más allá, como sobreviviendo, y un adolescente que no vivió absolutamente nada. Y la película es ese choque entre dos mundos”, afirma Medina.

Fadel señala que no hubo “un germen concreto” a la hora de pensar Los salvajes: “Tenía ganas de filmar en un lugar preciso que para mí había sido importante. Tenía una historia bocetada, sabía que la película, en algún punto, iba a contar un viaje y que ese viaje implicaba una peregrinación. Era un viaje de índole religiosa”, subraya el cineasta. Pero no tenía todavía los elementos que iban a constituir el núcleo dramático de la ficción. Sin embargo, a medida que fue escribiendo, Fadel descubrió que quería trabajar con una fuerte impronta personal y con temas clásicos y mitos occidentales. “La película debía tener un costado un poco más moderno, más documental, si se quería. Esa peregrinación, que yo imaginaba que iba a ser constitutiva del film, también tenía que involucrar el proceso de su producción.” Es por eso que decidió trabajar con un grupo de chicos que nunca antes habían actuado. “Entonces, cuando decido trabajar con ellos, ahí se termina de cristalizar la película, que es básicamente el cruce de esos dos mundos: actores con una libertad y un talento extraordinarios, sin experiencia actoral previa, pero siendo muy conscientes de su rol y, por otro lado, una historia grande, una ficción que trabajaba a partir de cierto mitos”, relata el realizador sobre estos intérpretes que representan a un grupo de chicos que se escapan de un instituto de menores hacia un lugar desconocido y misterioso.

Fadel entiende que su largometraje narra una búsqueda de libertad. “La excusa es un lugar donde quedarse y formar una especie de comunidad en un lugar. A medida que el viaje transcurre, eso no se concreta e incluso se va transformando en otra cosa. Y la búsqueda de libertad es muy individual de cada personaje. Lo que cada personaje entiende de lo que sería su libertad está muy asociado al deseo. Yo pienso que los personajes desean profundamente algo y la película les da la posibilidad de que se cumpla o no. Y ese deseo no siempre tiene que ver con una decisión moral occidental o lo que nosotros entendemos del bien y del mal. Parecen estar más allá o previo a cualquier moral. Entonces, su deseo no siempre coincide con lo que entenderíamos por un buen deseo”, concluye Fadel.

A la hora de trazar una relación entre sus cortos que se exhibieron en el Bafici y su largometraje Germania, Schonfeld afirma que siempre trabajó con chicos y adultos que no son actores y que viven en una pequeña aldea de alemanes del Volga, que está cerca de Crespo, Entre Ríos, donde el cineasta nació. En relación con las diferencias, destaca que Germania “hace referencia más a la comunidad alemana del Volga en sí, pero si bien los cortos fueron filmados en ese lugar, no tienen una referencia temática a esa comunidad, como sucede en la película”.

En relación a cómo su película aborda el tema de la inmigración, Schonfeld señala que como los alemanes del Volga tienen cierta tendencia al viaje, a ir y venir, “yo me preguntaba cómo contar la historia de un viaje, pero sin contar el viaje. Entonces, la película la trazamos en el día en que una familia decide partir hasta el momento en que se va. Entonces, en ese lapso en que toman la decisión de irse se juntan distintas capas: el duelo del lugar en el que uno ya no va a estar, el futuro, porque va proyectando el lugar hacia el que va a ir, y el presente que transita la película”, comenta el director sobre el núcleo de esta historia que lo toca de cerca. ¿Por qué? Cuando terminó de estudiar en Córdoba y volvió a Crespo, Schonfeld quería empezar a filmar algo que tuviera que ver con sus propias raíces. “Lo primero que hice fue empezar a buscar las raíces de mi papá, que murió hace varios años. Y fui a las aldeas donde él nació. El, por ejemplo, empezó a hablar castellano recién a los catorce años. Y me fui conectando con parientes y con gente del lugar, sobre todo con jóvenes que habían quedado ahí y con los que teníamos muchos puntos en común.” Antes de filmar Germania, Schonfeld consideró que era importante quedarse en el lugar mucho tiempo, “hacer cosas chiquitas y los cortos fueron el primer acercamiento”, según relata.

La noción de familia que transmite Germania es similar a la de las familias tradicionales del interior del país. “Obviamente, muy religiosas”, considera el director. “El tema es qué pasa cuando esa noción de familia se empieza a quebrar. Lo que hace la película es ir reconstruyendo por separado a esa familia que se quiebra. Algo que nos gustaba es qué pasaba cuando la noción de familia se veía amenazada, sobre todo en lugares chicos. Y cuando la familia se ve amenazada es capaz hasta de matar. Entonces, nosotros queríamos seguir ese duelo familiar por separado, con cada uno de los personajes, y en ningún momento queríamos que aparezcan todos juntos. Sin embargo, todo el tiempo se está hablando de la familia”, admite Schonfeld.

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Fadel, Medina y Schonfeld crecieron cinematográficamente a la par con el Bafici.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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