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Viernes, 28 de agosto de 2015

CINE › LOS 33, DE PATRICIA RIGGEN, CON ANTONIO BANDERAS HABLANDO CHILENO EN INGLES

Vivir para contarlo, según Hollywood

Un grupo de mineros chilenos sepultados a 700 metros de profundidad, una historia de sobrevivencia en condiciones extremas, solidaridad interna en el grupo, esfuerzos de rescate desde el exterior, final feliz. La Meca del Cine no se rinde.

 Por Horacio Bernades

Cuando en agosto de 2010 los treinta y tres mineros atrapados en una mina del norte chileno salieron a la superficie con vida, tras setenta días de angustia, el mundo supo que más tarde o más temprano Hollywood filmaría esa odisea. La historia parecía escrita, en verdad, por algún guionista de aquellas colinas. Un grupo de hombres comunes, un accidente más grande que la vida (herméticamente sellados, a 700 metros de profundidad), una historia de sobrevivencia en condiciones extremas, solidaridad interna en el grupo, esfuerzos de rescate desde el exterior, final feliz. Pues bien, aquí está la película. La novedad es en tal caso que, más allá de que no falte algún consabido roce con el ridículo –como cada vez que la Meca del Cine invade Latinoamérica–, Los 33 confirma (ya había pasado con Viven, sobre la tragedia de los Andes) que las historias de sobrevivencia basadas en casos reales nunca le sientan del todo mal al cine estadounidense.

Desde ya que se requiere hacer la vista gorda ante unos cuantos detalles. Uno de los mineros anónimos tiene el rostro y el gesto fiero del muy poco anónimo Antonio Banderas. Los mineros hablan en inglés (¡en algún caso, como en el de Banderas, sobreactuando acento “latino”!). Juliette Binoche hace de vendedora de empanadas (¡!). Superados esos escollos, así como la llamativa solidaridad y bondad a toda prueba del ministro de Minería, que es amigo del productor de la película (ver más abajo), el corazón del relato funciona. Identificados un puñado de mineros de acuerdo con ciertas funciones básicas (el capataz algo concesivo de Lou Diamond Philips, el veterano en su última misión, un fan de Elvis y un bígamo que aportan color, un alcohólico que cubre la cuota de “drama personal”, un boliviano que será objeto de dosis “tolerables” de racismo y, claro, el líder “con huevos” de Banderas), la realizadora mexicana Patricia Riggen narra el adentro con tensión sostenida, sin desbordes ni distracciones.

Afuera, mientras tanto, el ministro bueno –que en 2013 sería precandidato presidencial por el oficialismo– y un ingeniero especializado en minas (el dublinés Gabriel Byrne) se ponen al frente de las obras de rescate (que incluyen la famosa cápsula-ascensor), vigilados, en el campamento Esperanza, por mujeres bravas (una Binoche sobreintensificada baja la guardia, ay, ante el ministro de Minas, interpretado por el apuesto Rodrigo Santoro) y con el presidente Piñera (el notable secundario Bob Gunton, especializado en villanos) manejando la exposición mediática, tema que a la película parece interesarle poco y nada. Coproducida por el empresario chileno Carlos Lavín –actualmente en prisión preventiva, por aportes irregulares realizados al propio Golborne durante la última campaña presidencial–, la responsabilidad empresaria en el accidente queda insinuada apenas de refilón (el más guacho es el encargado de la mina; los dueños no aparecen), completando el cuadro de indulgencia y/o glorificación para con los poderes fácticos. Pero bueno, nadie dijo que ésta no fuera una típica película de Hollywood. Típica pero –con todas las salvedades expresadas– eficaz. Lo cual en estos tiempos no es cosa de todos los días.

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Las historias de sobrevivencia basadas en casos reales le sientan al cine estadounidense.
 
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