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Viernes, 23 de noviembre de 2012

CINE › CURVAS DE LA VIDA, CON CLINT EASTWOOD

Orgulloso anacronismo

 Por Luciano Monteagudo

La vejez, el paso del tiempo y las cuentas pendientes a saldar antes de la inexorabilidad de la muerte han planeado como una sombra en la obra de Clint Eastwood, desde Los imperdonables (1992) hasta Gran Torino (2008), que se suponía –él mismo lo dio a entender– iba a ser su despedida como actor. Con Curvas de la vida, Eastwood vuelve a esos mismos temas y vuelve también a ponerse frente a cámara. El problema es que, esta vez, él no es su propio director.

Opera prima de Robert Lorenz, que durante dos décadas fue su productor y asistente, Trouble with the Curve tiene todos los elementos constitutivos de la productora Malpaso, fundada por Eastwood allá por 1967: el culto por una narrativa clásica; un diseño de producción austero, en los antípodas de la cultura digital, y el mismo equipo técnico que ha venido secundando a Clint durante los últimos tiempos. Lo que falta –y se extraña– es el talento. En la dirección y también en el guión, de un convencionalismo (precipitado happy end incluido) que sólo se podría defender desde su orgulloso anacronismo.

John Goodman, Amy Adams y Clint Eastwood, por los viejos tiempos.

Eastwood aquí es Gus, un veterano (veteranísimo, se diría) cazatalentos del béisbol. En los Atlanta Braves se lo quieren sacar de encima, pero le dan una última oportunidad: que viaje a Carolina del Norte a evaluar a un bateador que promete. Lo que no saben es que Gus tiene un glaucoma y ve menos que Mister Magoo. Pero con su experiencia y con su oído le basta. Y no está solo. Su hija (Amy Adams) lo acompaña, no tanto porque se lo ha pedido un viejo amigo de la familia (John Goodman), sino también porque quiere resolver la conflictiva relación con su padre, otro tema recurrente en algunos de los últimos Eastwoods.

Se diría que si hay algo que le da dignidad a Curvas de la vida –además de las sólidas actuaciones, no sólo de Clint sino especialmente de Amy Adams, casi la protagonista del film– es su carácter ingenuo, como si todavía fuera posible hacer un cine a la manera en que se hacía medio siglo atrás.

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