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Miércoles, 8 de agosto de 2007

TELEVISION › COMO FUERON LAS PRIMERAS HORAS DEL CANAL C5N

La ciudad y el helicóptero

La señal de noticias de Daniel Hadad propone un regreso a items básicos como el clima y el tránsito y agrega curiosidades como el rock nacional y los paseos virtuales.

 Por Julián Gorodischer

Si se pasa rápido por el logo, cualquiera podría confundirse y creer que se trata de la CNN, pero es C5N, el nuevo canal de noticias de Daniel Hadad, que el lunes debutó en la TV paga. Aquí, la meteoróloga recupera su porte clásico, que popularizó la “chica del tiempo” estadounidense como la de Nicole Kidman en Todo por un sueño: vestidito sexy y parte recitado, en los antípodas de un Saldívar o un Confesore de TN; ella figura a toda hora a través de partes rapiditos y al paso, para reforzar el marketing de servicio que viene adosado a este experimento. Tal vez la consigna general de C5N (Canal 5 Noticias) sea concretar un retorno a los básicos, dando énfasis a “El tránsito” y “El clima”, inaugurando “las joyitas” (según los presentadores de Mañanas argentinas, Claudia Cherasco y Claudio Rígoli): panorámicas cenitales que iluminan una ciudad desde las alturas, en otra muestra de la pasión del mentor por la transmisión en helicóptero, una marca de su paso por Canal 9.

Más en la tradición de un noticiero de la TV abierta, C5N (que congrega a lo largo del día rostros impávidos y voces engoladas de los ya citados, más Débora Plager, Adrián Puente y Mercedes Martí), aquí se ilumina la trastienda de una redacción abierta, curiosamente en la semipenumbra, donde se identifican siluetas estáticas, de parado o en cuclillas, sin tecleo en la multitud de computadoras, ni desplazamiento. La estructura espacial es llamativa para un canal de noticias, sin referencias al mundo exterior (no está la ventana a la autopista de TN ni la cortina símil Plaza de Mayo de Crónica TV), en recreación de la figura del bunker: un galpón brillante y hermético, cuya única seña del afuera es un azul dicroico como el que emana un monitor detrás de un vidrio esmerilado o una pantalla violácea refulgente en el caso del fondito del cultural “Alfombra roja” (que conduce Marisa Brel, con Mirtha Legrand en el debut), como si fuera el marco que da una pintura abstracta en la gama de los violetas. Allí se detectan unas nubes químicas y una llanura sin construcción a la vista. Tal vez, podría haber ocurrido un apocalipsis. La charla que se escucha entre las damas compensa la fantasía paranoica: “¿Por qué piensa que la gente la quiere tanto?”, pregunta la entrevistadora, llevándolo todo al terreno del chisme inofensivo, informando que Pinti no tiene computadora o Nachito, el nieto, se está iniciando como productor.

El tan promocionado paseo virtual consiste en un recorrido visual a través de cámaras de altura: toma de partido por un ángulo de visión, con intención de localizar “el punto exacto de la obstrucción de tránsito” o “la ubicación precisa del piquete”, en concepción original de la población porteña como un inmenso hormiguero, más cerca o más lejos según el modelo de encuadre de un rústico Google Earth, anclando en emblemas revisitados como el Obelisco, la Plaza de Mayo o la 9 de Julio. Tanto de cerca como de lejos, la ciudad magnificada extiende la creencia de que “más es mejor”, idea que se reitera en las menciones continuas a cantidades descomunales (de empleados, de temas, de apariciones de la meteoróloga). La conductora de media mañana se enorgullece de poder contar los asistentes a un piquete o manifestación (de Quebracho), casi como si aquí llegara a cuantificarse la molestia en el automovilista del montón (el espectador promedio). El contexto ambiental es la prioridad: suele quedar suspendida una imagen estática, comentada por un tema romántico de Maná o Andrés Calamaro, emparentándolo todo con una transmisión de La Mega, explícita intención de estetizar con algún éxito del rock nacional la cola para pedir a San Cayetano.

Por momentos, cuando el “in situ” se demora, la transmisión no vuelve a piso, el movilero se traba y la frente le suda, todo se enrarece y se lentifica en contraste con el vértigo que –se supone– debería implicar el acontecimiento; los “pies” inexactos al cronista y el Amor mío... de Maná después del caso policial, sumado a la amplificación de “El tránsito” en una enorme pantalla en la cual la señalización de una colisión triplica a la escala barrial (y donde se manchan en rojo los cortes de calles, las movilizaciones y los accidentes) dan a toda la experiencia una insólita intensidad lisérgica que innova sacando a la actualidad de su habitual cauce realista, como si aquí las prioridades fueran otras: llenar de música, de color, de brillos y de extrañamiento los sucesos del día. Los contenidos se reparten en bloques temáticos (cultura a cargo de Eduardo Cura, investigación para Andrés Klipphan, Oscar González Oro en entrevistas y Gerardo Rozin en uno de sus habituales ping pong de preguntas y respuestas), y confirman una agenda amplia que acepta un secuestro virtual (es decir un no-secuestro a Roberto Piazza), una visita al canal de una personalidad como la Chiqui Legrand, o una vigilia a Cristina Kirchner de ocho horas, antes de su presentación en el Consejo de las Américas. Las presentaciones de noticias son más parecidas a los copetes secos de Crónica TV que a la improvisación continua de TN, agregando un culto a la informatización que se percibe en la cantidad de computadoras y los contornos pintados como en un juego de Playstation. “Tú y yo, vivamos el momento... pon tus manos en mi cuerpo...”, sigue la banda sonora cuando la dupla manda de nuevo al paseo virtual que, siempre, antes de ir a la pausa (larga y tediosa como en la TV abierta) aleja el plano hasta recuperar esa calma, ese sosiego que debería producir el contacto visual con una maqueta..., o una ciudad fantasma.

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La “redacción abierta” se ve en semipenumbra y con poco desplazamiento de personas.
 
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