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Sábado, 18 de mayo de 2013

CINE › EZEQUIEL RADUSKY Y AGUSTIN TOSCANO, DIRECTORES DE LOS DUEÑOS

“En Tucumán siempre hay mucho material”

Los directores tucumanos debutan a lo grande: la première mundial de su película será este lunes en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes. “Esta es una puerta de acceso para nuevos realizadores”, sostienen.

 Por Oscar Ranzani

“La idea fue desdibujar las clases, los límites”, señala Toscano sobre el film que dirigió junto a Radusky.
Imagen: Pablo Piovano .

Ezequiel Radusky y Agustín Toscano nacieron en Tucumán hace 31 años, pero la edad no es lo único que tienen en común. Ambos son amigos desde que cursaron quinto grado en la escuela primaria y nunca más se distanciaron. Por aquellos años jugaban a hacer teatro en el colegio junto a otros niños. Y cuando cumplieron los 18, se lo tomaron en serio: estudiaron teatro en la provincia más chica de la Argentina. A los pocos años, ya eran directores en Tucumán. A partir de 2004, además de amigos, se convirtieron en socios y empezaron a dirigir piezas teatrales: en la que uno era el director, el otro actuaba y viceversa. Pero en todas las obras que hacían, como buenos fanáticos del cine que se consideran, construían personajes inspirados en actores del Séptimo Arte. Incluso, la narrativa que usaban era cinematográfica. Y ni siquiera usaban escenarios sino que las puestas siempre se concretaban en alguna casa, donde entraban pocos espectadores. En 2009 decidieron pegar el salto y comenzaron seriamente en dirigir un largometraje de ficción. Finalmente, pudieron concretarlo. El film se llama Los dueños y debuta a lo grande: su première mundial será este lunes en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes.

Los dueños es el primer largometraje de tucumanos que se filmó en la provincia norteña en las últimas tres décadas. Y llega en un momento en que parece consolidarse un resurgimiento del cine regional. “En realidad, el cine regional en cuanto al NOA lo impulsa Lucrecia Martel cuando empieza con La ciénaga y sus otras dos películas”, opina Radusky. El mérito de Los dueños es doble porque también se trata de la primera película tucumana que llega al festival más prestigioso del mundo. Ambos reconocen que la decisión de seleccionar su film les resulta “increíble” y manifiestan estar sorprendidos. Sin embargo, Toscano aclara: “Sabemos que es un desafío tratar de sostenerla porque está en el festival, pero es una puerta de acceso para nuevos realizadores”. Este cineasta también entiende que “es una posibilidad para que nuestra segunda película sea más palpable. Nos ayuda a darnos cuenta en lo que noso-tros creíamos. Ahora, es una gran presión pensar en el estreno y en la competencia a la que vamos que es muy prestigiosa”, agrega Toscano.

La historia de Los dueños transcurre en una estancia tucumana y tiene el punto de vista de dos clases sociales enfrentadas: el de los patrones y el de los peones. Estos últimos sólo trabajan cuando están los dueños, pero el resto del tiempo se dedican a ocupar la casa y hacer uso de todas las comodidades que tiene, sin previa autorización: duermen en la casa principal de la estancia, miran televisión y prueban comidas que, de otra forma, no les resultaría posible. En determinadas horas, los pobres viven como burgueses. El asunto toma otro color cuando llega la hija del dueño, que es una mujer que nunca trabajó y que va a ser le encargada de darles las órdenes a los peones. La tensión se incrementa a medida que los hechos se precipitan, pero Los dueños no establece sólo dos miradas de clases sociales que se enfrentan sino que el encontronazo y las contradicciones también se producen al interior de cada grupo. En esa tensión social que se genera aflorarán miserias, pactos de silencios y deseos sexuales. La mayoría de los actores son tucumanos, pero la dupla también eligió a Rosario Bléfari y Germán De Silva, el protagonista de Las acacias, de Pablo Giorgelli, película ganadora de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes 2011, premio por el que compite Los dueños en esta edición.

–¿Cómo se complementaron en la dirección de cine después de una trayectoria en teatro?

Ezequiel Radusky: –Cuando Agustín dirigía y yo actuaba en teatro, él era como el director técnico afuera y yo era el capitán adentro. Y cuando yo dirigía y él actuaba invertíamos los roles. Nunca dejábamos de complementarnos. Hay una complementariedad que se ha naturalizado a lo largo de los años y hoy diría que ya llegamos a dirigir cine igual que lo hacíamos en teatro. Los dos nos interesamos por el encuadre, los dos nos interesamos por el guión, por la actuación. En algún momento, nos proponían que uno se encargara de los actores y otro de la cámara. Y nosotros hemos hecho todo juntos. Y siempre vamos a hacerlo los dos. Y hasta que el otro no diga que sí, es no.

Agustín Toscano: –La gente prefería que nos dividiéramos. Pero nosotros estamos seguros de que es mejor ir discutiendo y debatiendo todo. Y que sepan que no va a pasar algo en una película o en una obra nuestra hasta que no haya un consenso. Y, a veces, nos ponemos tercos: capaz que no me gusta lo que él dice y estamos media hora discutiendo. Siempre sabemos que, a la larga, el otro no está pidiendo algo por una cuestión personal de ego. Hay que dejar el ego y hacer las cosas por la película o por la obra.

–¿Cómo nació la idea de Los dueños?

E. R.: –Estábamos viendo mucho Fassbinder y queríamos hacer algo en donde hubiera una protagonista mujer, como las de Fassbinder, que tienen unos recorridos alocados.

A. T.: –Siempre trabajamos con gente de nuestra generación y en este caso queríamos una mujer de cuarenta y pico. También pretendíamos que la historia sucediera en el campo, que hubiera una patrona y su peón. Más o menos los primeros lineamientos fueron ésos. Después, imaginamos cómo iba a ser esta historia y vimos que cada vez era menos posible hacerla en teatro. De todas maneras, no sabíamos todavía cómo hacerla. Hablábamos de la historia.

E. R.: –Nosotros en un punto somos muy autorreferenciales y escarbamos en nuestras historias, ya sean de nuestras ex parejas o de lo que sea. Y vimos qué nos podía servir de todas esas historias y las transformamos en otra cosa que no quedó igual, pero que nos sirvió como disparador.

–¿Siempre pensaron que los hechos debían suceder en Tucumán por una cuestión de producción o tenía que ver con lo narrativo?

>A. T.: –Tenía que ver con lo narrativo. Creo que la producción hubiera preferido que fuera en Buenos Aires por recursos y porque llevar todo hasta Tucumán es caro. Pero nosotros teníamos claro que tenía que ser ahí, que ése era el paisaje. El núcleo era en esa finca.

E. R.: –Sobre todo, nosotros somos muy defensores de la tucumanidad. Tucumán es una provincia muy compleja porque la llaman “La Buenos Aires del norte” porque es donde hay muchas universidades y también mucho quilombo. Es muy parecida a Buenos Aires en cuanto a su idiosincrasia y la derecha funciona muy parecido. Es todo muy similar, pero a la vez, no. Entonces, hay mucho material: podés escribir de todas las clases sociales.

A. T.: –Y a la vez, tiene una estructura de pueblo, porque al ser la provincia más chica y una de las ciudades más chicas y muy densamente pobladas, todos se cruzan en todos lados.

E. R.: –Entonces, pudiste haber tenido una novia de la clase alta, después una parecida a la tuya o una más pobretona. Con lo cual, podés conocer todas las idiosincrasias y eso genera mucho material.

–¿Buscaron reflejar el mundo de los patrones y los peones como en una lucha de clases, pero donde no hay buenos ni malos por naturaleza?

E. R.: –Exactamente. Nosotros partimos siempre de que no hay buenos ni malos. Nadie es tan bueno ni nadie es tan malo. En ese sentido, adherimos mucho a cierta filosofía herzogiana: ninguno es realmente bueno ni malo, pero hay empatía, por más que alguno sea un hijo de puta en algún punto.

A. T.: –O sea que está en nosotros antes que en el público tratar de entender a los personajes y cocinarlos antes de ponerlos en la mesa para que no sean comidos como una desgracia. Y a los personajes más raros nosotros también intentamos entenderlos.

E. R.: –Por otro lado, son todos personajes que a mí me encantaría hacer. Y respecto de la lucha de clases quisimos ser sutiles, porque no es una película que trata sobre eso. Puede haber una lectura así, pero no es eso solo.

A. T.: –La idea fue desdibujar las clases, los límites, los bordes.

E. R.: –No es propio de una clase social lo que hacen unos y los otros. Es una zona ambigua.

–¿Hay también una idea de mostrar que el deseo sexual atraviesa las clases sociales o que puede ser utilizado como elemento de dominación?

E. R.: –Las dos cosas. El sexo es lo más animal que tenemos. Cuando estamos por acabar ya no hay ni pobres, ni ricos, ni minas, ni vagos. Somos animales en el mejor sentido de la palabra. Lo que pasa es que, obviamente, está muy mal visto que una persona de una clase guste de otra o da miedo que una persona de clase alta guste de una mujer de clase pobre o viceversa. Socialmente es así. Y en nuestra película está usado como mecanismo de dominación totalmente pensado, porque es como la violación. Por eso la violación es tan terrible porque el sexo es meterse en el lugar más íntimo de un ser.

–¿El plan de los peones de ocupar la casa cuando no están sus dueños es sólo entretenimiento o tiene que ver con experimentar cómo vive el mundo burgués?

A. T.: –Es principalmente fascinación por el mundo burgués.

E. R.: –Y también es la complejidad de esa frase que dice uno de los peones en un momento: “¿Quién le va a cuidar mejor la casa que nosotros a esos basura?”. Y, en algún punto es verdad. Si vos sos rico y tenés una casa de puta madre y no la usás nunca por tus conflictos o por lo que sea, mientras tus peones están viviendo en una casa de mierda, ¿por qué no?

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