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Viernes, 11 de septiembre de 2015

CINE › DESPUES DE SARMIENTO, ESCRITA Y DIRIGIDA POR FRANCISCO MARQUEZ

Miradas sobre la educación

En un estilo crudo de “cine directo”, el realizador elige como protagonista el colegio Domingo Faustino Sarmiento. Y en su pintura de ese establecimiento permite abordar cuestiones que hacen al estado de la educación argentina, sin caer en el panfleto.

 Por Horacio Bernades

El clasismo de afuera se reproduce adentro, con la división y mutua desconfianza que reina entre alumnos.

Como lo hacía Escuela Normal (Celina Murga, 2012), Después de Sarmiento, ópera prima del realizador Francisco Márquez, echa luz, mediante una línea tangencial, sobre el estado actual de la educación pública en la Argentina. La tangente es la que traza un único y particular colegio secundario, cuyo funcionamiento se aborda mediante la clase de registro conocido como “cine directo”, en el cual la observación se practica más o menos en crudo, sin dejar a la vista las costuras de la intervención del narrador. El colegio elegido como protagonista –más que como “muestra”, concepto sociológico que apunta a generalizar por inducción– es el Domingo Faustino Sarmiento, ubicado en Libertad al 1200. Pleno centro de Buenos Aires, plena Recoleta. Alguien podría suponer que los alumnos son chicos ricos de la zona, pero los chicos ricos no aparecen aquí: migraron hace tiempo a los colegios privados. Otro acierto de Después de Sarmiento es el de dejar que el carácter metonímico, si lo hay, se imponga por sí solo, sin subrayados.

Fundado en la década del 90 del siglo XIX, el colegio Sarmiento encarna en sí la historia de la educación pública en la Argentina. Después de Sarmiento hace manifiesta esa relación directa con la Historia, en una escena en la que distintas camadas de ex alumnos se reúnen para celebrar un hito histórico en la vida del colegio. Más allá de la curiosidad de que la actriz Antonella Costa sea escolta de la bandera, en ese acto asoman diferencias generacionales, abruptos cortes históricos. No parece haber lugar, entre los ex alumnos más veteranos, para representantes de clases medias empobrecidas, de sectores excluidos incluso, que sí abundan en el recorte de alumnado actual que la película muestra. Algo tendrá que ver con esas diferencias el hecho de que la instrucción secundaria sea, desde 2006, obligatoria. Lo cual ha permitido el acceso a la escuela a grupos sociales que antes no llegaban.

Los ex alumnos se quejan de que el nivel de instrucción actual está muy lejos de aquél que ellos habrían disfrutado, y las clases de literatura que dificultosamente intenta llevar adelante la rectora y docente Roxana Levinsky parecen confirmar el abismo. El clasismo de afuera se reproduce adentro, con la división y mutua desconfianza que reina entre los alumnos de la mañana, donde hay más clase media (media-baja, sobre todo: de allí para arriba, los chicos de la zona fugaron hacia los privados) y los de la tarde, provenientes de los sectores más desfavorecidos. División que eclosiona en ocasión de una próxima elección para el centro de estudiantes, donde los alumnos más desprotegidos dejan ver un alarmante (y muy revelador) estado de sospecha ante toda forma de acción política.

En ocasión de una convocatoria del Ministerio de Educación de la Ciudad para aportar proyectos dirigidos a una próxima reforma educativa, sobre el final de Después de Sarmiento la comunidad del colegio elabora, junto a representantes de otras instituciones, un audaz plan para hacer efectiva una inclusión a veces más pregonada que efectiva. Como queriendo confirmar esto último, el proyecto no es tomado en cuenta, cerrando la película con la clase de signos de interrogación que desde hace años atraviesan la educación pública en Argentina. Con lo cual el adentro y el afuera (del cine, en este caso) vuelven a mostrarse como reflejos mutuos.

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