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Sábado, 20 de febrero de 2016

CINE › EN EL TRAMO FINAL, REPUNTO LA COMPETENCIA OFICIAL DEL FESTIVAL DE BERLIN

Historias, mitos, leyendas y misterios

Con Una canción de cuna para el triste misterio, el filipino Lav Diaz da su versión sobre el mito de origen de la revolución que hacia fines del siglo XIX acabó con trescientos años de dominación española. Por su parte, la iraní ¡Llega un dragón! es toda una caja de sorpresas.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Berlín

En la historia del cine, hay directores fundacionales, que han contribuido a configurar la identidad nacional de un país, a darle gran parte de su voz y de su imagen: John Ford en Estados Unidos, Jean Renoir en Francia, Theo Angelopoulos en Grecia, Im Kwon Taek en Corea, Leonardo Favio en Argentina. A esta lista, que está lejos de ser exhaustiva, hay que sumar al filipino Lav Diaz (Mindanao, 1958), que vino a elevar el nivel de la competencia oficial de la Berlinale con Una canción de cuna para el triste misterio, un film monumental, de más de ocho horas de duración, sobre el mito de origen de la revolución nacional que hacia fines del siglo XIX acabó con trescientos años de dominación española.

Por cierto, Lav Diaz no es un recién llegado. Su cine viene asomando en el circuito de festivales internacionales –Mar del Plata y el Bafici incluidos– desde hace más de una década, con puntos altos en Evolution of a Filipino Family (2004), Melancholia (2008), Norte (2013) y Mula sa kung ano ang noon (Lo que viene antes), que ganó el Leopardo de Oro del Festival de Locarno 2014. La melancólica respiración del cine de Lav Diaz, de sus imperecederos planos secuencia y de las desafiantes duraciones de sus películas, que no suelen bajar de las seis horas (un record que hasta ahora parecía ostentar solamente el húngaro Bela Tarr) tienen siempre un protagonista común: la clase trabajadora filipina. La exigencia de su cine es, por cierto, extraordinaria, pero como señaló alguna vez el crítico austríaco Christoph Huber esa exigencia “se ve recompensada por la experiencia física del tiempo y por un asombroso, singularmente concreto sentido del espacio y las emociones de los personajes”.

Y esta Canción de cuna para el triste misterio, que en la ceremonia de mañana tiene la oportunidad de llevarse alguno de los premios principales de la Berlinale, no es la excepción. Auténtico film-río, pleno de afluentes y efluentes, que van construyendo una suerte de gran delta cinematográfico, con multiplicidad de relatos que parecen islas (así como 7000 islas constituyen el gran archipiélago filipino), la de Diaz es, como muchas de sus anteriores, una película eminentemente coral. Y elusiva. Así como su film previo remitía a las consecuencias de la dictadura de Ferdinand Marcos sin necesidad de nombrarla, aquí la canción de cuna a la que alude el título es una canción revolucionaria que se convirtió en el himno de la independencia filipina y que sirve como lejano leit motiv para varias de sus historias.

Historias que –como la de la mayoría de las independencias americanas– están hechas de avances y retrocesos, de lealtades y traiciones. Pero como siempre en el cine de Diaz, en Cuna no hay grandes héroes nacionales sino mitos y leyendas. Y personajes comunes, que luchan contra la miseria y la naturaleza, contra una selva impenetrable, fantasmal, en la que un grupo de hombres busca refugio y otro de mujeres va detrás de sus muertos, como unas Antígonas buscando sepulturas que no encuentran. La austera fotografía en blanco y negro no hace sino acentuar el carácter trágico de la película de Diaz, que con su final abierto parece decir que la lucha continúa, que la revolución es un sueño eterno y la auténtica independencia es la que Filipinas sigue buscando todavía hoy.

Otro punto alto de la competencia de esta Berlinale que concluye mañana –una competencia ciertamente irregular, que incluyó las nuevas decepciones de directores tan devaluados como el sueco Thomas Vinterberg y el bosnio Denis Tanovic– fue una sorpresa absoluta. Un film iraní. Pero un film iraní que no se parece a ningún otro. Ni a los de Kiarostami, ni a los de Panahi, ni siquiera a los de Asghar Farhadi, que con La separación (Oso de Oro de la Berlinale 2011) hizo pensar que podía haber en Irán un cine narrativo tal como lo exige el mercado internacional, con una estructura aristotélica y una construcción dramática a la manera occidental (de hecho, Farhadi terminó cooptado por el cine francés, con resultados híbridos, por decir lo menos). Sucede que ya desde su críptico título, ¡Llega un dragón!, la película de Mani Haghighi (Teherán, 1969) que ayer cerró el concurso oficial, es un misterio. Un misterio bello, absurdo, delirante, fuera de norma.

Como en un juego de cajas chinas, la película de Haghighi –un director que ya había estado en Berlín en dos oportunidades, pero hasta ahora en el Forum del Cine Joven– empieza contando una cosa pero sigue por otra y luego por una tercera, hasta ir creando un laberinto pletórico de ideas de todo tipo, eminentemente visuales pero también sonoras y conceptuales. “Basada en una historia real”, dice bien visible un cartel antes de los títulos, aunque ya los primeros minutos siembran una bienvenida sospecha sobre la realidad de esos hechos, tan improbables como asombrosos. Qué es verdad y qué mentira será un interrogante permanente a lo largo de un relato pleno de extrañezas y giros impensados. Se diría que una de las mayores virtudes de ¡Llega un dragón! radica en su imprevisibilidad absoluta.

Los hechos: 1965, Babak Hafizi, un detective de la policía secreta (interpretado por una suerte de Cary Grant persa) es interrogado severamente por un superior de la Savak, la temible agencia parapolicial del sha de Irán. ¿Qué pasó en aquella remota isla de golfo pérsico a la cual Babak fue enviado a investigar el misterioso suicidio de un opositor al régimen? ¿Qué significan todos esos jeroglíficos que cubren las paredes interiores del enorme barco encallado en el desierto en el que vivía? ¿Qué relación puede haber entre las leyendas locales sobre un cementerio abandonado y los terremotos que sacuden a la región?

Todas esas preguntas y unas cuantas más se van acumulando, tanto como personajes: un ominoso agente que parece investigar al agente original, un pescador de tiburones que ha perdido a su hija, un antropólogo y un hippie sonidista de cine que asisten al lugar del crimen en ayuda de Babak, y hasta unos entrevistados que en un supuesto documental hecho hoy día dan su propia, dudosa versión de los hechos. Mientras tanto, el director Haghighi –que en el material de prensa se permite jugar muy seria y pertinentemente con los nombres de Bruce Lee, John Ford, Abbas Kiarostami y Roberto Bolaño– se revela como un gran estilista visual. Usa de maravillas el color y la pantalla ancha, disfruta como loco del Chevrolet Impala color naranja con el que Babak llega a ese enorme barco anclado en el desierto (que fue construido especialmente para el film, para evitar las trucas digitales) y sacude la banda de sonido con una música que parece una extraña cruza de sonidos étnicos de la región con el punk más salvaje. Si hasta ahora había una idea preconcebida sobre lo que era una película iraní, con la ¡Llega un dragón! habrá que empezar a revisarla.

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La selva, filmada en un fantasmagórico blanco y negro, es crucial en la película de Lav Diaz.
 
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