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Martes, 17 de diciembre de 2013

CINE › JOAN FONTAINE (1917-2013) FUE ACTRIZ DE ALFRED HITCHCOCK Y MAX OPHüLS

El temple bajo la piel de la debilidad

La protagonista de Rebeca, una mujer inolvidable y Carta de una enamorada falleció el domingo a los 96 años. Era una de las últimas estrellas de la era dorada de Hollywood que permanecían con vida. La sobrevive su hermana, Olivia de Havilland.

 Por Diego Brodersen

Los cinéfilos de raza saben que Olivia de Havilland y Joan Fontaine son los nombres de dos actrices japonesas. De padres británicos asentados temporariamente en Tokio, Olivia Mary de Havilland y Joan de Beauvoir de Havilland nacieron –con un año de diferencia, en 1916 y 1917 respectivamente– en la capital del país asiático, para afincarse poco tiempo después en California. Si la carrera artística y la vida personal de las dos hermanas fue, desde muy temprana edad, un maratón donde los celos, las envidias y la rivalidad se transformaron en una parte importante de sus existencias, puede afirmarse ahora que la recta final le pertenece a Olivia, quien vive en París desde hace varias décadas, retirada desde mediados de los ’80. Joan Fontaine –tal el nombre artístico adoptado por la menor de la familia, precisamente para no quedar “pegada” a su hermana– falleció este domingo, a la edad de 96 años, en su residencia californiana, una de las últimas estrellas de la era dorada de Hollywood que permanecían con vida. Más allá de los detalles de esa enemistad que, hay que decirlo, nunca llegaría a los extremos del de las hermanas de ¿Qué ocurrió con Baby Jane?, De Havilland y Fontaine disfrutaron de ilustres (y muy independientes una de la otra) carreras cinematográficas.

Luego de una docena de pequeñas apariciones en olvidadas producciones de los estudios RKO, Fontaine lograría sendos papeles secundarios, aunque relativamente importantes, en dos largometrajes estrenados en 1939: Mujeres, la obra maestra de George Cukor, y el film de aventuras Gunga Din, dirigido por George Stevens, donde supo encarnar el interés amoroso de Douglas Fairbanks Jr. Ese mismo año, considerado por muchos historiadores como uno de los más ricos y prolíficos del período clásico de Hollywood, su hermana Olivia lograría un grado inimaginable de exposición pública por su interpretación de Melanie Hamilton en Lo que el viento se llevó, abriendo un nuevo capítulo en la historia de enemistad entre ambas mujeres. La revancha de Joan llegaría un año más tarde, cuando el mismo productor del clásico sobre la Guerra Civil americana, David O. Selznick, eligió a la hermanita menor para el papel protagónico de un debut legendario: el del realizador británico Alfred Hitchcock en Hollywood. El codiciado papel de Rebeca, una mujer inolvidable (1940), basada en una novela de Daphne Du Maurier, marcaría un antes y un después en la carrera de la joven, resumiendo buena parte de su persona cinematográfica en los años por venir. Gracias a él llegaría asimismo una nominación como mejor actriz en los premios Oscar, la primera de una serie de tres estatuillas doradas de las cuales ganó una, a diferencia de su hermana, candidata en cinco oportunidades y ganadora en dos.

“Selznick convenció a todas las grandes estrellas de Hollywood para que se hicieran pruebas para el papel de Rebeca (...) Desde las primeras pruebas con Joan Fontaine, yo sabía que era la que más se acercaba al personaje (...) y la suponía capaz de darle vida de una manera tranquila y tímida.” Confesiones del gran cineasta británico a François Truffaut en su famoso libro de entrevistas El cine según Hitchcock. Es que la Mrs. de Winter de Fontaine es frágil pero resistente, tímida pero testaruda, y su llegada a la mansión Manderley luego del breve cortejo de Laurence Olivier está marcada por el misterio, las incógnitas y el miedo. Su rostro de suaves facciones pero mirada penetrante e inquisidora parecía ideal para ese papel y Hitchcock volvería a dirigirla un año más tarde en La sospecha, por la que obtuvo el Oscar, esta vez junto a un Cary Grant que nunca, hasta ese momento, había parecido tan siniestro, tan oscuro detrás de su irresistible sex appeal y carisma.

Los años ’40 fueron de mucha actividad para Joan Fontaine, actuando bajo las órdenes de realizadores como Billy Wilder (El vals del emperador), Robert Stevenson (Alma rebelde, adaptación de la novela Jane Eyre) o Anatole Litvak (Esto ante todo). Pero sería otro film de aquellos años el que, para muchos cinéfilos y estudiosos, rubricaría para siempre su presencia en los libros de historia. Carta de una enamorada (1948), uno de los cuatro largometrajes que el alemán Max Ophüls dirigió en los Estados Unidos, encuentra en Fontaine el rostro y el cuerpo ideal (en el cine, alquimia mediante, el rostro y el cuerpo del actor son sinónimo de espíritu) para esa mujer profundamente enamorada de un hombre que la ha olvidado por completo. El artificio de esos sets en los estudios Universal, que recrean la Viena de comienzos del siglo XX, parece poca cosa al compararlo con los extremos pasionales de Lisa, resultado de una entrega actoral absoluta, tal vez la más imponente en toda su filmografía.

El ritmo de trabajo comenzaría a decrecer lentamente en los años siguientes, aunque Fritz Lang pudo contar con su presencia en su último film americano, Más allá de la duda (1956). A su vez, en Isla en el sol (1957), de Robert Rossen, la actriz se animaría a un papel que la tenía como protagonista de una historia amorosa interracial. Los años ’60 y ’70 encuentran a Fontaine, como a tantos otros actores y actrices de su generación, aceptando papeles secundarios en diversas superproducciones (algunas veces, de dudosa calidad) y participando activamente en programas unitarios de televisión (muchas veces de enorme interés artístico). Y como otras actrices de su edad y talla, como Bette Davis, también tuvo su protagónico en un film de terror producido en el Reino Unido por los estudios Hammer, en su caso The Witches (1966).

Con cuatro matrimonios a cuestas y una gran cantidad de anécdotas en el morral, en 1979 escribió su autobiografía, titulada No Bed of Roses. Libro que su hermana Olivia retitularía, maliciosamente, Ni un fragmento de verdad. Alguna vez, Fontaine declaró: “Espero morir sobre un escenario a los 105 años, interpretando a Peter Pan”. Su muerte llegó apenas nueve años antes de lo previsto. Pero muchas de sus películas, como suele decirse, son inmortales y están ahí para ser descubiertas por las nuevas generaciones.

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Joan Fontaine en una foto promocional de Abismos (1947), melodrama “noir” dirigido por Sam Wood.
 
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