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Sábado, 8 de diciembre de 2007

VIDEO › “PESADILLAS Y ALUCINACIONES”

El humor negro de Stephen King

La miniserie televisiva producida en su momento por TNT y basada en relatos del autor de It es presentada aquí en tres entregas.

 Por Horacio Bernades

El hombre es todo un clásico de las miniseries. Pero esta vez no se trata de una de las novelas más voluminosas de Stephen King, como sucedió con It, Los Tommyknockers o Apocalipsis, sino todo lo contrario: un puñado de relatos breves. Media docena proviene de Nightmares & Dreamscapes (publicada a comienzos de los ’90) y a ellos se les adosa la adaptación de un cuento editado previamente (en la antología Nightshift, de 1978) y otro, a posteriori (en Everything’s Eventual, 2002). Producida por el canal TNT, la televisión estadounidense puso al aire Nightmares & Dreamscapes a mediados del año pasado. En la Argentina la emitió Warner Channel unos meses atrás y ahora el sello AVH la lanza en DVD, en tres entregas sucesivas, con el título literal de Pesadillas y alucinaciones.

Con elencos que incluyen a William Hurt, William H. Macy, Tom Berenger, Marsha Mason y Henry Thomas (ex “chico de E.T....), las historias dejan de lado el King más pulp, más truculento y gore, incursionando en el humor negro y emparentándose con la tradición anglosajona del cuento macabro. Todo ello se hace presente en los tres episodios, de una hora de televisión, que componen el primer lanzamiento. Queda para el final el comentario del primero de ellos, no sólo el mejor de los tres (y de la miniserie, en su conjunto), sino, sin duda, una de las mejores narraciones que, en cualquier formato audiovisual, haya dado el fantástico, de un buen tiempo a esta parte. Habrá que comenzar entonces por la segunda entrega, Crouch End, típico deslizamiento de lo normal a lo extraño, muy en la línea de Dimensión desconocida.

De luna de miel en Londres y desoyendo las advertencias, una parejita yanqui (curiosamente, la actriz Claire Forlani es inglesa) va a parar a un paraje con mala fama, terminando tan mal como era de esperar. Que a él lo mueva la ambición permite inscribir el relato en la tradición de crimen y castigo, que desde tiempos inmemoriales sostiene los cuentos de terror. Dos problemas: por un lado, el extravío de la pareja (en un barrio de calles tan endiabladas como las de Parque Chas) se hace repetitivo y estirado; por otro, la opción de King por desparramar amenazas –vicio frecuente– hace que todas ellas se anulen entre sí. La tercera historia, El último caso de Umney, tiene a William H. Macy como detective privado de los años ’30 y a... William H. Macy como escritor de las aventuras del otro. La dirige Rob Bowman, veterano de Los archivos X (serie venerada por King), y en esta ocasión, la obsesión del autor de Misery por incorporar escritores a sus relatos asume la forma de la envidia.

Envidia del autor por su criatura, que por ser imaginario es mucho más cool que él (más que Marlowe o Spade, el mujeriego Umney parece Dean Martin en una novela negra) y posterior intercambio de realidades entre ambos, yendo a parar cada uno al mundo del otro. Como en aquel aviso en el que Tinelli hacía lo propio con Carlitos Bianchi, ninguno se sentirá a gusto. Como siempre en Stephen King, al que peor le va es al escritor. Como queda dicho, la estrella del lote es el primer episodio, Campo de batalla, basado en un relato que el autor de Cell escribió en los ’70. En guión y dirección, dos apellidos legendarios: Richard Christian Matheson (hijo del mítico Richard Matheson, uno de los motores creativos de Dimensión desconocida) y Brian Henson, hijo del papá de los Muppets. Elección totalmente lógica, teniendo en cuenta que los grandes protagonistas del cuento son muñecos. Soldaditos de plástico, más precisamente.

Una caja llena de soldados de color verde militar es el caballito de Troya que un aséptico asesino profesional (William Hurt, inmejorable) recibe tras haber ejecutado al dueño de una fábrica de juguetes. Absolutamente muda, sin que le sobre un solo plano, jugada a la más ascética funcionalidad narrativa y apostando todo a unos efectos especiales por una vez imprescindibles, Battleground sigue el hilo de una única situación, en un solo decorado y con dos antagonistas excluyentes: el asesino vs. el ejército de pequeños vengadores. Como los enanos de Gulliver, como los de la primera Toy Story, estos colosos en miniatura, empecinados en terminar como sea con el Goliat al que enfrentan, son irresistibles y letales, tirando unos misilazos inolvidables. El combate final en un ascensor, entre el hitman y un G.I. Joe, es de antología, justificando no sólo la colección que lo contiene, sino buena parte del cine fantástico reciente, siempre tan esclavo de esas muletas llamadas FX.

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Pesadillas y alucinaciones se inscribe en la tradición anglosajona del cuento macabro.
 
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