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Jueves, 6 de octubre de 2005

CINE › ENTREVISTA CON EL DIRECTOR BRITANICO NICK PARK, CREADOR DE WALLACE Y GROMIT

“Yo no me llevo bien con el marketing”

Detallista y obsesivo, Nick Park habla de La batalla de los vegetales, el largometraje que se estrena hoy y en el que reaparecen sus entrañables personajes. Heredero de la vieja animación “cuadro por cuadro”, dice: “Siempre hice cine, en primer lugar, para mí mismo”.

 Por Luciano Monteagudo

Cuando entra al suntuoso salón del hotel de Toronto y se sienta a la mesa frente a cinco periodistas que representan un crisol de razas –dos japonesas, un mexicano, un alemán y este argentino de Página/12–, nadie se fija en Nick Park. Todas las miradas están dirigidas a aquello que se trae entre manos. Es verdad, allí están, como si hubieran saltado recién de su última película Wallace y Gromit. Más pequeños quizá de lo que uno los imaginaba, pero perfectos, como de carne y hueso. O mejor aún, de arcilla, como corresponde.
Las japonesas no pueden reprimir una exclamación de sorpresa y Park suma con naturalidad a sus personajes a la mesa, sin pedir permiso. Con suspicacia, uno podría sospechar un artificio para seducir a la prensa; el mismo Park aclara que así le es más fácil someterse a la entrevista y poder explicar la técnica de animación que utiliza. Hay algo de verdad en cada una de esos razonamientos, pero no se puede dejar de pensar en un tercero: que a Nick Park le cuesta desprenderse de sus criaturas. Las trata con un cuidado extremo, que delata que no se trata de meros sustitutos, sino de dos de los veinte moldes originales que utilizó en Wallace y Gromit-La batalla de los vegetales, la película que presentó en estreno mundial al Festival de Toronto y que hoy se estrena en Argentina. Park parece tímido, retraído, y le cuesta mostrar una sonrisa. Pero cuando lo hace, se produce un extraño fenómeno de mímesis: se sonríe exactamente igual que Wallace, con esa sonrisa nerviosa, que expone los dientes como si fueran las teclas de un piano desencajado.
–¿Alguna vez pensó que Wallace y Gromit iban a llegar al largometraje y que iba a tener un lanzamiento masivo internacional?
–La verdad, no. Nunca lo soñé. Mi máxima ambición era poder verlos una noche en una emisión de la BBC. Dicho esto, debo reconocer que cada uno de los cortos de Wallace and Gromit lo hice con la aspiración de que tuvieran el grado de detalle y de valores de producción equivalentes a los de un largometraje. Quería hacer unas películas de animación como nunca se habían visto antes, con un cuidado extremo en la iluminación, la cámara y en el montaje, que fueran como un thriller o una película de acción con actores, pero con personajes de arcilla. Entonces, retrospectivamente, este primer largo de Wallace y Gromit responde a aquella ambición de mis primeros cortos.
–¿Siempre supo que le iba a llevar tanto tiempo, casi cinco años, concretar esta película?
–Antes de Pollitos en fuga, pensaba que un largometraje me podía demandar dos veces y media o tres veces más tiempo que los cortos (que no son tan cortos, por cierto) de Wallace y Gromit. Pero me llevó mucho más. Y La batalla de los vegetales también. Es difícil de explicar por qué... son tantos detalles. Pero fue realmente un trabajo a largo plazo, empezando por la historia y los storyboards. Un largometraje requiere muchísimas ideas y, a su vez, que esas ideas, por buenas que sean, que funcionen orgánicamente entre sí, que la historia crezca y se desarrolle armónicamente y que no se trate sólo de una sucesión de sketches.
–Usted proviene del campo de la vieja animación cuadro por cuadro, en la que se filma un fotograma a la vez. ¿Utilizó en esta oportunidad técnicas digitales?
–El grueso de la película está hecho con estos muñecos que ustedes ven ahora sobre esta mesa, cambiándoles la expresión en cada fotograma: el movimiento de las cejas, de los ojos, de la boca... Trabajé con treinta animadores simultáneamente en el set para que esto fuera posible y las expresiones tuvieran la naturalidad de un actor. Ahora bien, también utilizamos imágenes generadas por computadora (CGI), básicamente para algunos efectos especiales y algunos fondos de escenas que requerían movimientos muy complejos y que no se justificaba que las hiciéramos con arcilla. Pero todos los personajes principales están animados cuadro por cuadro y eso, creo, es lo que hace la diferencia: hay una expresividad que yo pienso que no se puede lograr con la tecnología digital.
–¿Cómo nació la historia de ese conejo monstruoso, que desafía a Wallace y Gromit y arrasa con los vegetales de un pequeño pueblito inglés?
–Siempre me gustaron para Wallace y Gromit las historias con algo de absurdo, pero con una lógica muy estricta. En un principio se me ocurrió una idea alrededor de un lobizón, de un hombre-lobo, como el de las películas de terror de la Universal de los años ’30. Ahí descubrí que tenía un área inmensa para explorar y para jugar, con un montón de posibilidades. Pero al mismo tiempo, no quería asustar a los más chicos con escenas de sangre y carne desgarrada y fue entonces cuando apareció la idea de un conejo gigante que, en vez de ir detrás de la carne humana, su presa fueran los vegetales. No sé si usted sabe que en el interior de Inglaterra todavía siguen siendo bastante populares las ferias pueblerinas, con concursos de jardinería y agricultura. Y me gustó la idea de ese conejo un poco siniestro, asolando los cultivos de los habitantes de un pequeño pueblo británico. Y de pronto todo empezó a tener sentido, las piezas comenzaron a encajar, se convirtió en una situación absurda típica de Wallace y Gromit.
–¿Volvió a ver aquellas viejas películas de la Universal o se dejó llevar por sus recuerdos de infancia?
–Preferí trabajar a partir de la memoria, de la impresión subjetiva que me habían dejado aquellas películas de monstruos que veía por televisión. Eso me permitió que las citas no fuera literales, sino que hubiera un “aire” de ese cine, un universo referencial más amplio que el que puede proporcionar una cita textual. También tuve presentes algunas de las películas más modernas sobre el tema, como la que protagonizó Jack Nicholson, pero con la sola excepción quizás de An American Werewolf in London, de John Landis, la mayoría no son buenas, hay que reconocer. Esta etapa del trabajo de guión fue una de las más divertidas, porque sentía que tenía todo un abanico de posibilidades por delante.
–¿Piensa en el público cuando está en esa etapa de desarrollo de un proyecto?
–La verdad, no. Pienso en la película que a mí me gustaría ver. Siempre hice cine, en primer lugar, para mí mismo. Nunca fui muy consciente de aquello que le podría gustar o no al público. No soy una persona que se lleve bien con eso que se llama “marketing”. No pienso en términos de mercado. Pienso en ideas que me gustan, trato de tomar distancia y ver si esas ideas son buenas y qué posibilidad tengo de desarrollarlas. Y después disfruto y me siento una persona afortunada si esas ideas les gustan a los demás, a los chicos y también a los adultos. Pero nunca empiezo por el público. Creo que sería un error. Tengo muy buena memoria de lo que me gustaba cuando era chico y, en todo caso, confío en ese instinto.
–¿Y qué le gustaba de chico?
–Ohh... un montón de cosas. King Kong, por ejemplo. Hay muchas referencias a King Kong en esta nueva película. La versión original, en blanco y negro, por supuesto. Y también me gustaban las cosas de Ray Harryhausen, Jasón y los argonautas, de la que también hay referencias ahora en este Wallace y Gromit. Por ejemplo, con las nuevas técnicas digitales podríamos haber hecho un conejo gigante perfecto, pero preferimos ser fieles a aquella idea más artesanal del cine de animación, que sin duda era imperfecto, pero mucho más expresivo que tantas cosas que se hacen hoy en día. Pero volviendo a mis gustos de chico... los dibujos animados en general y los de Chuck Jones en particular, el cine de Alfred Hitchcock... Los pájaros, por ejemplo, una de mis favoritas, es una película con una técnica que tiene ciertas similitudes con el cine de animación, por la cantidad de planos que utilizó Hitchcock.
–¿Requiere mucha paciencia la técnica tradicional de animación que usted utiliza?
–Es verdad, es una técnica muy laboriosa, que requiere tiempo y paciencia. Por ejemplo, cada animador –y fuimos treinta en la película– hace un promedio de uno o dos segundos por día y podemos darnos por satisfechos y descorchar una botella de champán si logramos terminar dos minutos de película por semana, cosa que no siempre sucede. Contrariamente a lo que podría pensarse uno nunca se aburre mientras trabaja. Hay tanto que hacer... además de los animadores, hay en la película unas sesenta personas trabajando en los personajes, y además en el diseño de producción, en los sets. Trabajé con un codirector, Steve Box, para poder organizar toda esa fuerza de trabajo. Pero yo soy un control freak y no puedo estar lejos de cada uno de los procesos de creación de la película.
–¿No extraña los tiempos más breves del cortometraje?
–Puede ser, pero tengo ideas nuevas todos los días; el problema es el tiempo que lleva ponerlas en movimiento. Lo increíble cuando uno tiene personajes ya establecidos, como Wallace y Gromit, es que parece que cobraran vida propia, que las historias surgieran naturalmente, todo el tiempo, y hubieran sido concebidas para ellos.
–¿Tiene un perro parecido a Gromit?
–No tengo perro. Nunca tuve un perro. Considero que Gromit es mi perro, el perro que nunca tuve. Pero siempre me gustaron mucho los animales: pollitos y conejos, por supuesto. Y tengo un montón de peces de colores.
–¿Y come queso como Wallace?
–Eso sí, ¡me encanta el cheddar!

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Park, que se define como un “control freak”, aquí se muestra con Wallace y Gromit, sus criaturas de arcilla.
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