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Miércoles, 14 de agosto de 2013

DISCOS › DISCOS YEEZUS, KANYE WEST Y LA MúSICA URBANA EN OTRA DIMENSIóN

El mesías pagano ha llegado

El rapero, cantante y productor de Chicago siempre está en busca de algo más, y en su sexto disco solista le hace apretar los dientes a su universo sonoro, con una electrónica de sintetizadores chirriantes y fraseos urgentes, como si estuviera haciendo música mañana.

 Por Roque Casciero

Ha llegado el nuevo mesías: con Yeezus, su sexto trabajo solista, Kanye West termina de consagrarse como uno de los más grandes de la historia de lo que en Estados Unidos se conoce como “música urbana”. Esto es, un universo sonoro –a menudo mirado de costado desde aquí, cuando no directamente ignorado– en el que se enfiestan el hip hop, el r&b y todos los géneros que quieran (o se vean arrastrados a) sumarse a la partusa. En ese magma de sonidos y fluidos, West emerge como la figura celestial de esta hora, tan presente en los medios por sus excentricidades –está casado con una Kardashian y le pusieron a su beba North West, por ejemplo– como por sus temazos, que viene soltando en dosis regulares desde su debut The College Dropout.

West es de esos artistas que, más allá de las etiquetas, siempre van en busca de algo más: un desvío inesperado que les permita pisar terrenos extraños, un sonido diferente que abra puertas, frases que despierten como un cachetazo o que acaricien como el terciopelo... Yeezus difícilmente sea tan exitoso como los álbumes anteriores del rapero, cantante y productor oriundo de Chicago. Pero es, eso sí, un álbum crucial en la carrera de West, y de lo mejor que vaya a escucharse en 2013. No hay más que entregarse al asalto sónico de “On Sight”, que abre el álbum, para comprenderlo. Un sintetizador parece haber desconado los parlantes y cuando entra un ritmo de esos que no permiten que uno deje de mover el pie, continúa la incómoda sensación de que algo está fuera del registro habitual. Entonces Kanye escupe “Yeezus season approaching” (“llega la temporada de Yeezus”) como si su vida dependiera de ello... Y eso es sólo el comienzo.

Todo Yeezus transmite una sensación de urgencia similar, como si a West no le alcanzara con el presente y –como el Johnny de Cortázar, inspirado en Charlie Parker– estuviera haciendo música mañana. Y él tiene plena conciencia de eso: en “I am a God” se autotitula “el único rapero comparado con Michael” y da cuenta de su estatus de estrella una y otra vez. Pero su fórmula difiere radicalmente de la media del hip hop: “Tan pronto como les gustes, hacé que no les gustes/ porque besarles el culo no tiene que ver con vos”. Eso sí, el tono grandilocuente no impide que asuma –aunque en la voz del invitado Chief Keef– que los efectos del alcohol se le fueron de las manos (“Hold my Liquor”). Antes, en “Black Skinhead” (una de las canciones coproducidas con los franceses Daft Punk), West rapea como si su voz anduviera a los saltos sobre una marcha militar zombie; en “Guilt Trip” deconstruye el dancehall a pura electrónica enfermiza, y en “Blood on the Leaves” se sirve de la voz de Nina Simone en “Strange Fruit” para un track tan evocativo como provocador, en el que concluye hablando –con el autotune a mano– de respirar, aprender y vivir.

“New Slaves” destila una ominosidad minimalista, en la que cada grave apoya la diatriba de West contra el sistema penal norteamericano, allí donde el color de piel es determinante a la hora de estar de uno u otro lado de las rejas. En “I’m in It”, en cambio, la única política es la del sexo, aunque quienes parecen copular por debajo de las voces son una sierra para carne y un robot oxidado. Es que Yeezus es un redentor hereje de dientes apretados, enfermizo usuario VIP de sintetizadores que necesitan mantenimiento urgente, con los vúmetros en rojo incendio, sangre (y aceite) en los tracks, agobio y liberación.

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Kanye West y el “no arte” de Yeezus.
 
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