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Domingo, 13 de mayo de 2007

CINE › ENTREVISTA A BALTASAR GARZON

“El elemento común es la impunidad”

Desde su profundo conocimiento de las causas a represores, el juez relata la experiencia de realizar el documental.

 Por Oscar Ranzani

El juez español Baltasar Garzón está profundamente ligado a la Argentina por sus investigaciones judiciales sobre represores argentinos. Además del caso Scilingo, otra de sus causas más resonantes es la del ex integrante de los grupos de tareas de la ESMA Ricardo Cavallo, detenido en México por un pedido de extradición del magistrado español y alojado en una cárcel madrileña en junio de 2003. Garzón es el mentor del documental El alma de los verdugos (ver aparte), que dirigió el periodista Vicente Romero. Pero el juez no se limitó solamente a proponer la idea, sino que también realizó entrevistas a víctimas de los represores que no hubiera interrogado para la Justicia. “Procuramos dar una visión genérica pero, a la vez, diferente de lo que en sí mismo son las investigaciones judiciales, más enfocado desde el punto de vista de las víctimas y también de los represores para que el público en general comprendiera o sintiera más próximo lo que fue esa etapa de la historia argentina”, cuenta Garzón desde España, en una entrevista exclusiva con Página/12.

–¿La idea fue realizar un trabajo que fuera más allá de lo informativo?

–Sí, por lo menos desde nuestro punto de vista es llamar un poco la atención, mantener esa idea de que no debemos olvidar lo que ocurrió en la Argentina, en Chile y en otros países para que no vuelva a suceder lo mismo. Y sobre todo es una apelación contra la indiferencia: el creer que porque estas cosas no sucedan inmediatamente en tu comunidad, o al menos no en los tiempos recientes, no es tu problema. El ser humano tiende a ser indiferente con la naturaleza. De alguna forma, ésta es una llamada de atención muy dura, porque hay imágenes que son duras para que pueda existir esa reflexión.

–¿Argentina resultó un país paradigmático para ejemplificar cómo funcionó el terrorismo de Estado?

–Argentina es ejemplo de muchas cosas. En este caso, desgraciadamente durante esa época fue el ejemplo más paradigmático de lo que no puede ni debe ser. Pero también Argentina hoy en día devela una autocrítica y una fuerza en la investigación judicial de estos hechos que es digna de reconocimiento. Ningún país ha hecho una reflexión tan profunda y tan introspectiva anulando leyes, anulando indultos y diciéndole a la Justicia: “Bueno, pues actúen ustedes ahora ya que en su momento no se pudo o no se quiso hacer”. Es ejemplificador en muchos sentidos.

–¿Qué conclusiones saca respecto de cómo alguien puede torturar y después reunirse con su familia, almorzar con ellos y llevar los chicos a la escuela como si nada hubiera sucedido?

–La verdad es que a veces la maldad del ser humano no tiene límites, o no sabemos cuáles son los límites, como los de la bondad. Que estas personas sean normales venía a ser como que tenían prácticamente asimilada o sistematizada la acción de tortura. Era como una profesión, como un trabajo que somatizaban y, de alguna forma, asimilaban para que no les perturbara en su vida ordinaria, porque si no sería incomprensible. Es decir, por muy malo que pueda ser un ser humano, no puede ser absolutamente insensible al dolor de un semejante. Sin embargo, se producía. Yo creo que la razón estaba en la sensación de impunidad general y genérica que existía y en esa insensibilidad y profesionalización del dolor. No tiene otra explicación. En el documental, Eduardo Galeano cuenta una anécdota de ese amigo suyo en Argelia que torturaban por la mañana y a la seis de la tarde el torturador se ponía a contarle cuáles eran sus problemas. O las mismas versiones dentro de la ESMA de cómo los torturadores les decían a sus víctimas que eran las responsables de que las cosas les funcionaran mal en sus matrimonios y demás. O sea, es una aberración tremenda. Sobre todo una búsqueda de justificación a la propia perversión, en este caso del ser humano.

–¿Hay un perfil básico del torturador?

–Yo creo que el perfil del torturador va en relación al grado de impunidad que proporciona un Estado y unas instituciones en un momento. No creo que haya un perfil único y uniforme del torturador en los distintos países y momentos de la historia. Pero todos tienen el elemento común de la impunidad que se genera desde el ejercicio abusivo del poder. La ausencia de límites de ese poder, la conciencia del que lo ejerce de que nada ni nadie le va controlar o le va a exigir responsabilidad, es el germen para que cualquier exceso se convierta en un hábito.

–Usted señala en el documental que “los verdugos, mientras son verdugos, muestran su cobardía en la agresividad contra la víctima, pero cuando dejan de ser verdugos pasan a ser nada”. ¿Podría ampliar este análisis?

–Yo creo que el verdugo se siente algo y alguien en tanto y en cuanto tiene a alguien sobre el que vencer su propia indignidad. Si estableciéramos un parangón similar con igualdad de posibilidades de derechos y de alternativas, jamás un torturador tendría capacidad dialéctica ni de otro orden para enfrentarse a la víctima. La profundidad de los ojos de la víctima y la mirada de la misma, yo por lo menos nunca he visto que sea soportada por un verdugo más allá de su propia cobardía. Entonces, realmente son algo en tanto y en cuanto tienen a alguien sobre quien ejercer ese terror. Pero si no lo tienen son personas que no pasarían de una media de normalidad muy baja.

–Una de las características de los familiares de desaparecidos es que nunca ejercieron la venganza, sino que se mantuvieron siempre en el camino de la búsqueda de justicia. ¿Qué piensa acerca de este camino que realizaron los movimientos de derechos humanos durante más de treinta años?

–Es el ejemplo más completo de dignidad y de perseverancia. Cualquier ciudadano normal y de bien puede percibir eso. Es el mejor ejemplo. Esa permanencia en la exigencia de justicia es lo que da sentido a la misma cuando se otorga. Si no hubiese sido por esa permanente denuncia y ese permanente compromiso de las víctimas, no estaríamos donde estamos ni estaríamos hablando en el sentido en que lo estamos haciendo. Yo he tenido el privilegio de que la historia y las denuncias de estos hechos en España me pusieran en un lugar en que he tenido una pequeña parte o un pequeño papel que jugar, y para mí ha sido un honor. Creo que cualquier juez se sentiría dignificado en su profesión si pudiera contribuir de alguna forma a luchar contra este tipo de crímenes de lesa humanidad, y ayudar a las víctimas.

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“Es una apelación contra la indiferencia”, dice Garzón.
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