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Jueves, 2 de diciembre de 2010

CINE › EL FILM DE MARCO BELLOCCHIO FUE DECLARADO “INACEPTABLE Y NOCIVO” POR LA COMISIóN EPISCOPAL ITALIANA

“No hice esta película con ánimo provocativo”

El opus 16 del director italiano, que llega a las pantallas argentinas ocho años después de su estreno original, confirmó que se encontraba lejos de estar acabado. Y eso lo ratificó con su producción posterior, especialmente con Vincere, de 2009.

 Por Claudia Tantri

“Inaceptable y nociva”, dictaminó la Comisión Episcopal italiana (CEI) ocho años atrás, poco antes del estreno de La hora de religión. La razón esgrimida era una blasfemia contra Dios y la Virgen, que un personaje profiere en una brevísima escena. Algo bastante lógico, teniendo en cuenta que el hombre es ateo. Conociendo la trama de la película, el veto de la CEI se vuelve gracioso, como si se lo hubiera sugerido un astutísimo genio del marketing. Es que en la película de Marco Bellocchio un tipo mata a su madre porque... no lo dejaba blasfemar tranquilo. Pero el realizador no necesitó recurrir a una venganza tan extrema. Al mes siguiente del dictamen, la película se llevó de Cannes el premio que otorga el Jurado Ecuménico, que es el nombre laico que recibe lo que alguna vez se llamó Oficina Católica Internacional del Cine. Para rematar el entuerto, a fines de ese mismo año La hora de religión –cuyo subtítulo original es, curiosamente, La sonrisa de mamá)– resultó, con nueve postulaciones, la más nominada para los premios anuales otorgados por los críticos de cine italianos.

El opus 16 de Bellocchio, que se estrena en la Argentina con considerable atraso, confirmó, luego de El príncipe de Hamburgo (1997) y La nodriza (1999), que el legendario realizador de I pugni in tasca no estaba terminado ni mucho menos. Eso fue algo que las siguientes Buongiorno notte (2003), Il regista di matrimoni (2006) y, sobre todo, la reciente Vincere (2009), no harían más que ratificar. “De haberla incluido con ánimo provocativo, hubiera sido, de mi parte, una batalla retrógrada”, remata Bello-cchio el asunto de la blasfemia. “No está allí para ofender a nadie, sino como un grito de dolor de alguien que, sí, es ateo.” Interpretado por Sergio Castellitto, el protagonista de La hora de religión debe comparecer ante el Vaticano por un motivo infrecuente: el resto de la familia ha solicitado, sin su consentimiento, la canonización de la mamá. ¿El motivo? Tras haber sido asesinada por su hijo (no el personaje de Castellitto, sino su hermano), la mujer, invocada por un enfermo de cáncer, habría producido el milagro de la cura. Lo curioso es que el propio Bellocchio terminó compareciendo ante el Vaticano, con la intención de interponer un recurso de amparo ante el veto de la CEI. Pero no tuvo éxito.

–¿Cuál fue el punto de partida de la película?

–Algo muy sencillo, aparentemente nimio. Un día, un amigo le dijo a mi hijo “tu madre es una santa”, en referencia a los dolores de cabeza que el resto de la familia le da. Divagando un poco, eso me dio para imaginar a alguien que creyera que su madre es, efectivamente, una santa. Y hubo otra situación cotidiana que me hizo pensar. Un chico que conozco le hizo a su madre una serie de preguntas referidas a Dios y la libertad individual y la madre no supo qué responderle. Eso lo volqué directamente a la película.

–O sea que no se propuso hablar de lo que suelen considerarse “grandes temas”.

–No creo que las ideas cinematográficas funcionen como teoremas a demostrar. Me parece que surgen así, de cosas aparentemente nimias... La cuestión es ver cómo se las desarrolla.

–¿Cree haber ofendido con la película a los católicos de su país?

–La hora de religión no es una película anticatólica. Los blancos contra los que apunté son, antes bien, la hipocresía y la falta de coherencia. No la hice con ánimo provocativo: el tema de fondo es una tragedia familiar.

–Es curioso que el tema del matricidio reaparezca en su cine, teniendo en cuenta que ese era ya el tema de su célebre ópera prima, I pugni in tasca.

–Sí, pero con una diferencia. I pugni in tasca sintonizaba con un espíritu de época, que reaccionaba con violencia ante cuestiones como la hipocresía y el orden familiar. Aquí, en cambio, la cuestión del matricidio está planteada en un contexto más absurdo, más farsesco si se quiere. Aunque no sea ese el tono predominante de la película, cabe aclarar.

–¿Cuál es su posición con respecto a la religión?

–No creo que importe mi posición, que es en tal caso un asunto de la esfera privada, sino el modo en que la película plantea el tema. No tuve la intención de someterlo a un juicio previo, sino de ponerlo en discusión. En duda, si se quiere. Y eso corre tanto para los laicos como para los beatos. Fíjese que el propio protagonista, que se asume como laico, no está tan seguro de definirse como ateo.

–¿Qué lo llevó a poner en discusión la religión?

–El hecho de que en un país católico, como es Italia, la religión tiende a estar fuera de discusión, está naturalizada. La fe funciona como algo dado, y pienso que no debería serlo.

–El personaje de Castellitto, además de ser laico como usted, es un artista. ¿Lo asume como alter ego?

–Digamos que comparto muchas de sus ideas y preocupaciones. Como le sucede a él, puede interesarme más discutir con un cura que con un racionalista. La invocación a la fe me parece absurda y por eso mismo me atrae: el absurdo y la fantasía son materias con las que trabaja un artista, más que la razón. El protagonista de La hora de religión se pregunta por qué motivo tiene que haber un crucifijo en cada aula, y esa pregunta apunta al corazón de una cultura como la italiana. Italia es un país en el que muchos laicos se casan por iglesia y bautizan a sus hijos. ¿Por qué sucede eso? Tal vez porque seguimos necesitando de ciertos ritos, incluso aunque no creamos en ello. Quizá nos sirvan para protegernos del miedo a la muerte, que es el miedo supremo.

–Recientemente, el Vaticano le cursó una invitación para un encuentro de gente del arte y la cultura con el Papa, pero usted prefirió ir a una charla organizada por un festival de cine.

–Ernesto, el protagonista de La hora de religión, prefiere acompañar a su hijo a la escuela, en lugar de entrevistarse con el Papa. Me pareció coherente actuar de modo parecido. No voy a decirle que no me halagó la invitación y le estoy agradecido al Vaticano por haberme tenido en cuenta. Pero no estoy de acuerdo con muchas posturas del Vaticano, como la de seguir sosteniendo que el aborto sea un crimen, por ejemplo. Así que no me parecía muy coherente concurrir a esa reunión.

–En sus sueños, Ernesto se imagina destruyendo el Vittoriano, que en Italia es el altar de la patria. ¿A qué se debe?

–Tenga en cuenta que Ernesto, en tanto pintor, es sensible a la belleza. Y la verdad es que el Vittoriano es un monumento feo (risas). La fealdad embrutece, es necesario combatirla por los medios que sea. Ni hablemos del cine italiano, que suele ser feísimo. Con decirle que existe un libro sobre el cine italiano que se llama Il cinema più brutto dal mondo...

–En una escena de la película se lee una poesía de un autor ruso, cuyo nombre no se menciona. ¿No se trata acaso de Arseni Tarkovski, padre de Andrei, el cineasta?

–Efectivamente. El poema se llama El verano pasó y también se leía en Stalker.

–¿Su inclusión debe entenderse como un homenaje?

–Sí, pero también porque me pareció pertinente, en tanto ese poema habla sobre una insatisfacción esencial, una necesidad de búsqueda permanente, que se opone a ideas inmovilistas con las que definitivamente no comulgo.

Traducción, selección e introducción: Horacio Bernades

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“No creo que las ideas cinematográficas funcionen como teoremas a demostrar”, asegura Marco Bellocchio.
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