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Viernes, 8 de noviembre de 2013

CINE › UN PARAISO PARA LOS MALDITOS, DE ALEJANDRO MONTIEL

Los desclasados en una escala de grises

En su primer protagónico cinematográfico, Joaquín Furriel compone a un hombre solitario que se presenta a tomar el puesto de sereno en un depósito semiabandonado. Cine negro, urbano y bastante sucio, con impecable ejecución técnica.

 Por Horacio Bernades

Vista desde las políticas de producción, la idea de hacer cine de género argentino “de calidad” puede ser tan provechosa en sentido estético como industrial. Que hasta ahora se dé más lo segundo que lo primero no quiere decir que haya que renunciar a la idea. En términos de acabado profesional, Un paraíso para los malditos, que cuenta con el sello Patagonik como socio mayoritario, es de primera. En ella, el realizador y guionista Alejandro Montiel pasa de la calculada liviandad de Extraños en la noche –levísima comedia policial que se conformaba con aprovechar el regreso al cine de Diego Torres– a un cine negro, urbano y bastante sucio, en el que claramente ha puesto más de sí. Hasta qué punto esas ambiciones están logradas es otra cuestión.

En su primer protagónico cinematográfico, Joaquín Furriel es Marcial, un solitario cuya rigidez hace honor a su nombre. Duro como un soldado, Marcial se presenta a tomar el puesto de sereno en un depósito semiabandonado. Semiabandonado y semidespoblado: la única que viene, cada tanto, es la mujer de la limpieza, Miriam (Maricel Alvarez), que a veces aprovecha para llevarse alguna cosita a casa. Qué se lleva no se sabe muy bien, como tampoco qué se guarda en ese depósito, quiénes son los dueños, ni los días y horario de trabajo de Marcial, que por lo que puede verse pasa allí jornada completa. En un policial, las incógnitas sin responder no son buenas: generan en el espectador falsas expectativas.

Un poco porque no tiene mucho para hacer y otro poco porque encaja con su personalidad, Marcial observa. Observa por la ventana, sobre todo por las noches. Lo que ve es un desolado barrio industrial, en el que los únicos vecinos parecerían ser el tipo de al lado y unos “guachines”, lo suficientemente pesaditos como para hacer que una pareja medio perdida la pase mal. Aunque la acción tiene lugar entre Navidad y Año Nuevo, no hay más festejo que tres o cuatro fuegos artificiales y los “guachines” tirando petardos. O el barrio es más desértico de lo que parece o a la producción no le alcanzó para contratar más extras y fuegos de artificio. Pasa poco en ese tramo y está bien que así sea: con un único protagonista en un solo decorado mucho no puede pasar, que no sean el tiempo vacío y la latencia de que algo va a pasar. Toda esa zona del film está manejada con el tempo adecuado.

Eso que va a suceder no puede revelarse: es el mayor secreto que se reserva el guión. De allí en más, Marcial va a entrar en contacto más estrecho con Miriam, que tiene un hijo y poca suerte, y con un viejo senil (Alejandro Urdapilleta), que acaba de perder al suyo pero ni se enteró. Es más: cree que Marcial es su hijo. Hasta que se dé cuenta de que no. La pareja, el padre sustituto, el hijo de ella, la vida en otra casa: se ha formado una familia. La idea recuerda la de Ultimos días de la víctima, cuando el gélido asesino interpretado por Federico Luppi creía haber encontrado algo de calor familiar en la viuda Elena Tasisto y su hijo (un Pablo Rago de unos diez años).

Más allá de variados “ruidos” actorales por parte de los tres intérpretes, el problema básico de Un paraíso para los malditos, lo que la hace limitada, es el mismo de Extraños en la noche: alcanzado el nudo narrativo, la película se frena, no va mucho más allá. Lo que estaba allí y también resulta visible aquí es el buen tratamiento dramático que Montiel hace de tiempos y espacios. Espacios claramente delimitados (un “derpa” en edificio torre en aquélla, el derruido depósito y la igualmente derruida casita de al lado aquí) y una detallada y justa ambientación, que ayuda a dar clima y conocer a unos personajes a medio camino entre el realismo y la abstracción. Los rubros técnicos quedan en manos de algunos de los más confiables especialistas de última generación. El trabajo sobre claves bajas de la directora de fotografía Sol Lopatin colabora enormemente con el clima de negrura, y el editor Alejandro Brodersohn corta siempre donde hay que cortar. En síntesis: el programa estético está, falta un ajuste de sintonía fina.

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Un paraíso... tiene más logros desde el punto de vista industrial que desde lo estético.
 
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