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Sábado, 7 de abril de 2007

CINE › COMPETENCIAS NACIONAL E INTERNACIONAL

Gauchos, turcos y porteños en las pantallas del Abasto

 Por Horacio Bernades

El cine argentino se muestra por estos días en el Bafici, en ambas selecciones oficiales. Por un lado, El desierto negro, ópera prima de Gaspar Scheuer, es la primera película local que se presenta en Competencia Internacional. En esa misma sección lo hace también La marea, que por más que sea de origen belga fue dirigida por el argentino Diego Martínez Vignatti, en el balneario de Claromecó y con actores locales. A su vez, en la Competencia Argentina es el turno de Música nocturna, de Rafael Filippelli, mientras que el film de origen turco Riza sale también a la cancha de la Competencia Internacional.

Drama campero de época, El desierto negro representa un paso sin duda imprevisto para lo que suele llamarse Nuevo Cine Argentino. Filmada en lujoso blanco y negro, se trata de una típica saga gauchesca del siglo XIX, con el héroe parco y solitario (Guillermo Angelelli) viviendo todas las fases canónicas del género, desde la huida a la frontera (más allá es tierra de indios) hasta el enfrentamiento final con la partida de milicos, que vino a buscarlo al rancho de una china. Destacadísima en todos los rubros técnicos, plásticamente impactante y rociada de música dodecafónica, El desierto negro está llena de cielos como los que le gustaban al mexicano Gabriel Figueroa, con figuras asiluetadas recortándose contra el horizonte y momentos de lograda fantasmagoría visual. El problema es que todo ese dispositivo de estilización parecería puesto... al servicio de la estilización misma, y de ninguna otra cosa. La sensación que se tiene es que El desierto negro es una de esas películas en las que la palabra “belleza” suena más a defecto que a virtud.

Ir de la película de Scheuer a Música nocturna, de Rafael Filippelli, es pegar un salto que lleve del siglo XIX al XX, del campo a la ciudad y del exceso estilístico a una sobriedad casi geométrica. Protagonizada por Enrique Piñeyro como una suerte de alter ego del realizador, su personaje es un escritor al que no le gusta terminar los libros que escribe. Película adscribible al género “bloqueo creativo”, Música nocturna encuentra al protagonista en plena crisis de mala onda matrimonial (es incomprensible que el papel de la esposa haya recaído en Silvia Arazi, cuyos antecedentes se reducen a las peores comedias televisivas de los ’80) y como encerrado en su propio interior, del que cada tanto intenta fugar en largos paseos urbanos. Urbanos y nocturnos, que son esos el espacio y tiempo elegidos por Filippelli casi como coprotagonistas de la película, junto con la música. Tanto la que se oye (Schubert, Messiaen y Adrián Iaies, entre otros) como aquélla sobre la que el protagonista reflexiona, con textos escritos por el teórico Morton Feldman y el crítico Federico Monjeau. En verdad, lo inanimado (incluyendo unos encuadres precisos y con peso propio) funciona en la película de Filippelli mucho mejor que lo animado, si por esto se entiende a un elenco que recita diálogos que parecen haber sido escritos más para ser leídos que dichos, mientras pasean por una Buenos Aires muy parecida a París.

Opera prima del argentino Diego Martínez Vignatti (director de fotografía de Japón, Batalla en el cielo y la alemana The Unpolished, que también es parte de la Competencia Internacional), La marea comienza con un plano impactante, el de un choque automovilístico que termina con un parabrisas destrozado y cuerpos y sangre sobre el asiento delantero. Pero es a las secuelas de ese accidente a las que se circunscribe la película, con la única sobreviviente refugiada en una playa lejana, suerte de confín del mundo en el que intentará refundarse a sí misma, tras la pérdida del marido y la hija. Como sucede con mucho cine reciente, La marea parece resignarse a no penetrar la interioridad de la protagonista, conformándose con observar unas acciones cotidianas que intentan mantener el duelo a raya. El problema es que si lo único que el espectador tiene frente a sí es una mujer cocinando, durmiendo, andando por el bosque u observando a la distancia, la experiencia estética y vital que supone el cine se ve reducida a demasiado poco.

Segunda película del realizador turco Tayfun Pirselimöglu, Riza es un buen ejemplo de cómo narrar el interior de un personaje, sin necesidad de ponerse psicologista ni explicativo. El personaje es el que da título a la película y su circunstancia es una encerrona: no tiene un peso, vive en una pensión de Estambul, cuyo costo no puede afrontar y su única fuente de ingresos, un camión, no volverá a andar si no lo repara. Decididamente jugada al realismo, con un tono seco, frenándose justo antes de cualquier recaída miserabilista y apoyada en la total precisión de su actor (que también se llama Riza), la película de Pirselimöglu parece una suerte de Lazarescu, aunque con menos humor y más a tierra. Claro que nadie es perfecto, como se dijo ayer en esta misma columna, y es así como en su última parte Riza se deja arrastrar por una intriga de crimen y de culpa que desvía su interés. Aún así y dado el panorama, aparece como una de las más logradas, entre las películas que se presentaron hasta ahora en ambas competencias.

* El desierto negro se verá hoy a las 21.45 en el Hoyts 12 y el lunes a las 20, en el Atlas Santa Fe 1. Música nocturna, hoy a las 14.15 en el Hoyts 6 y el lunes a las 18, en el Atlas Santa Fe 2. La marea se presenta hoy a las 20 en el Hoyts 9, mañana a las 15.45 en el Hoyts 6 y el martes a las 15.30 en el Atlas Santa Fe 1. Riza, hoy a las 11.30 en el Hoyts 6 y el lunes a las 17, en el Atlas Santa Fe 1.

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Riza es un buen ejemplo de cómo narrar el interior de un personaje sin ponerse explicativo.
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