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Lunes, 27 de julio de 2015

LITERATURA

Textual

El problema mío es la confianza. Es un punto débil. Me encariño un poco y confío. Y entonces después me pongo flojo. En lugar de matarla a Estela y meterlo preso a Omar, tendría que haberlos matado a los tres. Me puse sentimental. Mal hecho. Incluso esperé mucho para ponerle un parate a ese imbécil. Varias veces le dije que estaba rozando un límite. No sé qué se pensaba que era. Lo que le dije la otra vez: el que tiene todo regalado no usa bien la cabeza. “Yo le había conseguido la nena. Usted habrá hecho cuentas. Nació en el ’77. Se imaginará de dónde viene. Se la llevé. Sanita. Preciosa. Y él empieza a hacer buena letra. Pero con ese gestito sobrador, esa cosa de los que viven de lo que hacen otros y por eso creen que están limpios. Y todo el tiempo diciendo que estaba conmigo, que era mi mano derecha. Y algunos bobos que sabían que yo lo cuidaba y que escuchaban eso creyeron que era cierto, que era mi hombre de confianza.” Mi mascota era. Mi solitario. Una cosa tonta con la que uno llena el tiempo sin saber por qué. No sé. A lo mejor me agarró eso de creer que estaba haciendo algo bueno. Todo el mundo se tienta con eso.

* Fragmento de La tensión del umbral (Edhasa), página 292.

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