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Jueves, 19 de octubre de 2006

CINE › UN ESTRENO DEMORADO DESDE 2005

La argentinidad en una crisis terminal

 Por Luciano Monteagudo

8

MONOBLOC
Argentina, 2005.

Dirección: Luis Ortega. Guión: Carolina Fal, con la colaboración de Luis Ortega.
Fotografía: Jorge Pastorino. Montaje: Cesar Custodio.
Música: Leandro Chiappe. Sonido: Martin Porta, Catriel Vildosola.
Dirección artística: Mercedes Alfonsín.
Producción: Chino Fernández.
Intérpretes: Carolina Fal, Graciela Borges, Rita Cortese, Evangelina Salazar.

La ópera prima de Luis Ortega, Caja negra –un título enigmático, que se refería quizás al alma de sus personajes–, se manejaba con un sistema de opuestos que reemplazaba la ausencia de una tensión narrativa. A la antinomia entre ficción y realidad, Caja negra le sumaba otras, como juventud-vejez o belleza-fealdad. La cámara se detenía en la tersura de la piel de Dolores Fonzi y la contrastaba con los surcos de vida de las manos y el rostro de la abuela. O contraponía la silueta de muñeca de la actriz con el cuerpo contorsionado de quien interpretaba a su padre. Contra lo que podía pensarse, no había sin embargo nada oscuro en el procedimiento: Caja negra era –y sigue siendo– un film luminoso, bañado generalmente por la cálida luz del sol. Por el contrario, Monobloc, el segundo largo de Ortega (que llega a su estreno un año y medio después de haber tenido su bautismo de fuego en el Bafici 2005), es una obra sombría, cerrada, asfixiante. Aquí ya no hay trazos de la realidad exterior: todo parece transcurrir en un angustiante, insondable paisaje mental.

De Caja negra, en todo caso, prevalece una cifra: el número tres. También en Monobloc hay tres personajes, que funcionan como vértices de un triángulo inquietantemente equilátero: la Nena (Carolina Fal, también autora del guión del film), su madre Perla (Graciela Borges) y la Madrina (Rita Cortese). En este universo puramente femenino, el único hombre es una grotesca careta del Ratón Mickey. El sol parece haber sido reemplazado por una luz agónica, desesperada, lyncheana (que evoca también, quizás, la sordidez del cine de Arturo Ripstein). Y los diálogos –deliberadamente triviales– no hacen sino acentuar la soledad metafísica de este gineceo trágico.

¿Qué cuenta Monobloc? Nada, al menos en términos convencionales. El film comienza como si uno hubiera entrado tarde a la sala, sin presentación de personajes, con una acción que parece ya iniciada de antemano, y concluye al margen de cualquier noción de cúspide dramática. Las primeras imágenes, en todo caso, pueden funcionar a la manera de un prólogo siniestro: un plano secuencia volador, como la mirada de un ovni, aterriza en el “Soñar Parc” (una alusión evidente al Soñar, soñar de Leonardo Favio, referente del cine de Ortega). El cielo del atardecer arde como encendido y un sonido turbio, grave, ominoso, de fondo, pone en cuestión cualquier sospecha de realismo. Allí, Evangelina Salazar (la madre del realizador) encara al personaje de la Borges, disfrazada deshonrosamente de Minnie, y le dice: “Dicen que no rendís como antes, ¿vos estás bien, Perla?”.

No, Perla no está bien. No puede estarlo. El abandono, la decadencia, la enfermedad, la melancolía parecen parte indisoluble de sus días y sus noches, casi indiscernibles entre sí. “Se me está oscureciendo un diente, uno de adelante, cada vez que lo veo me dan ganas de llorar”, dice Perla. Su hija, la Nena, no es más alegre, pero parece moverla una fuerza oscura (¿el resentimiento, la rabia?), con la que arrastra esa pierna baldada, que no le impide prostituirse ocasionalmente, pero le trunca su único sueño: ser patinadora artística. Por su parte, la Madrina es el único personaje con algo de energía positiva, quizá porque se sumerge sistemáticamente en el agua turbia de una pileta de lona como si fuera un líquido amniótico, rejuvenecedor, mientras se toma “un fernecito”.

¿Qué expresan las mutilaciones de los personajes de La ciénaga, la cojera de la madre (Cristina Banegas) en Géminis, la pierna irregular de la Nena ahora en Monobloc? ¿Hay algo del inconsciente colectivo de una clase media herida que se materializa en el nuevo cine argentino? Las tres mujeres del segundo largometraje de Ortega viven en un monobloc abandonado: son una clase social devaluada, a punto del derrumbe, prostituida, esperanzada solamente con ganar un improbable concurso de etiquetas. Esto no implica, sin embargo, una lectura social. Como los enanos de jardín, el Ford Falcon o el Fernet Branca que pueblan Monobloc son, en todo caso, metáforas de una argentinidad en crisis.

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El trío de mujeres de Monobloc, un film inquietante, con mucho de claustrofobia.
 
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