futuro

Sábado, 14 de mayo de 2005

Mitologías

La ciencia es una aventura que arrastra al hombre y su presuntuosa civilización; una aventura de placer y terror, que la literatura organiza administrando como puede el equilibrio entre lo que se sabe y lo que se desconoce. Y que se plasma en un relato que en el siglo VII a.C. Tales de Mileto imaginó pletórico de dioses y que la relativamente reciente The Matrix relegó al misterio (y al ministerio) de una computadora que es la verdadera realidad. A continuación, Futuro reproduce la ponencia de Juan Ignacio Boido en la mesa redonda “¿Qué tienen en común la ciencia y la literatura?” realizada en la Feria del Libro, en la cual el autor encuentra sorprendentes e íntimos caminos que fluyen en la profunda relación de parentesco entre dioses griegos, héroes mitológicos y los superhéroes modernos de la ciencia ficción que, desde las fisuras y los desajustes de la cultura, espían y manejan el destino de los mortales.

 Por Juan Ignacio Boido

La literatura es una visión del mundo. La literatura es el modo en que el hombre se va contando el mundo a lo largo de los siglos. Esta visión del mundo, por supuesto, cambia. Y uno de los motores fundamentales, que ha ganado cada vez más ascendencia sobre ese cambio, es la ciencia.

La literatura (el arte en general, podría decir, pero la música, me parece, es un tema aparte), la literatura y la ciencia conforman junto a religión los tres pilares sobre los que se apoya el hombre: donde busca respuestas, refugio, consuelo, esperanza.

En ese triángulo, podríamos decir que la ciencia se ocupa de lo que el hombre va conociendo, la religión de lo que permanece desconocido y la literatura de cómo lidia el hombre con lo que conoce y lo que no conoce del mundo.

A veces, las tensiones entre las tres partes, o entre dos de las tres partes, se vuelven tan insostenibles que provocan cambios por los que por lo general alguien paga el pato: Galileo, el Marqués de Sade, Lutero. Desde cualquiera de los tres lados se puede desequilibrar el triángulo. Sin embargo, hay momentos, también, en que estos tres lados, por lo general en permanente reacomodamiento, se corresponden a la perfección. Momentos en que todo el conocimiento de la ciencia, el dogma religioso hegemónico y el canon artístico de la época pueden convivir a la perfección en una sola obra que los abarca a los tres sin la menor contradicción. Si los tres conforman un triángulo, en momentos como esos conforman un triángulo equilátero.

¿Qué momentos son? Hay dos que me gustan en particular. El primero es un fragmento de un filósofo pre-socrático. Como su nombre indica, es un filósofo anterior a Sócrates, de los que no quedaron obras enteras sino fragmentos, frases sueltas, o citas en obras posteriores. El filósofo es Tales, mundialmente conocido entre los chicos de edad escolar por su hit: El Teorema de Tales. Pero además de matemático, Tales es considerado el primer filósofo de Occidente. Platón se refiere a su filosofía como la quintaesencia de toda filosofía.

Básicamente, lo que Tales sostenía es que toda la vida en la Tierra vino del agua. Pero sólo llegó hasta nuestra época una única frase que se sabe es de él. La única frase del primer filósofo occidental. Ese fragmento dice: “Todo está lleno de dioses”.

Es tan perfecta que hasta la frase está llena de dioses. Si eso es el fragmento, lo que será la obra... Pero lo increíble, lo que viene al caso, es que, en esa frase, está todo lo que el mundo era para una mente sensible e inteligente del siglo VII antes de Cristo.

El mundo desconocido, la ciencia –es decir, la observación del mundo– y la literatura –la forma de enunciar, de describir, de contar el mundo– son lo mismo. La realidad, su explicación y su poesía también son lo mismo: todo está lleno de dioses. Todo viene del agua. Y considerando que lo primero que hace la NASA en el espacio es buscar rastros de agua como punto de partida para la búsqueda de vida extraterrestre, no estaba demasiado errada la observación de Tales.

El mundo de los heroes

Más de dos mil años después, vuelve a darse un momento similar: con el cosmos medieval, en La Divina Comedia de Dante: es posible ordenar todo el conocimiento existente –física, teología y poesía– en un orden único para el universo. Claro que ya no alcanza un fragmento, sino una obra en tres partes, con cien cantos de más de cien versos cada uno. El primermomento corresponde a una religión panteísta, el germen del politeísmo que después será la mitología griega. El segundo, al cristianismo en su esplendor: la Edad Media. El tercer momento sería ahora: ni panteísmo, ni esplendor de la religión, sino una especie de multi-teísmo con un agregado: el de las diferencias aparentemente irreconciliables que crecen entre la religión y la ciencia.

La religión no cambió demasiado. Lo que cambió fue la ciencia.

Casi diría que la literatura del siglo XX –queriéndolo o no– fue dando a luz nuevas formas de reemplazar la mitología religiosa. La situación entre religión y ciencia se volvió tan insostenible que la literatura debió inventar nuevos mitos, en respuesta a los gigantescos cambios en el pensamiento que desencadenaban los avances científicos.

La ciencia ficción de Julio Verne quedó atrás. La ciencia ficción ya no es lo que era: ciencia-ficción. Es decir, ficción a partir de la ciencia. Hoy, la ciencia ficción no necesita de la ciencia para imaginar otros mundos. Prácticamente no hay tecnología imaginable en un libro que cualquiera de nosotros no sospeche como la revelación de un experimento que ya se está llevando a cabo en algún laboratorio secreto financiado por un gobierno, una secta o un millonario. La ciencia ficción, en todo caso, sigue siendo ciencia ficción pero gracias a otras ciencias: las ciencias sociales: la ciencia política, la burocracia legal, la sociología, y sus derivados tóxicos: el marketing y la publicidad.

1984, Un mundo mejor, los libros de Philip K. Dick: todo se apoya en qué implicancias puede tener para el hombre una organización social determinada. Es cierto que son sociedades tecnológicas, cientificistas, pero sobre todo, son sociedades altamente sociológicas. Como Gran Hermano: es impensable imaginar Gran Hermano sin la televisión, pero mientras la ciencia ficción de Julio Verne gira prácticamente en torno de imaginar el televisor, en la ciencia ficción del siglo XX la trama gira en torno de los posibles efectos de la televisión. En el siglo XX, la tecnología en sí pasa a ocupar el lugar de las armaduras en la Edad Media: pasa a ser parte de la escenografía.

El escritor canadiense Douglas Coupland dice que no concibe un libro escrito hoy ambientado en una época anterior a los años 20, porque una trama que no contempla una llamada por teléfono se vuelve demasiado morosa, casi inverosímil. Así de asimilada está la tecnología.

Con Julio Verne era cuestión de imaginarla. Después de Marx y Freud, la ciencia es sólo un elemento que precipita algo todavía más profundo y ancestral: la lucha entre el bien y el mal.

¿Entonces, dónde está la ciencia? En el mundo donde se lleva adelante esa lucha: en el mundo de los héroes. Tanto la frase de Tales como La Divina Comedia son, además, una forma de contener a los héroes de su época. A sus mitos.

¿Quiénes son los héroes que hoy tratan de ganarse un lugar en la mitología del siglo XX? Están los X-Men, está Neo, el protagonista de The Matrix, por ejemplo. Los X-Men y Neo son, a su manera, la culminación, durante los años 90, de un arquetipo nuevo dentro del universo de los protagonistas de la literatura, un arquetipo que a su vez se origina en un arquetipo de literatura (un género, por usar una palabra fea) también nueva, que nace con el siglo XX, y –me parece– con la ciencia: el superhéroe.

Hasta entonces, la literatura tenía héroes. Casi podríamos decir que estaba fundada sobre los héroes. Con el siglo XX, me parece, se da algo raro: por un lado, la revolución del psicoanálisis introduce la idea de heterogeneidad dentro de los seres humanos: neurosis, psicosis, patologías, sueños, pesadillas: peculiaridades que nada tienen que ver con esas visitas de los dioses que los héroes homéricos creían ver en sueños, ni los augurios divinos que los héroes shakespeareanos encuentran en un cambio de viento o el encuentro con una bruja. Con Freud –el impulsor deuna ciencia blanda, pero ciencia al fin– todos podemos creer que los dioses nos hablan. El designio está al alcance de todos. Cualquiera puede ser Ulises. En eso –entre otras decenas de cosas– se basa el Ulises de Joyce. La heroicidad se ha democratizado: el día de cualquiera de nosotros puede ser material para una Odisea. (Quizá debamos algo de esa idea a Marx, pero sería otra discusión.)

La madre de Aquiles, por ejemplo. ¿Qué le dice? Encuentra a su hijo renuente a abrazar ese destino de grandeza, fama y gloria que toda madre cree que su hijo lleva dentro y que –sobre todo– merece. Lo nota dubitativo, quedado. Entonces lo lleva aparte y despliega todo ese encanto edípico que una madre puede despertar en un hijo, y le dice que tiene dos opciones: o se decide, va a la guerra, marcha rumbo a la fama, muere joven y alcanza esa gloria cuya mayor cima es que nosotros, tres mil años después, estemos hablando de él en este momento, o se queda en casa, se casa con una chica buena, tiene aquilecitos y muere de viejo rodeado de sus nietos y de la indiferencia que le regalará la posteridad.

Ahora bien, ese mismo discurso, ese mandato del éxito, es el mismo que podría haber escuchado Gabriela Sabattini de chica. 3000 años de historia hacen que la madre de Aquiles no sea diferente a la madre de Gabriela Sabattini.

O sea, la heroicidad se ha democratizado. De eso no hay duda. Pero la diferencia es que Gabriela Sabattini no es una heroína, sino que es un ídolo. Con la democratización del héroe, para entrar en la mitología sólo queda una opción: ser superhéroe.

¿Dónde está la ciencia en todo esto? El archienemigo de los superhéroes, ¿quién es? Un científico.

Dios es una ecuacion

Un ser humano común y corriente, es decir sin ningún superpoder especial otorgado por la providencia: una araña que los pica, una obsesión por los murciélagos o unos padres de otro mundo (y por lo tanto, según la creencia griega, divinos). El científico que enfrenta a los superhéroes aspira a conquistar el mundo, pero eso no es más que el reflejo de una aspiración más profunda: ser capaz de dominarlo. Es decir, ser un superhéroe. Ser un súper hombre. Yo creo que de ahí viene la ternura que nos despiertan los villanos en los comics: son seres humanos intentando dominar las fuerzas superiores que dominan la vida.

Pero lo interesante de esta época es esto: si el superhéroe es el resultado de la época por reemplazar los viejos mitos, los viejos héroes, es notable que como enemigo, como antagonista, el siglo XX haya elegido al científico.

La ciencia es lo que permite saber que el trueno no es el enojo de los dioses. La ciencia es lo que convierte a los héroes en extraterrestres: Superman es un extraterrestre. La ciencia es la que es capaz de afirmar que no hay razón alguna para que la vida tenga que evolucionar en el universo. La ciencia, en definitiva, es lo que le permite decir a Borges que la Biblia, el libro que encierra nuestra religión y mitología, es una obra de la literatura fantástica. Es decir: la ciencia, por primera vez en miles de años, ha puesto en jaque a la religión.

A lo largo del siglo XX, con Einstein, con las posibilidades que las computadoras ofrecieron a los cálculos matemáticos y la biología, se reafirmó una idea central: que la matemática no sirve sólo para medir el universo, sino que es la clave para entender el modo en que está ordenado. De ahí esa idea de que la matemática es el idioma del universo. Este es uno de los puntos en que se centran las investigaciones cosmológicas sobre el origen del universo; el gran tema que subyace a toda tradición literaria: el origen del mundo. Si efectivamente suponemos que todas nuestras leyes de movimiento vienen dadas en forma de ecuaciones, unasupermente capaz de hacer cálculos hasta hoy inimaginables, sólo con poseer las condiciones iniciales, podría calcular y predecir toda la historia futura del universo a partir de esa materia prima. El oráculo, el horóscopo, o como le querramos llamar, es una ecuación. Dios es una ecuación.

Esto, me parece, revoluciona el mundo de un modo en que todavía no terminamos de vislumbrar: en la matemática se cifra el universo. Por lo tanto, todo, las ideas, los sentimientos, los recuerdos, podrían encontrarse escondidos en los números. Parece frío, pero no lo es. Lo que quiere decir es que nada es externo a nosotros: es de lo que estamos hechos. Somos lo que hay que decodificar. Somos la ecuación.

Para una mitologia futura

Esa idea de la ecuación es la trama de ciencia ficción más exitosa de los últimos años: la película The Matrix (inspirada, de manera algo espuria, en Philip K. Dick). Toda su trama, su idea central de que el mundo es una representación virtual en la mente de cuerpos inertes al servicio de una gran computadora, la idea de que el presente y el futuro son una distopía asfixiante disimulada de paraíso, la idea de que el héroe es alguien capaz no sólo de ver detrás del velo virtual con que se nos presenta la realidad sino capaz de dominarlo y de modificarlo de un modo milagroso para el resto, está apoyada en una alegoría religiosa más vieja que la Biblia: la del elegido. Neo, el héroe, es más que un superhéroe (recordemos que el superhéroe no nace superhéroe: algún avatar de su vida lo lleva a serlo: Superman viene de otro planeta, al Hombre Araña lo pica una araña, a Batman le matan los padres). Neo es una figura religiosa: el Mesías, el Elegido.

Luke Skywalker, el chico común que descubría ser el elegido para resucitar la tradición de los Jedis y vencer al lado oscuro de la Fuerza, también alcanzaba la capacidad de mover cosas con la mente, de dominar la realidad, pero no lo hacía mediante la decodificación de los números en que se cifra la realidad, sino a partir de un entrenamiento casi religioso, donde lo que se desarrollaba era una forma de fe en eso que llamaban La Fuerza.

Neo, en cambio, ve lo que nadie ve. En un momento de la película es llevado ante la gran pitonisa, para que ésta confirme si se trata del Elegido o no, y la Pitonisa, la clarividencia, el oráculo, la fe, dice que no, que Neo no es el Elegido. Y sin embargo, a pesar de sus dudas, de las dudas de quienes lo rodean, y del escepticismo de la pitonisa, lo es.

Lo es no por fuerza de la fe, sino a pesar de los guardianes de la fe.

Luke Skywalker –el protagonista de la primera trilogía de la Guerra de las Galaxias– es un héroe literario que no entra en conflicto con el imaginario religioso del momento en que nace. (No vale el ejemplo con la nueva trilogía: la primera era de carácter religioso; la segunda es política, y en la política no hay bien y mal sino mal y menos mal o mal y peor.) Entonces, Luke Skywalker es un héroe antiguo: no enfrenta a su religión sino que, por el contrario, tiene su aval, su fuerza y hasta su entrenamiento.

Neo debe ir más allá de la fe de su tiempo para poder leer la intrincada red de ecuaciones que conforman la realidad. Este paso, este cambio en el héroe, quizá el último héroe entre los chicos y los adolescentes que ha aparecido en los últimos años, parece ser el último eslabón de una cadena de héroes que se cierra, para volver a empezar de otra forma.

Cuando Borges decía sentirse en el final de una larga tradición literaria, probablemente no pensaba en Matrix, pero algo de eso podía rastrearse en sus cuentos: sus héroes son cuchilleros y gauchos, héroes viejos, del siglo XIX. Después vendrían los superhéroes. Y ahora pareciera cerrarse el círculo: Neo, X-Men, nuevas formas de héroes que exigen –en parte debidoa los cambios que la ciencia ha impuesto sobre la realidad– una nueva relación con lo sagrado. Una reformulación religiosa.

Increíblemente, la frase de Tales –”todo está lleno de dioses”– ha resistido más de 25 siglos: resistió a Freud (porque sabemos que eso que se nos aparece de noche no se llama Dios sino inconsciente), a Einstein (porque sabemos que Dios no juega a los dados, pero tampoco sabemos cuál es el juego que se juega en el universo), a Nietzsche (porque Dios habrá muerto pero sigue siendo un misterio) y hasta resistió al pronóstico meteorológico (porque ya sabemos que no llueve ni truena porque un dios está enojado, pero tampoco podemos evitar mojarnos). Genoma y clonación son las pruebas del momento. Pero la información básica ya está: la ciencia parece estar acorralando lo divino hasta lo irreductible, pero incluso una vez penetrado eso que parecía irreductible (como pasa en todas las épocas, cuando el conocimiento parece haber llegado a su máximo desarrollo), comienza a asomar entre cosmólogos y biólogos una idea de un panteísmo que daría urticaria a Ratzinger: el universo mismo alberga la vida que él mismo genera. El universo es un tejido vivo que, como sabe hoy la biología, entra en una ecuación. Si Dios es una ecuación, si Neo es capaz de ver los números que nosotros llamamos realidad, quiere decir que Tales tenía razón: dios está en todas partes, y si la vida es lo más sagrado del universo, todo está lleno de dioses.

Hasta ahora, la ciencia avanza y la literatura provee héroes. Sin embargo, todavía no avanzan juntos, no están en paz. Probablemente porque el tercer lado del triángulo –la religión– no funciona como mediador.

Así como no alcanzó una frase en la Edad Media e hizo falta La Divina Comedia, ahora hace falta algo que vuelva a poner en sintonía la ciencia con la religión.

Y así como hoy sabemos que Tales fue un filósofo pre-socrático, es decir, anterior al nacimiento de lo que podemos considerar la raíz del pensamiento occidental, es probable que no sea equivocada la sensación de que estamos viviendo un tiempo pre-algo, anterior a una era inimaginable. Por eso, así como Tales dijo: “Todo está lleno de dioses”, Neo puede decir: “Todo está lleno de cifras”.

El paso siguiente es un misterio, pero seguro incluye la necesidad de repensar a dios, repensar la religión, repensar cómo se va a relacionar el hombre de ahora en más con lo sagrado. La ciencia actual necesita una nueva mitología. Esa es la oportunidad que tiene la literatura hoy.

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Tales de Mileto, Luke Skywalker (Star Wars), Neo (The matrix) y la troupe de los X-men unidos por la ciencia y la literatura.
 
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