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Sábado, 5 de septiembre de 2015

CINE › 327 CUADERNOS, UNA PELICULA QUE SE ASUME COMO UN SUEÑO

De cómo enrarecer los recuerdos

 Por Juan Pablo Cinelli

Quienes conozcan a Ricardo Piglia más allá de sus libros, en su faceta oral como disertante o dialoguista, podrían imaginar que hacer una película con él como personaje no debería ser un trabajo muy difícil. Que alcanzaría con ponerle la cámara delante e ir dándole charla. Es posible que el resultado de tal experimento fuera interesante desde el contenido, pero muy pobre en lo formal. Y, vamos: ni siquiera sería una película, sino Piglia hablándole a una cámara nomás. Cuando el director Andrés Di Tella coincide con él en Princeton casi por casualidad –según él mismo cuenta en los primeros minutos de su último trabajo, 327 cuadernos–, en el preciso momento en que el escritor decide volver a instalarse definitivamente en Buenos Aires, sabe que está en uno de esos pocos momentos en los que la historia se atraviesa justo en medio de su vida. Un concepto al que el propio Piglia volverá sobre el final de la película. Se trata de uno de los tres o cuatro autores más importantes de la literatura argentina en la actualidad y el cineasta decide registrar el instante en que desmonta la oficina universitaria donde trabajó durante quince años. Ahí también se entera de que, ya de regreso, el escritor planea avanzar en la ardua tarea de releer los diarios personales que viene escribiendo sin pausa desde que tenía 16 años. Di Tella no lo duda y le propone filmar el proceso. El resultado es justamente 327 cuadernos, título que precisa el volumen exacto de esas memorias que el escritor a veces fantasea con editar y otras con quemar.

Piglia comenzó a escribirlos en 1957, cuando su familia se muda de Adrogué a Mar del Plata, luego de que su padre pasara casi un año preso por haber salido a defender a Perón tras el golpe de Estado ocurrido dos años antes. En ese momento la escritura está lejos de ser un oficio para él; más bien parece cumplir la función de cualquier otro diario adolescente: un refugio, un lugar íntimo en donde transitar el duelo de tener que dejar la casa en que nació. Sin embargo, escribirlo se convirtió en una obsesión y en mucho más: “Estoy convencido de que si no lo hubiera empezado, jamás hubiera escrito otra cosa”, afirma Piglia en tren de imaginar qué hubiese pasado si Perón no hubiera sido derrocado, si su padre no hubiera ido preso y su familia hubiera continuado con su vida en Adrogué.

Piglia lee y rebusca en sus cuadernos, pero lo sorprende la dificultad para identificarse con mucho de lo escrito. Llega a decir que quien aparece en los diarios muchas veces le resulta un desconocido. Lejos de limitarse a sentarlo a leer fragmentos sueltos frente a cámara, Di Tella teje un relato que intenta traducir la memoria del escritor en imágenes. Una tarea compleja que resuelve intercalando entre diálogos y lecturas una serie de registros fílmicos extraordinarios, cuyo ecléctico contenido, sin dejar de ser funcional al relato, tampoco se ata a él de manera torpe y estricta. Las imágenes van desde fragmentos que retratan a la multitud enfervorizada que en 1955 desborda la Plaza de Mayo para celebrar el derrocamiento de Perón a una entrevista televisiva con Roberto Guevara, hermano del Che, justo antes de subirse al avión que lo llevará a Bolivia para ver qué pasó con Ernesto. O un increíble diario-filmado de Enrique Amorim, en el que el escritor retrató a muchos de sus colegas amigos, consiguiendo estupendas imágenes de Horacio Quiroga preparando un asado, de un Borges jovencísimo tomando mate o de García Lorca durante su paso por Buenos Aires. Pero además de estos registros históricos vinculados de diferentes maneras a la vida y a los diarios de Piglia, Di Tella incluye una serie de imágenes anónimas que utiliza para enrarecer el clima en torno de los recuerdos del escritor, haciendo que el cine se convierta por un rato también en memoria y sueño.

327 cuadernos está atravesada por un tono elegíaco que se corresponde con ese regreso a sus vidas pasadas, que Piglia se impone a sus más de 70 años. Un carácter que se acentúa cuando en medio del rodaje al escritor se le declara la enfermedad que actualmente lo aqueja, que le impide, entre otras cosas, seguir escribiendo por sí mismo. Luego de dudar sobre qué hacer con sus cuadernos, el final de la película retrata a Piglia como un chamán oficiando un elocuente ritual funerario que tiene algo del dolor, pero también la calma de las despedidas.

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