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Sábado, 20 de abril de 2013

CINE › COMPETENCIA INTERNACIONAL

Cinefilia pura y dura

 Por Diego Brodersen

Y se acaba. Los dos últimos títulos de la Competencia Internacional ya han tenido sus presentaciones oficiales, completando la veintena de largometrajes que integran la sección. Un buen final por partida doble, además. Luego de Todas las canciones hablan de mí, Jonás Trueba –hijo del renombrado realizador Fernando Trueba y sobrino del también cineasta David Trueba– crea en Los ilusos un film de singular estructura y belleza visual. El film en su totalidad respira cine, en primer lugar por el hecho de que su protagonista, León, es un joven director al que encontramos en esa particular etapa entre proyectos, una suerte de limbo creativo y cotidiano. Pero también porque en la historia se cuela desde un principio la misma hechura del film que estamos viendo, sus costuras y dobleces, los cortes de audio, las claquetas y doblajes espontáneos durante el rodaje, las rayas y defectos del soporte fílmico al final de la toma (la película fue rodada en 16 mm y en blanco y negro, y su luminoso grano hace recordar con anticipada melancolía un cierto tipo de imágenes en extinción).

Asimismo, Los ilusos remite inexorablemente a la nouvelle vague, trocando las calles de París por las no menos cinematográficas de Madrid. León camina por esas veredas, recorre cafés y librerías, se encuentra con amigos y amantes, como hace cinco décadas lo hacían otros jóvenes en otros films. Más allá de algunas referencias puntuales, como el momento en el cual el protagonista sale de la sala a reprocharle algo al proyectorista (Masculino femenino revisitado), el film todo parece conversar con el espíritu nuevaolero, aunque también tienen cabida las citas a Tsai Ming-liang, algunos clásicos españoles o el cine del período mudo. Hay tres mujeres en la vida de León e incluso ellas (bellas, fotogénicas, mujeres de cine) remiten a experiencias cinematográficas previas. Pero Los ilusos no es una película asfixiada por la cinefilia, y también habla de la vida más allá de la pantalla, con humor y un espíritu juguetón y ligero.

Tanto o más cinéfila resulta Berberian Sound Studio, segundo largo del británico Peter Strickland luego de Katalin Varga. Si aquella subvertía de manera radical (y resultados mixtos) la típica estructura del film de violación y venganza, Berberian... subvierte de manera más extrema aún (y resultados notables) el ethos del giallo y el cine de horror italiano de los años ’70. No se trata, de ninguna manera, de “una de terror”. Ni siquiera es un film de género y el descenso a la locura –por vía de la paranoia– de su protagonista remite a films clásicos como Blow up y La conversación. Un ingeniero de sonido inglés –bien, bien inglés– viaja a Italia para hacerse cargo del audio de lo que parece un film fantástico algo pretencioso. Precisamente, una de las mejores líneas de diálogo es la respuesta del cineasta dentro de la ficción ante la palabra “terror”, pero el espectador nunca tendrá una idea cabal de cómo se ve “The Equestrian Vortex”, ya que Berberian Sound Studio no muestra ni una sola de sus imágenes, con la excepción de la secuencia de títulos. Aunque, por cierto, sí se escuchan muchos de sus sonidos: cuchilladas, golpes y una gran cantidad de gritos.

Toby Jones es el encargado de darle vida a un personaje retraído, inmerso en su mundo de sonidos, cintas y aparatos electrónicos, y es uno de los pilares centrales del éxito del film. Perdido en la traducción de las conversaciones cotidianas con sus empleadores y compañeros de trabajo, un tanto sorprendido por las diferencias culturales, el sonidista comienza a ser dominado –¿poseído?– por la ficción dentro la ficción, por el universo sonoro que es, al fin y al cabo, su propia creación, al tiempo que Berberian... va enrareciéndose, tornándose más y más exuberante y provocadora, casi lynchiana. Reflexión sobre el proceso de creación cinematográfico, a la vez que juego y homenaje indirecto a una manera de hacer cine ya desaparecida, es sin dudas uno de los títulos más estimulantes del cine británico de los últimos años y un broche de oro para la Competencia Internacional de este 15º Bafici.

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