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Martes, 24 de mayo de 2016

CINE › SANTIAGO PALAVECINO Y LAS IDEAS DETRáS DE SU PELíCULA ALGUNAS CHICAS, QUE SE ESTRENA ESTE JUEVES

“Yo no creo que el cine esté de moda”

Tras plantearse seriamente abandonar la dirección, el realizador nacido en Chacabuco terminó filmando una historia que tiene un punto de vista femenino, y que “parte de la premisa de la obsesión por ligar la identidad a la figura paterna”.

 Por Diego Brodersen

Casi tres años después de su premier mundial en el Festival de Venecia y dos de su presentación en el Bafici, el tercer largometraje del chacabuquense Santiago Palavecino –luego de Otra vuelta y La vida nueva– se estrena finalmente en salas comerciales. No es extraño que ciertas películas nacionales se tomen su tiempo para llegar a las pantallas, pero el caso de Algunas chicas resulta bastante particular. Más aún cuando su realizador anunció hace un tiempo que dejaba definitivamente el cine y regresaba a su pueblo natal, en el norte de la provincia de Buenos Aires. “Pero allá no conseguí ningún trabajo y, de pronto, llegó la posibilidad de financiamiento de otra película”. Hija única, que ya está prácticamente terminada y será estrenada en octubre, parte de un guión del propio Palavecino –en colaboración con otros tres coguionistas– y está protagonizada por Ailín Salas (parte asimismo del reparto de Algunas chicas), Juan Barberini y Esmeralda Mitre. Su historia, que regresa al eterno tema del doble, “parte de la premisa de la obsesión por ligar la búsqueda de la identidad a la figura paterna. Es como si el ADN se hubiera inventado para eso: para corroborar la paternidad. La idea era correrse de eso y pensarlo desde lo materno”.

El universo femenino es también esencial al relato de Algunas chicas, que comienza con un intento de suicidio y la visita de una porteña a un pueblo del interior, posible vía de escape de un matrimonio en crisis y, al mismo tiempo, reencuentro con una amiga del pasado. A esas dos mujeres se les sumarán otras tres –todas ellas locales, todas ellas transitando su segunda o tercera década de vida–, conformando una suerte de gineceo con forma de laberinto, en particular cuando la película comienza a enrarecerse, a escapar de una lógica narrativa lineal o psicologista. Palavecino se apura en aclarar que la película no está, de ninguna manera, “basada” en Entre mujeres solas. En todo caso, la novela de Cesare Pavese fue un punto de partida. “Hace algunos años estaba obsesionado con ese autor y, por esa misma razón, quería exorcizarlo. La novela de Pavese que más me gusta es El camarada, pero ésta en particular tiene una característica singular: es un texto redactado en primera persona femenina, pero escrito por un hombre. Técnica e intelectualmente es casi un pase de magia lo que logra. Por otro lado, creo que entre los 30 y 40 años, las mujeres viven un momento espléndido. Pero, al mismo tiempo, muchas de las chicas que me rodeaban no la estaban pasando del todo bien. No quiero dar explicaciones sociológicas, que de ninguna manera manejo, pero tengo la impresión de que el modo de tristeza de las mujeres es radicalmente diferente al de nosotros, los hombres. También su forma de vivir los miedos, las alegrías e incluso la manera de razonar. Pero es en esa forma de tristeza donde me parece que hay una cosa constitutiva, casi irreductible de la femineidad. Me interesaba mucho animarme a explorar eso, a pesar de que otros realizadores geniales como Bergman o Lynch lo hayan hecho con anterioridad. Y con mucho éxito. Les regalé una copia de Entre mujeres solas a cada una de las actrices de la película, porque me interesaba su opinión. Así comenzó un período de conversaciones y ensayos –en el sentido de ensayo literario, de probar cosas–, al tiempo que, en paralelo, iba escribiendo el guión.

–A tal punto es femenina la película, que los personajes masculinos, a pesar de ser importantes en la historia –en particular los interpretados por Alan Pauls y Germán de Silva– son necesariamente secundarios.

–Tengo una debilidad por el punto de vista, por contar la historia a partir del punto de vista de un personaje. Pero si ese personaje tiene alguna alteración –euforia, tristeza o lo que fuese– me gusta que la película se contagie de eso. La construcción de un punto de vista en el cine implica que hay una conciencia a través de la cual ocurren las cosas. Y en el caso de esta película ese punto de vista pasa por las cinco chicas: Celina (Cecilia Rainero), Paula (Agostina López), María (Agustina Muñoz), Nené (Ailín Salas) y Delfina (Agustina Liendo). Y, por lógica consecuencia, los demás quedan afuera, en particular los hombres. Creo que la película copia en su forma la manera en la que se relacionan estas mujeres. Las escenas en sí mismas no tienen ningún elemento extraño, pero me gusta pensar que son porosas y que en la relación entre ellas aparece la extrañeza. También le dimos mucha importancia a la construcción del ambiente sonoro.

–Es precisamente por ese tono enrarecido que el film se presta para toda clase de interpretaciones. En particular, psicológicas.

–Es un tipo de película que permite interpretaciones, por supuesto, pero también creo que Algunas chicas pide que no se la interprete. Al menos con un manual de instrucciones en la mano. Algo que me hastía bastante del cine contemporáneo es que ilustra un manual o intenta ocupar un lugar simbólico. A esta película no le interesa ser mala o buena. Hay tantas cosas normalizadas en el cine. Por ejemplo, la idea de que el plano-secuencia implica necesariamente tiempo real. Por un lado, vaya uno a saber qué es el tiempo real; por el otro, creo que es un recurso que lo utilizan los cineastas trascendentalistas para contar cosas que no pueden ocurrir en tiempo real. El ejemplo clásico sería el final de El sacrificio, de Andréi Tarkovski. Ahí está la idea de la ambigüedad del tiempo. En el caso de Algunas chicas, con el director de fotografía Fernando Lockett teníamos la intención de que, si había un plano secuencia, se notara lo menos posible. En la película usamos el plano–secuencia para los momentos fantásticos, no los realistas.

–Precisamente, el trabajo de Lockett es notable. Y muy particular, con cambios de texturas y colores. Es un film de una fotografía para nada homogénea.

–Cosa que va en contra de la espontaneidad de Fernando: a él le gusta tener mucho control y busca una coherencia del discurso visual. Pero, al mismo tiempo, es muy valiente. Se puede resistir durante un rato, pero es el único tipo que se anima a hacer esta clase de cosas. Lockett es excelente en lo suyo por default, pero si un realizador lo estimula y lo desafía es aún mejor.

–Hay recursos, como la back projection (la proyección de una imagen de fondo durante el rodaje de una escena) utilizada de una manera muy peculiar, que hace evidente la artificialidad de la imagen.

–Es cierto, era algo que me gustaba, entre otras cosas, porque estoy algo cansado de la corrección política formal. Y es algo inherente no sólo al cine, sino a la cultura argentina en general. No sé de qué nos cuidamos. ¿Qué pasa si un plano no sale del todo bien?

–¿Fue difícil el trabajo con cinco actrices de diversas extracciones y estilos?

–Si algo no me interesa es la idea de “coherencia actoral”. En mi primera película, Otra vuelta (2004), están desde mi primo hasta actores como Roberto Carnaghi, que en esa época no estaba de moda utilizar como actor de cine. Creo que en las películas eso es mucho más común de lo que uno imagina, pero el tema de la lengua nos da la impresión de algo más homogéneo. Por ejemplo, el personaje interpretado por Michael Caine en Hannah y sus hermanas es inglés. Quiero decir, no lo es, pero habla claramente con un acento británico. Pero eso no importa. La idea importante es qué logran los actores y si se animan a hacer lo que les pide el director. Lo milagroso en Algunas chicas es que esa diversidad de las cinco actrices se convirtió en una forma un poco disonante de armonía. Y no puedo quejarme: dieron todo de sí mismas. Un ejemplo: el último día de filmación armamos la escena en la cual el personaje de Ailín Salas les cuenta a las demás su sueño. El tema es que ninguna de las otras actrices lo sabía de antemano, fue algo que conversamos con Ailín unos minutos antes. No sólo las actrices, no lo sabía nadie excepto nosotros dos. Y así se filmó y si ves la escena es notable la cara de desconcierto real. Cuando terminamos me querían matar, pero es increíble cómo reaccionaron e improvisaron ante la sorpresa. Si esta película hubiera tenido una génesis normal, podría decirse que es la historia de dos matrimonios que se conocieron durante un casamiento y ahora se están deshaciendo. Pero esa idea no estaba en el guión original: surgió un día, a mitad del rodaje.

–¿Qué fue lo que lo llevó a despedirse del cine hace un año?

–Es un tema complicado. Debo decir que me gustan las prácticas, aunque no necesariamente el folKlore que las rodea. La idea de tener una carrera y de seguir ciertos protocolos, que incluyen, además, la obligación de tener una especialización totalmente estúpida, como ir a cocteles al pedo o poner cara de cineasta incomprendido. Eso me había cansado mucho y me hacía mal. No hay nada que me haya dado tanta sensación de plenitud como hacer películas y me costaba mucho renunciar a eso. Cuando estás empezando –y en la Argentina creo que siempre se recomienza– es bastante desproporcionado el esfuerzo y la recompensa. Cualquier medio es una feria de vanidades, pero los directores de cine perdemos mucho tiempo… es como si no supiéramos nada de la historia del cine. Quiero decir, si al cine argentino se lo tragara la tierra, el resto del cine seguiría su curso sin inmutarse. Ni mejor ni peor. Lamento decirlo, pero queda claro si uno intenta tener una visión histórica del cine, que es algo que no está de moda. Susan Sontag decía, con toda razón, que el cine moderno era hijo de la cinefilia, que es algo que se terminó. Y esta es una época del cine no cinéfila. También hay algo de ser provinciano que hace que siempre seas algo extraterrestre en la cultura porteña. Es una contradicción, pero todo aquello que me exigía la continuidad –la pretensión de una carrera, la idea de que hay que tener ciertos contactos lubricados– me resultaba no sólo aburrida sino también ingrata. Y además perjudicaba a las películas. Debo también decir que he tenido suerte: alguien de mi extracción social, clase media baja provinciana, haber hecho ya tres películas… me daba por satisfecho. Suficiente. El enojo era conmigo mismo, en todo caso. Lo que ocurrió después es que, como no hacés las cosas solo, el hecho de haber encontrado un conjunto de personas muy cómplices… no digo que te obligue a hacer nada, pero en algún punto es una responsabilidad. Así llegó la posibilidad de hacer Hija única, cuyo guión comenzó a gestarse durante la época de euforia de Algunas chicas, junto a dos amigos chacabuquenses. Y aquí estamos. Le adjudico muchas de las cosas que he podido hacer a la suerte.

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“El modo de tristeza de las mujeres es radicalmente diferente del de nosotros, los hombres”, dice Palavecino.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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