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Miércoles, 30 de marzo de 2011

DISCOS › ANGLES, DE LOS STROKES, SUENA A... LOS STROKES

¿Esto es todo, muchachos?

Aunque tiene momentos lúcidos de groove y melodía, en los que la banda acompaña menos a destiempo el existencialismo épico de su cantante, el cuarto disco del quinteto neoyorquino no sorprende y muestra más dignidades individuales que un gran logro grupal.

 Por Luis Paz

Cuando The Strokes aparecieron con Is This It y su grandilocuente plan de validación en 2001, Nueva York llevaba tiempo compartiendo con Boston, Seattle, California y el Reino Unido el lugar en la música alternativa que le habían ganado The Velvet Underground, Talking Heads, Television, los Ramones y Blondie, en otras épocas. El quinteto encabezó una avanzada que fue garagera, pero sobre todo neoyorquina, y en eso se basó buena parte de su carácter icónico. Pero en el receso de cinco años que se tomaron desde su último disco, por esa puerta entraron The Rapture, Vampire Weekend y MGMT. Y Nueva York siguió allí sin los Strokes. La dificultad de impactar que tiene su reciente cuarto disco, Angles, se origina entonces en que se trata de una propuesta estructuralmente stroke, lo que como tal ya no sorprende; erigida con esa pátina semipsicodélica, semibailable y semiilustrada de las últimas bandas conocidas de Nueva York, lo que tampoco.

Pero, bueno, los Strokes ya tuvieron una aparición con bastante frescura interpretativa y dignidad compositiva en Is This It y su continuación Room On Fire; y es algo exagerado pedirle lo mismo a Angles, un disco realizado por una banda atomizada, de cuya coordinación se desentendió Casablancas, y que hacía seis años que no entraba a estudios. De todos modos, esta obra tiene momentos lúcidos de groove y melodía, en los que la banda acompaña menos a destiempo el existencialismo épico (“Fuiste tomado por un tonto toda tu vida”) y ético (“Viviendo en un mundo vacío”) que muestra la voz. Angles es, no obstante, un disco de avance, incluso cuando el intento se quede corto tanto como actualización y como cambio de dirección. Julian revolvió en lo ya contado por él y por otros –el conflicto en saltar desde la marginalidad hasta los VIP de una NYC pretenciosa en la que la fama no da fortuna sino acidez–, pero haciendo un esfuerzo como cantante que le aporta algo de emotividad a una música por lo demás muy mecánica. Encima, con tanta distorsión, acaba como un vocalista cyborg y el tono desvaído de sus letras llega a niveles insospechados para una persona de 33 años que llevaba cinco de vacaciones de los Strokes.

En Angles hay más dignidades individuales más que un gran logro grupal: Nick Valensi sigue guardando en sus riffs la responsabilidad melódica, Fab Moretti lleva al máximo su capacidad de emular una caja de ritmos, Nikolai Fraiture sigue coordinando la rítmica desde un bajo con empuje y un juego reducido, y Albert Hammond Jr., si bien disco a disco ha pasado a decorar más que a agitar los cimientos, es un buen obrero. En ese plan ocurren estas diez piezas, entre la onda “Cuando pase el temblor” de la apertura “Machu Picchu”, las guitarras espectrales de “Under Cover Of Darkness”, la marcial “Two Kinds Of Happiness” y una “Games” que parece banda de sonido para fiestas electrónicas de suicidas. O el disfrutable exceso de Nueva York que es “Gratisfaction”, un paseo de Broadway al Soho y a Brooklyn, que acaba haciendo evidente cierta autocomplacencia musical en esa ciudad.

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Con Angles, los Strokes avanzan, aunque no se actualizan ni cambian de dirección.
 
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