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Jueves, 7 de febrero de 2008

CINE › “EXPIACION-DESEO Y PECADO”

Una de romance y otra de tragedia

Basado en la exitosa novela de Ian McEwan, el film se divide claramente en dos, en un giro que no llega a funcionar como debería.

 Por Diego Brodersen

Expiación no es una, sino dos películas. En la primera de ellas, ocupando aproximadamente el primer tercio del metraje total, el realizador Joe Wright replica el tono, el ritmo y la frescura que tan buenos resultados le suscitaron en su ópera prima, Orgullo y prejuicio, enésima adaptación de la novela de Jane Austen que, en sus manos, parecía estar siendo contada por primera vez. Aquí también una cámara movediza y zumbona se encarga de presentar a los personajes en una única tarde de verano, mientras éstos juegan el bucólico juego de la paz de entreguerras en la campiña británica, ajenos al dolor que no tardaría en caer desde el cielo o llegar desde las trincheras en forma de carta de defunción. La joven aristócrata Cecilia Tallis –Keira Knightley nuevamente a las órdenes de Wright– se descubre enamorada de Robbie (James McAvoy), un muchacho de clase social subalterna que, siendo el hijo de un empleado de confianza de la familia, ha recibido una educación y privilegios en principio ajenos a sus orígenes (claro signo de los lentos cambios sociales en la Inglaterra de los años ’30).

Ese idilio que el film muestra en sus primeros escarceos eróticos es visto por los ojos de la niña Briony Tallis –una pequeña revelación llamada Saoirse Ronan– a través del tamiz emocional de quien no termina de comprender las complejidades del amor adulto. El film se encarga en este primer trecho de mantener la atención del espectador en el todo y en los más mínimos detalles, haciendo buen uso de una deconstrucción del montaje paralelo que refuerza las diferentes miradas sobre un mismo hecho. Los diálogos son afilados y brotan como torrentes en un inglés sofisticado y algo poético, otra marca registrada del realizador, al menos hasta la fecha. Sensible, inteligente y con futuro de escritora –la banda de sonido de Dario Marianelli no deja de superponer a los instrumentos tradicionales el traqueteo de una máquina de escribir–, Briony cree o quiere ver algo que terminará enviando a Robbie a prisión, acusado inmerecidamente de un crimen que nunca existió. El conservadurismo familiar esquivará cualquier intento por evitar la injusticia y el amor trunco que será su consecuencia indirecta.

Fiel a la letra de la popular y muy vendida novela de Ian McEwan en la cual se basa, la versión cinematográfica abandona ese tono ligero para cederle el paso al drama y, eventualmente, a la tragedia. Al fin y al cabo, se trata de un melodrama donde el dolor, el amor y la culpa conforman su núcleo duro, mientras los placeres de la vida son reemplazados por los sufrimientos de la guerra. Robbie enrocará prisión por enrolamiento militar en el frente francés, mientras las hermanas Tallis se afanan en la difícil tarea de asistir a los heridos como enfermeras. Pero mientras Cecilia espera con ansias el regreso de su amado, a Briony la consume su falta del pasado, ese pecadillo infantil transformado por las circunstancias en infierno cotidiano e interminable. En ese momento comienza la segunda Expiación: el film abandona las virtudes de la puesta en escena y las reemplaza por un virtuosismo paisajístico, más cerca del rococó que del romanticismo. Un plano secuencia de cinco minutos lo ilustra a la perfección: el protagonista y sus dos compañeros de armas caminan entre los escombros, el fuego y otros cientos de soldados; algunos caballos son sacrificados, un grupo de civiles observa con mirada perdida, otros se emborrachan para olvidar. La cámara los sigue de cerca y el equipo de posproducción agrega capas y capas de elementos digitales “embellecedores”. Sin llegar al grado de la abyección, se trata de una ironía dadas las terribles circunstancias, algo así como “la belleza de los horrores de la guerra”.

Podrá pensarse que parte de este viraje estilístico se relaciona con el final de la historia, que no se revelará, donde al relato se le agrega un componente ficcional dentro de la ficción misma (varios blogs literarios se han hecho eco de “traición” de la película respecto del final original del libro). Pero lo cierto es que el film, a partir de la separación de los amantes, se estanca irremediablemente en un círculo sin salida, mordiéndose la cola y perdiendo impulso con cada nueva escena, reemplazando tensión dramática por emociones digitadas, perdiendo interés a costa de un pa-thos prefabricado. A diferencia de lo que ocurre tanto en Orgullo y prejuicio como en los primeros tramos de su nuevo largometraje, en los cuales Joe Wright hace gala de cierta originalidad respecto de las obras originales –para ser más exactos, una mixtura perfecta entre fidelidad e irreverencia– y un sentido del tempo narrativo que más de un realizador consumado debería comenzar a envidiar, esta segunda Expiación cae en las trampas de la adaptación de la obra celebérrima. Legitimada a priori por los nombres involucrados, el esfuerzo de producción –cada libra y franco invertido se sienten en pantalla– y un digno trabajo del reparto, la película olvida que tiene vida propia y que no le debe nada a su origen en la palabra escrita. Y así, de a poco, se va marchitando.

6-EXPIACION-DESEO Y PECADO

(Atonement, Reino Unido/Francia, 2007)

Dirección: Joe Wright.

Guión: Christopher Hampton.

Fotografía: Seamus McGarvey.

Montaje: Paul Tothhill.

Música: Dario Marianelli.

Intérpretes: Keira Knightley, James McAvoy, Saoirse Ronan, Romola Garai, Brenda Blethyn.

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Los fans de McEwan hablan de cierta “traición” al libro.
 
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