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Miércoles, 14 de mayo de 2014

PLASTICA › H. R. GIGER FALLECIó EN UN ACCIDENTE DOMéSTICO A LOS 74 AñOS

La materia de las pesadillas

Este ilustrador y escultor suizo cobró notoriedad internacional porque fue el creador del extraterrestre terrorífico de Alien, el octavo pasajero, pero su obra fue mucho más extensa, profunda y pesadillesca que ese trabajo que le dio un Oscar.

 Por Andrés Valenzuela

Supo meterse en las pesadillas de mucha gente con sus dibujos, con sus esculturas y sus diseños. Sus trabajos salían de las dificultades que tenía para conciliar el sueño. Ganó un Oscar sin hacer un gesto frente a la cámara y se dio el gusto de trabajar con muchachitos como Salvador Dalí. Hans Ruedi Giger, más conocido por la tribuna como “el que hizo el alien de Alien”, murió ayer de un modo llamativamente pedestre para lo fantástico, erótico y biomecánico que atravesaba sus obras: un accidente doméstico. Cayó de unas escaleras en su casa de Suiza y en el hospital no pudieron salvar sus 74 años.

Giger fue plástico, aerógrafo, escultor, dibujante y diseñador. Nació en Chur, Suiza, en 1940, y se formó en arquitectura y diseño industrial en la Escuela de Artes Aplicadas de Zurich. Llevó una infancia casi idílica, por lo que él mismo decía, aunque siempre se vio atraído por temas e iconografía más oscura y extraña que sus pares. Contaba, por ejemplo, que de niño solía aprovechar las mañanas de domingo para ir solo al museo y allí vio una momia egipcia que lo impactó enormemente. En su juventud trabajó como diseñador de interiores y, a la vista de su iconografía, el buen descanso de muchos compatriotas se debe al cambio de rubro. Aunque obtuvo con justicia un enorme reconocimiento internacional, en su propio país no tuvo el impacto que se podría esperar. El ambiente de las artes más institucionalizadas despreciaba su éxito y muy pocas figuras de Suiza le reconocían sus méritos artísticos. Para muchos era, sencillamente, “el que hizo al alien”.

Giger influyó a cientos de artistas de todo el mundo, pues toda su obra tenía enorme intensidad y ofrecía imágenes subyugantes. Por supuesto, es imposible mencionarlo sin pensar en ese extraterrestre de cráneo alargado, que se movía entre sombras y acentuaba la soledad y el terror del espacio. Pero como les sucedía a muchos artistas, avanzada su vida ya estaba cansado de hablar siempre de ese trabajo que había representado apenas unos años de una extensa trayectoria.

Su obra es mucho más amplia. Recibió influencias de Ernst Fuchs y de Salvador Dalí, así como de El Bosco, pero también está atravesada por los conflictos y asuntos emergentes de su juventud: la Guerra Fría, el peligro nuclear y la sobrepoblación. También se interesaba por la psicología (empezó a llevar un diario de sus sueños tras leer a Sigmund Freud), la robótica y el erotismo. Desde lo ideológico –y esto también explica su tardía aceptación en su país natal–, solía tener encontronazos con la Iglesia Católica por sus pinturas, de frecuente temática sadomasoquista. El esoterismo era otro de los temas que lo atraían. En su museo personal (en la pequeña ciudad de Gruyères, en el cantón de Fribourg) las exhibía en una sala “para adultos”. En este punto también se entrelaza su noción de “biomecánica”, acaso su faceta más conocida, en la que mezclaba carne y metal.

Para cuando le llegó el reconocimiento internacional, cerca de los 40 años, Giger ya tenía voz y técnicas propias. Durante la década del ’70 pulió su trabajo con aerografías que le permitían obtener las texturas monocromáticas ideales para su trabajo fantástico y surrealista. Por eso, cuando en 1977 publicó su versión del Necronomicón, ya tenía un oficio consumado e ideas para plasmar. Así fue que Ridley Scott lo convocó para diseñar al “coprotagonista” de Sigourney Weaver y en 1980 Alien, el octavo pasajero ganó el Oscar al rubro Efectos especiales. Con los años trabajó en otras películas como Especies, Poltergeist 2, Prometheus y Alien vs. Predator. También trabajó junto al chileno Alejandro Jodorowsky para adaptar Duna, de Frank Herbert, aunque el proyecto no se concretó. Sus muebles “harkonnen”, inspirados en esa familia noble estelar, se pueden ver en su museo suizo. Jodorowsky lo acompañó bien: al proyecto también estaban invitados Orson Welles, Dalí, Chris Foss y Pink Floyd.

“Para mí, Giger es uno de los artistas suizos más importantes de la segunda mitad del siglo XX”, afirmó en alguna ocasión Tobia Bezzola, curador del museo de bellas artes de Zurich, una de las solitarias voces que reconocen al escultor desde los lugares establecidos. Bezzola trabajó en dos exhibiciones con su compatriota y aseguraba disfrutar “su mirada ácida de la sociedad”. Para el curador, debía considerárselo a la altura de otros gigantes de su país, como el arquitecto Le Corbusier.

En 2007 su ciudad natal le dedicó una exposición a su obra pre-Alien en el Bündner Kunstmuseum. El director de la institución aseguró entonces que su “fantástico-realista le asegura una posición independiente e inconformista en la escena del arte, pero en términos de su contenido y significado, su trabajo está subestimado”. Para poner al escultor y dibujante en la perspectiva de una pequeña historia del arte del terror, el Kunstmuseum acompañaba sus obras con las de Goya o Piranesi. Siete años después de ese tardío reconocimiento local, Giger murió dejando una estela única en el mundo del arte. Aunque, como él mismo enseñó en sus obras biomecánicas, el cuerpo parte pero las pesadillas quedan.

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Giger se metió en las pesadillas de mucha gente con sus dibujos, con sus esculturas y sus diseños.
Imagen: EFE
 
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