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Miércoles, 24 de enero de 2007

LITERATURA › OPINION

El cansancio del máximo grandulón

 Por Tamara Kamenszain *

Hace cuarenta años, Oliverio Girondo les dejó a los poetas futuros un clarísimo legado literario. “Cansado del cansancio” escribió en el último poema de su libro final, En la masmédula. El cansancio aquí es el de alguien que fue testigo de un siglo de grandilocuencias y yoísmos (“de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua/ y de sus regastados páramos vocablos y reconjunciones y recópulas/ y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras”). Pero también hay un cansancio del cansancio, y es en esa vuelta de tuerca donde se sitúa el verdadero legado girondiano. Porque ahí el poeta pone un ojo crítico sobre sus procedimientos. El que dice estar cansado de estar cansado, da a entender que su propio trabajo deconstructivo –aquel implacable desarmadero que dejó a la vista hasta la última piecita de la retórica de la modernidad– parece haber llegado a su fin. Hay que pasar a otra cosa, parece decirnos Girondo.

No sabemos qué hubiera escrito él de haber seguido viviendo. Pero sí podemos rastrear los efectos de su legado. Cuando se critica a algunos poetas argentinos de los ’90 por utilizar un lenguaje banal, lineal, poco “poético”, conviene recordar al “recansadísimo/ de tanta tanta estanca remetáfora”. Verdadero vanguardista –si es que se puede recuperar hoy para este baqueteado término un sentido más puro–, Girondo sabía que no hay que regodearse con las innovaciones. Es necesario descreer, hasta cansarse del cansancio, de los remimos y recaricias que propina la lengua con su seducción.

“Estoy recansado”, dirá hoy algún adolescente como si fuera natural hablar así. Nuestro adolescente más grande, el que murió hace cuarenta años, hizo del prefijo “re” una verdadera re-volución, mostrando hasta qué punto la lengua vibra en sus combinatorias. Porque ese trabajo a muerte que empuja sin parar los límites del decir es el trabajo de la poesía, y a los que creen que se trata de un jueguito estetizante, nuestro máximo grandulón les dirá que ésas son “ideítas reputitas” o, mejor, “ideonas reputonas”.

* Poeta.

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