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Domingo, 3 de febrero de 2013

CINE › JOSé LUIS GARCíA HABLA DE SU DOCUMENTAL LA CHICA DEL SUR

“Hasta último momento, ella pensó que éramos espías”

El director de Cándido López - Los campos de batalla estrena su nueva película, ganadora del Premio del Público del Bafici del año pasado, una fascinante investigación sobre la mujer que durante dos décadas puso en jaque a las dos Coreas.

 Por Diego Brodersen

Cándido López - Los campos de batalla (2005), primer largometraje del documentalista José Luis García, era una compleja semblanza del soldado y pintor argentino, famoso por sus óleos históricos sobre la Guerra de la Triple Alianza. Siete años más tarde, La chica del sur –que se estrena este jueves en los cines Incaa Km 0-Gaumont y Malba– ofrece otro retrato sobre una vida enigmática, aunque el contexto histórico y geográfico sea muy diferente. La primera parte de su nuevo documental, registrada en formato VHS a fines de los años ’80, presenta imágenes de Pyongyang, capital de Corea del Norte, durante una visita internacional de jóvenes socialistas organizada por la entonces moribunda URSS, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. García fue allí testigo de los discursos de la entonces famosa Im Su-kyong, una chica surcoreana que logró ingresar al territorio de sus vecinos comunistas y que luego cruzaría la fuertemente custodiada frontera entre ambos estados, prueba definitiva de su activismo por la reunificación de ambos países. Veinte años después, el realizador y un pequeño equipo técnico viajaron a Seúl en busca de la elusiva Su-kyong, quien pasó algunos años en la cárcel luego de haber sido acusada de espionaje y ahora está a cargo de una cátedra sobre medios de comunicación en la universidad local. Lo que sigue es una danza de palabras entre director y sujeto, donde las preguntas más importantes tal vez queden sin responder.

–¿Puede decirse que la historia de esta chica se transformó en algún momento en una suerte de obsesión personal?

–Ese viaje fue un evento realmente extraordinario, en un momento extraordinario, donde aparece un personaje extraordinario. Y todo eso en un momento de juventud; fue muy fuerte el impacto que me causó. Yo no era militante aunque, por supuesto, tenía mis inclinaciones de izquierda: votar a Oscar Allende en el ’83, esa línea. Cuando volví del viaje intenté hacer una edición, pero fue todo muy loco: a los dos meses se cayó el Muro de Berlín, al año se terminó la Unión Soviética. Era bailar en el Titanic, como digo en la película. Se me fue todo de las manos, creo que todavía no tenía la madurez como persona, ni hablar como cineasta, para encarar el proyecto. Te estoy hablando de principios de los ’90. Mucho después llegó el proyecto de Cándido López, me mudé a París por amor, siguiendo a una chica que después se transformaría en mi esposa y madre de mi hijo. A partir de 2002, en los diarios franceses aparecen muchas noticias sobre Corea, en esos momentos se realizaba la cumbre entre los presidentes. Y me volvió a picar el interés. Un dato no menor es que aparece Internet y ahí empecé a investigar un poco más. Y así es que comencé a ubicar a Im Su-kyong, porque sin personaje no hay película. Algo es cierto: durante todos esos años hice registros de cosas que después dejé tiradas, pero ese material grabado en Corea era valioso y siempre me preocupé por conservarlo, era mi tesoro.

–Genera extrañeza ver en esas imágenes al actual Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Hernán Lombardi, o al periodista Eduardo Aliverti, con muchos más pelos y menos años, consignando frases que casi inexorablemente incluyen las palabras imperialismo y yanqui, en ese orden.

–En ese momento nos matábamos de risa, estábamos en la sede del Partido Comunista inglés, rodeados de hindúes y de negros ex esclavos. Y con los ingleses dispuestos a darnos Malvinas, Hong Kong, lo que quisiéramos. Y nosotros pensábamos “esto es un delirio”. Al mismo tiempo, respecto de la situación en Corea del Norte, había una mirada demasiado compasiva, demasiado interpretativa, de parte de todas las izquierdas. Hace un tiempo, hablando con Hebe de Bonafini, que estuvo en ese viaje, me comentaba que había quedado negativamente impactada. “Eso no es socialismo, eso es cualquier cosa”. Una tipa que es muy radical, o al menos esa es la imagen que proyecta. Sin embargo, los partidos estaban muy alineados. A mí una cosa que me jodió mucho fue la represión de Tian’anmen, por ejemplo. Se los pregunté a los jefes de la delegación y me respondieron que se había decidido no abrir la boca.

–Salvando las distancias que median entre ambas realidades, era un poco como la fascinación a fines de los ’60 por Mao y la Revolución Cultural.

–Es el paso entre lo teórico y lo real, y creo que algo similar le pasa al personaje de la película. A mí me impactó mucho el proceso político surcoreano, donde después de la Guerra de Corea la historia se retrasa como 10, 15 años. Corea en los ’80 sufrió un proceso muy similar al que ocurrió en la Argentina en la década del ’70. Luego de casi 18 años de proscripción política, los hijos de la generación proscripta salen con una furia tremenda a ocupar las calles. Y toman el modelo del norte como ejemplo de nacionalismo coreano, porque fueron ellos los que pasaron a degüello a los colonizadores japoneses, un modelo de socialismo posible. Los jóvenes surcoreanos eran muy pro-Norcorea. Además, hasta ese momento la calidad de vida no era muy distinta de un lado y del otro; Corea del Sur empieza a despegar recién a fines de los ’80... Creo que cuando Su-kyong llega a Corea del Norte –y esto me lo dijo un poco off the record– le cae la ficha, se da cuenta de ciertas realidades. Y cuando vuelve se queda sola, no tiene ningún lugar donde estar parada. Por eso cierro la película con una imagen de ella parada sobre esa línea, porque está en un limbo entre las dos Coreas. Hay una historia personal que no está presente en la película: Su-kyong tenía un hermano mayor que militaba en la universidad y participaba en las protestas de los ’80. En una manifestación la policía lo agarra de los pelos, se lo llevan y le plantean ir preso o hacer el servicio militar. El elige esto último y entonces lo envían a la frontera, a la DMZ (la zona desmilitarizada entre ambos países), que es como el infierno. El llamaba y pedía que lo sacaran de ahí, que no soportaba más. Y al final se terminó pegando un tiro. Dos años más tarde ella está viajando a Pyongyang. Cuando yo le pregunto sobre ese hecho me saca corriendo. Hay que tener en cuenta que los medios, con buena o mala leche, se la pasaron diciendo que su viaje era una suerte de venganza por lo ocurrido con su hermano. Como documentalista, no puedo mostrar su imagen diciendo que no va hablar de esos hechos. Si estuviera haciendo un documental sobre un genocida lo mando en cana con los tapones de punta. Pero no a ella, no a este personaje.

–¿Entiende que hay límites como documentalista, entonces?

–Hay cosas de la esfera privada que quedaron afuera. Además, ella misma ponía los límites de lo que era público y privado, marcaba todo el tiempo la cancha. Como profesora, se los enseña a sus alumnos: “Yo estudié periodismo para combatir al periodismo”. Porque la volvieron loca cuando volvió. Creo que el documentalista no tiene carta blanca para hacer cualquier cosa. Por otro lado, la cultura coreana es muy diferente a la nuestra, ahí es donde la idea de la globalización estalla en mil pedazos. En ese sentido fue fundamental Alejandro, el traductor coreano que, por cierto, no es un traductor, tiene un doctorado en Historia en la Universidad de Seúl, es un tipo brillante, inteligentísimo y sensible que fue un verdadero puente. Sin él no habría película.

–Tanto Cándido López como La chica del sur son películas autorreflexivas, que ubican su propio proceso de construcción en el centro del relato. ¿Eso es algo que busca desde un principio o surge durante el proceso de montaje?

–No diría que es algo buscado a priori, sino la consecuencia de una postura frente al hecho de hacer un documental. No tomaría la misma decisión frente a un film de ficción. Investigo mucho previamente y nunca fuerzo las cosas. Hay una idea de sucesión espacio-temporal que intenta no manipular demasiado el material, creo que esa intención es compartida por ambas películas. Sabía que el de Cándido López iba a ser un viaje circular, desde un principio quise avanzar hasta el final de la guerra y volver río abajo. En La chica... sabía con qué material contaba y que quería ordenarlo como diario, pero después de que ella nos dio el ok me imaginé distintos escenarios posibles. Uno era que llegábamos a Corea, nos decía “chicos, les doy tres horas de entrevista y después voy a estar muy ocupada”, y que todo se redujera a un retrato 4 x 4, interesante como reportaje y nada más. Pero apareció un personaje con muchas facetas, muy controversial, que un día nos amaba y al otro nos quería matar. A partir de ese momento supe que eso también formaba parte del personaje y por lo tanto lo dejé ser. Y finalmente, bueno... la decisión de Su-kyong de viajar a la Argentina fue absolutamente personal.

–En algún punto esa coda, que cierra la película con la protagonista en nuestro país, se vería forzada, demasiado “escrita”, si se tratara de una película de ficción. Como suele decirse, la realidad supera a todas las ficciones.

–Un colega tuyo me lo preguntó, tuve que jurarle que no se trata de ninguna creación de ficción. Creo que allí terminan de cerrar algunas cosas. Cuando estábamos en Corea muchos se sorprendían de que hubiéramos viajado para hacer el documental, porque incluso mucha gente de allá había querido armar algo con ella sin llegar a buen puerto. Creo que no hay una razón para esa decisión sino varias, y el hecho de que nosotros viniéramos del Sur no es un dato menor. Pero hay algo más interesante: hasta último momento Su-kyong pensó que éramos espías. Un nivel de paranoia grande, pero entendible en una sociedad que sigue estando en guerra. Desde afuera no se siente así, pero ellos están en guerra y la caza de brujas existe. Y ella es la bruja perfecta. Hubiera sido mucho más fácil si le hubiera dicho “mirá, soy de la CNN, esta es mi chapa”. Pero éramos tan independientes que levantábamos sospechas. Recién al final, cuando viajó a la Argentina, le terminó de caer la ficha: este pibe no es un servicio. Pero siempre tuvo ese fantasma alrededor.

–Finalmente logra que Im Su-kyong le dé una entrevista formal, pero Ud. decide prácticamente no dejar nada de ese reportaje en la película. ¿Fue difícil tomar esa decisión?

–Fue una decisión editorial, la última y gran decisión. La entrevista es más larga. Hay preguntas que ella contesta de una manera extensa, hay otras que se negó a contestar y hay cosas que sentí que quedaban contestadas o que se podían inferir a partir de lo que se muestra de ella a lo largo de la película. Investigando, me enteré de que tenía un hijo que había muerto en un accidente a los ocho años, fue un golpe muy fuerte. Hacia el final de nuestra estadía en Corea, en medio de una charla, sacó una billetera y nos mostró una foto de su hijo. En ese momento me di cuenta de que ese personaje se transformaba en otra cosa. Ella no vino a la Argentina por la película, esa no fue la razón central, claramente. Por esas y otras cuestiones narrativas, relacionadas con el ritmo, eliminé del montaje casi toda la entrevista. Decidí dejar sólo ese momento en el que ella habla de una situación puntual: cuando de un ser común pasa a transformarse en un personaje extraordinario, cuando le toca, un poco por azar (aunque si nos conectamos con el budismo no habría que creer en el azar), estar en esa situación extraordinaria.

–¿Vio Su-kyong la película?

–Sí, de hecho vio varios cortes. Uno de ellos, no el definitivo, tuvo como reacción algo así como “esta película es el fin de tu carrera como cineasta y el fin de mi carrera política”. Pero ahora está contenta con la película. Y hay algo muy loco: ella es electa parlamentaria el mismo día en el que se estrena la película en el Bafici el año pasado. Creo que por la diferencia de horario fue el mismo día, muy impresionante.

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Im Su-kyong en Pyongyang, capital de Corea del Norte, en 1989.
 
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