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Viernes, 9 de septiembre de 2005

CINE › “ILUMINADOS POR EL FUEGO”

La guerra imposible con mirada humana

Bauer va más allá de los notables logros técnicos, indagando en un tema doloroso.

 Por Oscar Ranzani

“Ustedes pelearon como verdaderos soldados y van a ser recordados por todos los argentinos como héroes”, les dice un militar a los jóvenes combatientes de Malvinas, chicos de 18 años, hacia el final de Iluminados por el fuego, la nueva película de Tristán Bauer. Pero esa arenga presuntamente patriótica ya fue desnudada en la narración de esta historia: es apenas la máscara de un cínico de botas largas que no había hecho otra cosa que humillarlos durante todo el conflicto. Aquel que repetía que no importaban el frío y el hambre que taladraban esos cuerpos jóvenes y vulnerables. El militar invocaba sólo a “Dios y la Patria”. Otra máscara para sellar la impunidad militar que alcanzó su punto máximo cuando intentaron hacerles firmar a los chicos un pacto de silencio, después de la rendición. En esa frase inicial también hay un tiro por elevación con el que Bauer parece apelar al espectador: ¿qué hizo el pueblo argentino? ¿Cómo recibió a esos combatientes? Y logra mayor sustento cuando entremezcla las imágenes de archivo de la famosa imagen de Galtieri en el balcón de Casa Rosada frente a una Plaza de Mayo repleta de argentinos agitando banderas.
Aunque se percibe la crítica a las responsabilidades ciudadanas, Iluminados por el fuego pone el acento en el maltrato de los militares argentinos a sus soldados, a través de prácticas a las que sometía a los conscriptos. Las imágenes de uno de los chicos estaqueados en la historia son lacerantes. Eran épocas de enemigos internos. Y no dejaron de serlo aunque se estuviera en guerra contra Gran Bretaña. El mayor acierto de Iluminados por el fuego es su mirada humanista. Si bien, en un principio, se habló de ella como “la primera película bélica argentina” –muy bien lograda desde lo técnico, con un proceso de posproducción en el que se utilizó tecnología de punta con complejos procesos de composición centrados sobre todo en las batallas–, se trata de un drama que no hace otra cosa que poner en imágenes la crónica de una guerra en la que “los nuestros”, del lado argentino, eran humillados por sus jefes.
Otro rasgo de la película es que muestra no sólo las penurias que padecieron los chicos de Malvinas en 1982, sino que además expone las problemáticas a las que están condenados los ex combatientes desde hace 23 años. La historia está inspirada en el libro homónimo de los ex combatientes Edgardo Esteban y Gustavo Romero Borri, quienes participaron también en el guión junto a Bauer y Miguel Bonasso. Gastón Pauls compone a Esteban Leguizamón, un periodista que en la actualidad tiene 40 años, que pudo rehacer su vida después de haber peleado como conscripto. Frente al intento de suicidio de un ex compañero suyo en la guerra, Vargas (Pablo Ribba), Leguizamón recuerda el horror de aquellos días tratando de elaborar su propio duelo. Por eso, la película está narrada en dos tiempos: durante el ‘82, con Esteban, Vargas y Juan, un soldado que murió en combate, y en la actualidad. De esta manera, Bauer habla del presente tortuoso (Vargas es alcohólico, se ha vuelto un marido violento) de muchos ex combatientes y de otros que, a pesar del dolor, han salido a flote. La mujer de Vargas lo vive en carne propia: Marta (una intensa Virginia Innocenti), le dice a Esteban: “Me banqué todo”. Pero la guerra llegó para quedarse a la vida de Vargas: sigue en guerra contra él mismo. La película interroga al espectador sobre aquella guerra del ’82, pero también sobre esas guerras interiores en las que quedaron atrapados esos chicos.

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Gastón Pauls es un periodista que reconstruye su experiencia como conscripto en Malvinas.
 
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