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Viernes, 27 de febrero de 2015

CINE › EL PATRON, RADIOGRAFIA DE UN CRIMEN, DE SEBASTIAN SCHINDEL

Algo huele muy mal en la carnicería

Basada en la novela homónima del criminólogo Elías Neuman, quien a su vez partió de un caso real ocurrido en 1984, el primer largo de ficción del documentalista de Mundo Alas narra la esclavización laboral a la que es sometido un carnicero santiagueño.

 Por Ezequiel Boetti

Hermógenes Saldívar se llama el personaje que compone Joaquín Furriel, impecable e irreconocible.

Justo unos días después de la entrega de los Oscar, sube a la cartelera una película nacional que aborda varios de los temas usualmente presentes en las elegidas para los premios de la Academia de Hollywood, como la violencia y la pertinencia de la justicia por mano propia. Violencia que en este caso no es física y repentina, sino laboral, progresiva y psicológica, y sobre la cual jamás recae un atisbo de condena ni glorificación. Las conclusiones, en todo caso, dependerán de cada espectador, ya que serán consecuencia del encadenamiento de los hechos antes que de la enunciación directa. Basada en la novela homónima del criminólogo Elías Neuman, quien a su vez había partido de un caso real ocurrido en 1984, y dirigida por el hasta ahora documentalista Sebastián Schindel (el mismo de Mundo Alas y la muy buena El rascacielos latino, sobre el palacio Barolo), El patrón, radiografía de un crimen comienza con un abogado involucrándose en el caso del homicidio del dueño de una red de carnicerías perpetrado por uno de sus empleados. A partir de ahí, el film oscila entre el presente judicial del acusado y la reconstrucción de las situaciones que lo llevaron al banquillo.

Hermógenes Saldívar (Joaquín Furriel, impecable e irreconocible) llega desde Santiago del Estero apenas con lo puesto y su mujer a cuestas. Rápidamente recala en una de las carnicerías de Latuada (Luis Ziembrowski), donde aprende las claves del oficio. El profesor es su colega interpretado por Germán de Silva, una suerte de grandmaster no sólo del cuchillo, sino también del arte del engaño. Así, le explica los mil y un trucos para maquillar de buenas a las reses que no son tales, reduciéndoles el olor y modificándoles los colores. Los primeros planos de la carne atravesada por el cuchillo confieren al film una tonalidad entre ominosa y pesadillesca. Sin embargo, El patrón jamás esconde el origen documentalista de su hacedor, con la atención al detalle y al gesto mínimo como normas constantes.

“Sos callado y laburás bien”, le concede Latuada al recién llegado antes de subirlo al auto y llevarlo a un local para que lo regentée. Local del que primero desaloja a piñas y culatazos al empleado anterior al grito de “paraguayo de mierda”, marcando así al personaje más cretino del cine argentino en los últimos años: Latuada es violento, misógino, ventajero, miserable y codicioso. Gran mérito de Ziembrowski para darle carnadura diabólica a su personaje sin caer en la caricatura.

Conocedor de los mecanismos narrativos de un género clásico como el thriller, Schindel ha reconocido en varias entrevistas las influencias de Pablo Trapero (con El bonaerense a la cabeza) y los hermanos Dardenne. Tal como ocurre en el cine post Rosetta de los belgas, quienes no por casualidad también comenzaron su carrera conjunta en el ámbito documental, El patrón repele cualquier atisbo de alegato directo o bajada de línea: lo social está presente en un contexto claro y amalgamado al nudo argumental policíaco, pero jamás es el centro del relato. Lo que sí se inmiscuye es la historia del abogado defensor. Y ahí se embarra la cancha. El pulso, claridad y concisión narrativa de Schindel desbarranca con la empatía y los paralelismos obvios entre defensor y su defendido. Sin ese presente materializándose en la pantalla, El patrón sería aún mejor de lo que finalmente es.

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